El archiduque Francisco Fernando y el atentado (a)histórico – El ángel del atentado, de Svetislav Basara

por | May 27, 2020

El archiduque Francisco Fernando y el atentado (a)histórico – El ángel del atentado, de Svetislav Basara

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“¡Escriba, Berchtold!”. Con este imperativo, convertido en un Leitmotiv a lo largo de las páginas de El ángel del atentado, de Svetislav Basara (Bajina Bašta, 1953), el archiduque Francisco Fernando dicta a su secretario póstumo su visión sobre el atentado y los hechos acaecidos con anterioridad y posterioridad al mismo. Publicada en 2015 por la editorial belgradense Laguna, bajo el título Anđeo atentata: Tabloid, aparece ahora traducida al español por Juan Cristóbal Díaz Beltrán en Automática Editorial.

El ángel del atentado fue concebida por Basara como una obra humorística e irónica, en la que el lector ha de trascender ese humor ácido para ver la mirada crítica del autor acerca del atentado y sus consecuencias. De hecho, la fecha de su publicación no es casual, ya que vio la luz un año después de que se hubieran cumplido los cien años del asesinato del archiduque y del inicio de la Primera Guerra Mundial. Con motivo del centenario de este acontecimiento bélico, se desplegó en el territorio de los Balcanes un amplio abanico de publicaciones, documentales, programas de televisión y radio que abordaron dicho suceso desde una perspectiva, en muchos casos, oficialista. Con El ángel del atentado, Basara se proponía criticar toda esa parafernalia y poner en tela de juicio los discursos historicistas, como muestran las palabras del archiduque: “Haga caso omiso de los historiadores […]. Del mismo modo que tampoco hay que tomar en consideración las confabulaciones de pseudofilósofos”. En definitiva, mediante un humor corrosivo, tumba las narrativas hegemónicas de derechas y de izquierdas para que sea el lector quien acceda, libre de prejuicios, a la historia de los Balcanes y las regiones colindantes. Basara confía su novela a lectores críticos, pues, una vez más, en boca del archiduque, plantea la relación que se establece entre escritor y lector: “¿Qué otra cosa es leer sino entablar una relación íntima –más íntima y peligrosa que aquella que coloquialmente se denomina íntima– con lo escrito e indirectamente con el depravado del escritor? En una clásica relación íntima […] se mancillan solo dos almas, a diferencia de la relación escritor-lector, en la que el degenerado autor penetra hasta la misma médula de miles y miles de seres humanos, desflorando irreversiblemente sus almas”.

El inicio de la novela es, en sí, una declaración de intenciones por parte de Basara: el archiduque, ya asesinado, se encuentra en una especie de limbo, desde el que insta a su secretario, muerto también, a escribir los sucesos en torno al atentado. Así, el archiduque Francisco Fernando nos habla desde fuera del mundo de los vivos y en su discurso abole los planos históricos, pues “la cronología, Berchtold –y coincidimos en esto–, no sirve más que para camuflar la simpleza […]. Simplemente no podemos percibir que entre dos instantes a veces transcurren siglos, y que cientos de años a veces pasan en un segundo […]. ¿Advierte cómo lo que nos ocurrió en 1914 aún está por pasar, y lo que acaecerá dentro de mil años ya está sucediendo ahora?”. De este modo, el archiduque conecta y describe hechos históricos que tuvieron lugar cientos de años antes y después de su muerte.

Para el archiduque, el atentado se había ido gestando gracias al inicio de la Revolución francesa, cuyas ideas provocaron el debilitamiento y la futura caída de las monarquías: “La filosofía francesa, la literatura francesa y la moda francesa le acarrearon a Austria más perjuicios y le ocasionaron más daños materiales y víctimas personales que todas las guerras libradas victoriosamente durante siglos por Austria […]. Sucumbimos al veneno de la cultura francesa”. Poco después, el surgimiento del Romanticismo –prosigue el archiduque–  trajo consigo el nacimiento y el auge de las nuevas identidades nacionales: “Hablando honestamente, nosotros mismos somos los culpables de nuestra derrota. Si no hubieran existido los poetas, filósofos y músicos románticos, tampoco existirían serbios, croatas, checos, eslovacos, húngaros, rumanos, y tal vez tampoco rusos, al menos no en una forma así de malsana. La cuna de todas esas naciones nómadas […]  no es la estepa asiática, sino la Biblioteca Nacional de Viena”.

La defensa de los derechos y libertades por parte de los pueblos es vista por el archiduque como la semilla del mal, pues “solo la monarquía supranacional estuvo en condiciones de contener las intolerancias entre pueblos y mantenerlas más o menos bajo control”. De este modo, responsabiliza no a las monarquías de los grandes imperios, como el alemán, el austrohúngaro y el ruso, sino a sus súbditos, por rebelarse contra esta creación divina que habían sido las monarquías. Aunque en su discurso también critica algunas de sus actitudes, como la poca mano dura contra los intelectuales, como Wagner, a quien tilda de estafador; a Goethe, acusado de la decadencia universal por haber sacado del olvido histórico la noción de “clítoris”; o a los intelectuales austrohúngaros como Sigmund Freud, por promover el sexo indiscriminadamente. Volviendo a los súbditos, les responsabiliza del horror provocado por todos los conflictos bélicos a raíz de la Primera Guerra Mundial, así como del auge de los totalitarismos, pues, según él, Hitler, quien “se parecía mucho más a un gitano magiar que a un ario rubio”, es un producto de esas ansias de libertad y nacionalismo.

Las naciones surgidas en los Balcanes también quedan maltrechas en la novela de Basara: “Los eslavos, especialmente los serbios y los croatas –aunque los demás no sean nada mejores– sencillamente tienen que matar”. Así, el archiduque no solo va a criticar las asociaciones nacionalistas bosnia (la Joven Bosnia) y serbia (la Mano Negra) establecidas a principios del siglo xix, sino también el movimiento ustacha, aparecido en el periodo de entreguerras. Además, ironiza el destino de dichas naciones, pues afirma que del férreo control austrohúngaro pasaron al yugoslavo de Josip Broz Tito, según las habladurías, descendiente de los Habsburgo: “Princip supuestamente me asesinó […] para que los eslavos meridionales se liberaran del yugo del emperador austrohúngaro, pero lo único que consiguió fue caer en manos del gobierno tiránico de un sargento austrohúngaro, un sargento que –oh, ironía de la historia– todo parece indicar que era descendiente de los Habsburgo”.

Con esta “ironía de la historia”, las memorias póstumas del archiduque –que ocupan el grueso de la novela y se dividen en dos: “Las trompetas de Jericó tocan la marcha Radetzky” y “Museo de atrocidades”– dan paso a la “Correspondance Diplomatique”, que incluye las “Cartas de Eli Frederickson”, “Un despacho diplomático” y “De la correspondencia entre Tito y Stalin”. Todas ellas, escritas durante la época de la Yugoslavia de Tito, muestran, en el primer y el segundo caso, las tensas relaciones entre los EEUU y la URSS, respectivamente; y en el tercero, aborda las relaciones entre Tito y Stalin. En esta carta, fechada en 1949, cuando ya se había producido la ruptura con la URSS, Tito intenta convencer  a Stalin de la fidelidad de Yugoslavia a la madre patria soviética. Aunque breve, esta última parte de la novela supone una crítica al titismo: “La ideología de Estado en Yugoslavia no es el marxismo de Karl Marx, sino el marxismo de los hermanos Marx […]. A diferencia de los dirigentes rusos, inmersos en el lujo y el conformismo, el mariscal Tito –aunque los supere en lujo y conformismo– ha renunciado a la idea de la revolución universal”.

El ángel del atentado es, sin lugar a dudas, una novela de un humor y una inteligencia finísimos. Svetislav Basara erige su creación en el absurdo y, gracias al personaje del archiduque Francisco José y al de su fiel consejero Berchtold, el que fue atentado, desde su tumba atenta contra las interpretaciones tópicas y simplificadas de la Historia y sus figuras principales.

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