Annie Ernaux o la buena memoria

por Oct 25, 2022

Annie Ernaux o la buena memoria

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Búsquese un ejemplo rápido para poder justificar el Premio Nobel de Literatura que recientemente ha recibido Annie Ernaux (Lillebone, 1940). Bien, ¿conocen esos programas que la televisión pública —sobre todo La 2 de TVE— retrasmite a veces, cuyo contenido pretende reconstruir la memoria de la ciudadanía española, y así su formato es un recorrido cronológico, por ejemplo, desde 1939 —final de la Guerra Civil, comienzo de la dictadura franquista— hasta 1985 —España entra en la Unión Europea—, o desde 1975 ‒muerte de Franco‒ hasta 2011 ‒las acampadas indignadas del 15-M‒, donde un actor o periodista famoso va narrando en off mientras se suceden imágenes tanto de la esfera pública como de la esfera más privada, la familiar, con la intención de ilustrar cómo se vivió en este país durante ese periodo de tiempo? Sí, un recorrido por los años que constituyeron lo que fuimos y entonces lo que somos.  Annie Ernaux hace lo mismo en Los años (2008).

Annie Ernaux hace lo mismo en Los años si esos programas de televisión tuvieran la narración de una sobresaliente voz literaria que vivificara y flexibilizara el relato. La novela traza, desde la voz narrativa y la perspectiva actancial camuflada de la propia autora, ese mismo recorrido trasladado a Francia desde 1940 hasta la primera década del siglo XXI, incorporando esa salvífica voz, que lo imbrica todo hacia la reflexión afectiva: se cuenta la Historia a partir de lo que de ella puede decir el corpus de intimidades humanas que la sostiene, que la vive. Ernaux quiere, así lo declara hacia el final de texto, «reflejar la dimensión vivida de la Historia».

Se trata de una obra que alcanza la completitud: consigue contar 1) lo común humano —los grandes temas: el amor, la muerte, la memoria, el sexo, el conocimiento— acudiendo a 2) la revisión de lo público ‒la Segunda Guerra Mundial, el mayo del 68, la píldora anticonceptiva, la caída del Muro de Berlín, Mitterrand, internet, la Guerra de Irak‒ desde 3) las huellas físicas, vividas, de lo íntimo —un estudio poético de los gestos, la dicción y el imaginario popular de vivos y muertos, de adultos, jóvenes y niños, casi siempre en torno a una mesa en la comida familiar del domingo—, anudados estos tres ejes por una delicadísima mirada literaria, esa que busca el recoveco de las experiencias, el lado de las cosas desde el que no solo se viven sino desde el que pueden ser pensadas, encontrándolo y descubriéndonoslo, conduciendo al lector a una memoria viva y no solo registral.

Ernaux se concibe para concebir la Historia. Así, los años se suceden, y el avatar distinto de todo el cultivo humano —gestos, dicción, imaginario— que desemboca en una comida familiar en un fin de semana —por ejemplo, una línea sensible que conecta un domingo de 1946 con un domingo de 1986 y luego con un domingo de 2006— sirve a la memoria de la autora para descubrir o redescubrir que los hechos están anclados a los seres, a todos ellos, incluso a los que apenas participan de las decisiones, incluso a los que se limitan a vivirlas, sobre todo a los que se limitan a vivirlas, a los que configuran el núcleo orgánico de la sociedad.

Al cabo, en esa búsqueda de la memoria sensible, el lector percibe que el “ella” de la novela —que es el “yo” de la autora— va desgastándose como identidad reconocible, y que al final se desliga el cuerpo de Annie Ernaux de la voz de Annie Ernaux, de modo que lo contado también vive su metamorfosis: no es la historia registrada de Annie Ernaux —pues esta se ha dividido, ladeado, escondido— ni la de su familia ni amigos o simplemente semejantes, sino la visión del conjunto sensible, un relato que aspira a la complejidad de contar la Historia a través de las sensaciones, más que a la Historia contada desde los hueros acontecimientos. Contar las sensaciones, las partes definidas del relato perdiéndose al cabo una en la otra, confundiéndose, fundiéndose, igualándose por la perspectiva poética que les es aplicada: la búsqueda de las texturas de lo vivido, por encima de la individualidad cronológica del hecho, emborrona las categorías y las identidades.

Ernaux buscaba ese emborronamiento, que solo es tal desde la mirada convencional, pero que es apertura cristalina si nuestro modo de encararlo es un modo poético, ese modo desde el que llegamos a entender que puede haber texturas en el pensamiento, en la escritura —y ese es el límite cognitivo que ha de perseguir toda literatura, en prosa o verso—. La apuesta de Ernaux en Los años, y así lo deja entrever en la última línea de la novela, consiste en hacernos ver, desde la complejidad que esto entraña para la escritura, que vale más para la verdad de la memoria poseer la afectividad del gesto que la exactitud del dato, o que al menos no deberían de separarse nunca ambas cosas. 

Los años es, sin duda, una obra maestra de la autoficción y de la literatura de la memoria, pues revela caminos, modo, perspectivas, texturas, no usuales. ¡Alto! Tras esta aseveración tremenda, dudo, y con la intención de escudarme un poco, formulo CNTRL+F sobre el artículo “Los mejores libros del siglo XXI”, publicado en Babelia el veintinueve de 2019, que ofrece una lista de cien títulos. Buscando suerte y amparo, tecleo en el recuadrito “Annie Ernaux”, y obtengo un solo resultado: a lo largo de la lista, una única novela aparece vinculada al nombre de la autora, y precisamente resulta ser Los años. ¡Bingo! Ocupa el puesto n.º 27 en la lista. No está nada mal, y bien puede ser cierto. 

En conclusión, Ernaux permite al lector de Los años comprender, mediante la simbiosis que origina su agudeza poética, que es posible el ayuntamiento tanto racional como sensible ‒en fin, ¿literario?‒ de todas las esferas de lo vivido, y así que la buena memoria no es solo la que recuerda con detalle parte por parte, sino la que además es capaz de reconstruir un sentido, encarando la simultaneidad del todo.

De esta forma, más allá de la crónica, de la biografía convencional, muy por encima de la fijación de datos y de anécdotas, el lector encuentra en Los años la consciencia que ha sido y que ahora cuenta, y que manifiesta el lúcido empeño de escapar de las desgastadas voces tanto del “yo” como del “nosotros” como del mero informe, tratando de ir mediante la transversalidad de lo poético hacia el Relato Sensible. Sí, Los años es el intento de esa consciencia individual, de pronto narradora, que quiere alcanzar cierta perspectiva antiheraclitiana —es decir, proustiana— del conjunto, viéndose integrada en él, en su incesante continuidad, haciéndolo casi táctil. Este esfuerzo literario, humanista, da por sí solo buena cuenta de por qué el Nobel.