La danza de las ratas, «La peste», Albert Camus

por Mar 21, 2022

La danza de las ratas, «La peste», Albert Camus

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A lo largo de la historia, la humanidad se ha enfrentado a numerosas plagas y pandemias que han recordado al hombre (y a la mujer) la fragilidad biológica del cuerpo humano. Muchos han sido los episodios en los que la población mundial ha perdido a una gran parte de sus seres queridos a manos de la enfermedad, desdicha orgánica mudable en apariencia cuyo fin siempre es la muerte. La plaga de tifus en Rusia, la epidemia de Tenochtitlán, o la pandemia de la gripe española son claros ejemplos de ello, pero, en este caso, el mal sobre el que se escribirá no será ninguna de estas afecciones, sino que se tratará de una enfermedad que afectó a la Europa medieval de mediados del siglo XIV, pandemia que recibió el título de peste negra. La peste es una infección contagiosa de naturaleza bacteriana muy agresiva que, generalmente, se transmite mediante las pulgas infectadas procedentes de roedores, cuya picadura origina bubones (de ahí proviene la denominación: peste bubónica) en las ingles y axilas. En base a esta enfermedad, empleándola como eje principal para la consecución de los acontecimientos, Albert Camus (1913-60), autor argelino-francés galardonado con el Premio Novel de Literatura en 1957, escribió La peste, libro que narra la batalla médica que tuvo que lidiar la ciudad de Orán, prefectura francesa en la costa argelina por aquel entonces, contra la peste. Se dice que el novelista se basó en la plaga de cólera que diezmó la misma ciudad durante 1849 en la realidad, la cual no fue la primera epidemia a la que se enfrentó sus habitantes.

Desde un principio de la obra se deja claro que la historia que se cuenta es una crónica, dividida en cinco capítulos, escrita por uno de los personajes que se ven engullidos por la terrorífica situación que sufre la ciudad, quien deja constancia en todo momento de los documentos que ha consultado para escribir estas memorias. Sin embargo, este misterioso narrador no desvela su identidad hasta el capítulo final. Es difícil señalar un solo protagonista, puesto que el primer personaje que se presenta, el doctor Rieux, es quien introduce la trama y el principal agente encargado de mostrar todas las facetas de la ciudad. Pero, conforme corren las páginas, este personaje se rodea de un grupo de personas que acaban siendo sus compañeros, e incluso algunos de ellos verdaderos amigos: Tarrou, un hombre que busca redimirse de su pasado profesional para diferenciarse de su padre; Grand, un extranjero de corazón puro que ha perdido todo cuanto ha tenido y que su única ambición es escribir un libro merecedor de las más altas alabanzas de las editoriales; Cottard, un joven homicida con tendencias suicidas perseguido por la ley; Rambert, un periodista francés que ansía salir del encarcelamiento de la peste para volver junto a su amante; y Paneloux, pastor que predica la palabra del Señor acusando a su rebaño del pecado de la inmoralidad. De esta forma, el doctor es un simple intermediario que nos permite conocer a los demás personajes, quienes cuentan con un mayor desarrollo personal. No obstante, sería injusto decir que este grupo reducido de hombres (Camus no suele dar mucha importancia a los personajes femeninos en sus novelas) son los únicos afectados por la epidemia, ya que las ratas recorrieron todas las calles de la ciudad. Así, lo más adecuando es decir que todo el pueblo de Orán es el protagonista colectivo, visión que refleja muy bien una de las máximas que Camus quiere expresar con su libro: el apoyo mutuo de lo humano frente a la indiferencia.

Pues, esta es la historia en la que una comunidad, marginada del resto del mundo debido a su situación sanitaria, que debe enfrentarse con los pocos recursos que alberga sus muros contra una pandemia en miniatura que crece exponencialmente en número de muertes cada día. Ante esta situación, no hay lugar para vanos heroísmos ni diferencias de poder, sino que todos los conciudadanos trabajan juntos en un acto extremo de honestidad y solidaridad en el que se crea una conciencia común. Todos libran la misma lucha, pero cada uno de ellos lo hacen por un motivo particular. Muchos ansían volver a la normalidad y sentir la libertad que en su pasada cotidianidad no valoraron, mientras que otros, la mayoría pertenecientes al sector comercial, no les importa esta situación de reclusión, gracias a la cual pueden especular con los precios de sus productos. Los enamorados, en los que el corazón pesa más que cualquier otra ambición, se afligen por estar distanciados del amor de su vida, de su amante, o de su pareja con la que pronto iban a romper, pero que en ese momento comenzaban a echar de menos. La mayoría pudieron unirse a su mitad de nuevo, pero hubo almas que quedaron impares sin tener la posibilidad de poder sentir una última vez a esa persona tan especial, personas impotentes ante la tragedia ya pasada cuyas consecuencias comenzaron a sangrar en el momento que se creían completas. Y, por último, los religiosos, aquellos que deambulan por las calles con miedo a ser hendidos por el venablo de la peste, personas con máscara de cordero que amparan su integridad física a santidades divinas.

Hoy en día, la lectura de este libro nos puede parecer más próxima que hace unos años, ya que nuestra sociedad ha pasado por un mal similar. Y, aunque esta obra se distancie de la actualidad en más de setenta años, es curioso ver el paralelismo que se establece entre la realidad y la ficción en los diferentes estadios por los que pasa una población frente a una enfermedad que ataca en masa. El primer paso es negar dicha enfermedad aunque se tengan datos que evidencien su cuadro médico, e incluso resistirse a clasificarla por su nombre por miedo a invocar sus consecuencias, porque cuando a algo se le da un nombre ya es una realidad. Después, se pasa a la fase en la que se destinan más recursos para calmar al pueblo que para obliterar el principio del contagio, medidas que no logran su propósito en ninguno de los dos casos. Ante el fracaso de la gestión, el número de afectados escala sin descanso, dando comienzo al periodo de supervivencia en el que se lleva a cabo un proceso deshumanizador de la vida y la muerte. Y, por último, tras sufrir el escarnio de la afección en sus propias carnes, los ciudadanos, cuerpos vacuos de moral minada, tras pensar que la prolongación de las medidas sería una sucesión interminable, redescubren la libertad sin ser conscientes de ello. Todas estas acciones suceden tanto en la realidad como en la ficción, pero lo que aún no se ha visto en la realidad es el sentimiento de apoyo mutuo que Camus quería transmitir con su libro, pues vivimos en la sociedad de la indiferencia a lo ajeno.