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La gran estafa. Una crítica de “La bola negra”

La bola negra, aclamada película de Javier Calvo y Javier Ambrossi que representará a España en los próximos premios Oscar, protagoniza cada día una nueva moda en redes sociales: cientos de personas se graban antes y después de ver el filme en una sala de cine. ¿Cuál es el desenlace de estos vídeos? Los espectadores se exhiben llorando a lágrima viva: son incapaces de contener los sentimientos que la película rescata de sus más remotas profundidades. Estas emociones afloran no porque La bola negra manifieste una sensibilidad original, exacta y conmovedora respecto al trauma histórico de nuestro país, sino porque es una película efectista. Su trama excita el sentimentalismo más manido para revelar, sin apenas rigor histórico, cómo se era y se es hombre homosexual en la república, en la guerra y en la actualidad. Las historias de tres generaciones se ven intrincadas entre sí, y la redención de los relatos del pasado solo puede llevarse a cabo en el presente de Carlos, un historiador que, centrado en la reconstrucción de la música de la Antigua Grecia, desconocía que su genealogía familiar estaba conectada con la de un «fascista» llamado Sebastián, con la del soldado Rafael Rodríguez Rapún y, por último, con la del poeta y dramaturgo Federico García Lorca, autor de la obra teatral incompleta La bola negra.

La bola negra constituye, casi toda ella, un cliché. Es fácil identificar en la historia de Carlos, interpretado por Milo Quifes, un tópico repetido en los productos culturales que ficcionalizan personajes y crónicas de la guerra civil, o que versan sobre la recuperación de la historia del periodo bélico desde un presente desmemoriado. Si bien parece que La bola negra es la «gran película» sobre la guerra, el caso es que no aporta apenas novedades argumentales ni estilísticas respecto a novelas, obras de teatro y filmes que la han tematizado con anterioridad. De hecho, se construye sobre una estructura muy explorada últimamente: la que describe la autodefinición identitaria ―y reconciliación amorosa― de un personaje a través del encuentro con un pasado familiar problemático, símbolo del ayer escindido de España. Que en la película de los Javis entre en juego la problemática LGTBIQ+ no justifica el reciclaje de un esquema que, a medida que su uso prolifera, se agota y deja de interpelar a espectadores familiarizados con las ficciones memorativas. En relación con el personaje de Carlos, también llama la atención la recurrencia de lugares comunes sobre la homosexualidad que colman las escenas de la película ambientadas en nuestro siglo. ¿La protesta, tan necesaria, frente la represión contra la homosexualidad debe incentivar visiones estereotípicas que inevitablemente emborronan o apartan la mirada de la lucha social del colectivo LGTBIQ+? ¿Estas perspectivas instituyen, a través de la ficción, experiencias y conductas generalizadas, o es precisamente la ficción la que las está generalizando en detrimento de una realidad que es mucho más amplia y compleja? Yo diría que, a estas alturas, que los hombres homosexuales sean percibidos de forma casi exclusiva como personas excéntricas y promiscuas conlleva la implantación de discursos en torno a ser homosexual que excluyen un abanico mucho más rico de vivencias y subjetividades. Aunque de eso pueden hablar, mejor que yo, los implicados en su respectiva representación.

Entremos, ahora, en el meollo del asunto. Sorprende la cantidad de críticas positivas que ha recibido La bola negra en los medios de comunicación, pero sobre todo impresiona que los historiadores de la literatura no nos llevemos las manos a la cabeza tras ser partícipes de las lecturas que los Javis hacen de la época y la figura de Federico García Lorca en ella. Cuando el escritor, interpretado por Alberto Cortés, aparece en escena surgen con él anacronismos y licencias tremendamente inadecuadas que distorsionan tanto su personalidad como su contexto de socialización intelectual. Lorca jamás habría anticipado que en Granada podía ser asesinado por los fascistas, como deja caer el filme; es por todos ―menos por los Javis― sabido que Lorca marchó a Granada en el verano de 1936 buscando una seguridad que, él creyó, no iba a encontrar en Madrid. La película se empeña en mostrar a un hombre convertido en símbolo de la homosexualidad y olvida que, sobre todo, fue un símbolo del republicanismo cultural. Además, incurre en la absoluta desfachatez, pues no puede tildarse de otra manera, de decirnos a los historiadores de España que nuestras investigaciones han sido salvadas por el hispanismo norteamericano, el cual, con su buena fe, no se ha olvidado, como sí lo hemos hecho nosotros, de que Lorca era un «poeta gay». Me pregunto quién ha asesorado ―o desinformado― a los Javis para poner en boca de Glenn Close semejante mentira, que desvaloriza el trabajo de numerosos especialistas ―españoles y de otros países― en la biografía y la obra de Federico García Lorca, sobre las cuales, por cierto, existe una abundante bibliografía, al ser quizá el autor español más canónico del siglo xx.

En la película, García Lorca personifica todo un imaginario que, en tiempo recientes, ha cobrado fuerza y que remite al abuso de mitos que realzan su vida privada ―¿cuántos libros hay que sacan rédito de las desafortunadas aventuras amorosas lorquianas?― y desconocen no ya su literatura, sino, sobre todo, su militancia y su ideología republicanas. Y esto es lo que es realmente molesto e irónico: que La bola negra se coloque la máscara de la reivindicación vitalista y se olvide de destacar la trayectoria política de un autor comprometido contra la injusticia y la opresión. Consecuencia: la película está vacía de contenido político, al menos de todo contenido político que no esté directamente relacionado con su orientación sexual. Tenemos que empezar a ser conscientes de que dedicar una película, un libro, un documental… a personajes homosexuales o transexuales no los convierte necesariamente en productos enfrentados a las violencias del heteropatriarcado. Muchas veces, estos productos ―y tal es el caso de la película de los Javis― beben de una ideología silenciosa, vestida con el disfraz del progresismo, pero desmovilizadora, sometida al sistema de mercado en el que convivimos y que atraviesa todo lo que creamos y observamos. Bien explicita esta ideología el hecho de que, casi cada vez que se entrevista a los directores por la película, se aproveche para preguntarles por su reciente ruptura. Y ellos profundizan en sus dramas personales, que son los que más interesan, por supuesto. Al respecto, cómo obviar que la aceptación que La bola negra ha tenido en la industria cinematográfica de Estados Unidos es indicativa de la normalización de un discurso que no es ni subversivo ni disidente. A los estadounidenses les encanta recrearse en la imagen estereotípica que existe de nuestro país: ¡Viva el flamenco! ¡Viva Andalucía! ¡Qué interesante es la historia de España…, pero solo la rememoramos si no causa problemas sobre el presente! Y, claro está, Hollywood se palmea las espaldas, porque se siente muy bien al transigir con ciertas dosis de progresismo ―en realidad, melodrama― para dar al mundo una cara más amable de su tierra patria: menos sionista, menos imperialista, menos neofascista, menos homófoba.

La bola negra tiene algunas cosas buenas. Sobre todo, imágenes hermosas o impactantes e interpretaciones excelentes… Pero se aprovecha del fetichismo lorquiano para recrear tres historias que, si bien se ven directamente implicadas en la guerra civil, poco o nada explican de sus causas ni de sus consecuencias. A ello se añade que los Javis moldean la realidad histórica a su gusto para acreditar su película como contradiscurso LGTBIQ+, sin siquiera sentir pudor por hacer de la parte ―y con esto me refiero, en especial, a las inexactas alusiones al transformismo y a la liberalización sexual durante la Segunda República― el todo. La bola negra no es una película tan rompedora como se ha querido defender porque recordar una época y exigir la reparación de su memoria no es válido si el recuerdo pasa por el filtro de lo que no fue, pero se desearía que hubiera sido. Y creo que conviene decirlo de una vez: renunciemos a la comodidad que entraña explotar la vida de Lorca y recordemos otros casos de escritores represaliados, encarcelados, fusilados, exiliados; autores que reconocieron su sexualidad y escribieron también sobre ella. Aprovechemos nuestros esfuerzos para crear y consumir ficciones con fundamento político y con base en las enseñanzas democráticas de la república. Solo así podremos pensar en un verdadero horizonte de cambio en estos tiempos oscuros, en los que el fascismo y sus sucedáneos campan a sus anchas.

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Graduada en Estudios Hispánicos y máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos por la Universidad de Alcalá, donde ha sido beneficiaria de varias becas de investigación. Sus intereses giran en torno a la historia literaria e intelectual del exilio republicano de 1939 y la crítica ideológica de la literatura, aspectos sobre los que es autora de varios artículos académicos. En la actualidad, es investigadora predoctoral (FPU-Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades) en la Universidad de Alcalá. Su tesis estudia los discursos del anticomunismo en la narrativa del exilio durante la guerra fría. Es directora de la revista Contrapunto.

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