Como si todas las noches fueran las de un solo día. «Todas las noches de un día», de Alberto Conejero

por | Ene 24, 2020

Como si todas las noches fueran las de un solo día. «Todas las noches de un día», de Alberto Conejero

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Todas las noches de un día, de Alberto Conejero

Dirección: Luis Luque

Reparto: Carmelo Gómez y Ana Torrent

Desde el 5 de febrero hasta el 1 de marzo de 2020, Teatro Bellas Artes, Madrid

Los amores imposibles ya no se llevan. La jardinería cada vez menos. Porque vivimos una época en la que preferimos la explanada con un césped artificial y una piscina donde poder sacarnos selfies con nuestros amigos a cualquier pequeño atisbo de naturaleza. Porque lo natural, lo real, parece que se pierde entre las mentiras que pretendemos construir de cada uno. Y en esas vidas que nos inventamos, ser felices no es una opción, así que mostrar cualquier otro comportamiento no va a suponer a ojos de los demás nada más que una derrota. Pero parece que aún quedan algunos pequeños espacios –como lo fue en octubre de 2019 el Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares– en los que parece que esa insensibilidad no se ha perdido por completo, y que se siguen contando esas historias de perdedores y de amores imposibles. Y este tipo de historias es la que narra Todas las noches de un día, un drama de Alberto Conejero que se encargan de interpretar Carmelo Gómez y Ana Torrent bajo las instrucciones de Luis Luque. 

Desde el invernadero en el que entró a trabajar huyendo de las urbanizaciones modernas y artificiales, Samuel parece que atiende a los inspectores de policía que llegan preguntando por Silvia, la dueña de la propiedad, para intentar descubrir su paradero. Casi la totalidad del peso interpretativo cae sobre Carmelo Gómez, que logra zambullirse en el papel de su personaje de forma absoluta y hacer que los espectadores sientan presente ese personaje del inspector que no está representado en realidad. La obra permite que el espectador dude, que cuestione si todo aquello es real o no es más que una imaginación del protagonista, el único punto por el que podemos acceder a la historia. Con una puesta escena bastante simple –pero muy lograda– los actores logran transportarnos a sus recuerdos y vivir como si fuera nuestro ese romance imposible que ha marcado tanto sus vidas. La sensibilidad que Ana Torrent le otorga a su personaje permite que los espectadores no conozcan a Silvia, sino que conozcan directamente a esa Silvia que sobrevive a ojos de Samuel, cada día, en ese mismo invernadero. 

La idea de amor que se presenta en esta obra puede parecer, a ojos del siglo XXI, como algo anacrónica, antigua, pasada de moda. Y es así. Vivimos en un tiempo muy cínico, en el que parece que amar o sufrir por amor ya no está al orden del día. Es por ello por lo que esta obra parece una historia de otro tiempo. El amor que parece que sobrevive en este invernadero es trágico porque ha sido profundo y vital. Parece que Conejero busca reivindicar ese amor doloroso que nos recuerda que –a veces– vivir (que no es otra cosa que amar) duele. El horror trágico del amor tiene más que ver con el destino de los personajes que con las decisiones que puedan tomar. 

Así, se conforma una obra que no solo hace cuestionarnos nuestra idea del amor, sino que también nos lanza interrogantes sobre la contradicción que existe entre lo que vemos y lo que sentimos. Una obra que dialoga entre quiénes son Samuel y Silvia, entre quiénes aparentamos ser. Una obra que nos recuerda que, como el cactus de Samuel, nosotros también sobrevivimos porque somos fuertes, porque respiramos hacia adentro para no hacer ruido, como si todas las noches fueran las de un solo día.

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