“‘Venganza’ es nombre de mujer”. “Dos tragedias griegas: Electra – Medea”, de V. Molina Foix

por | Mar 16, 2019

“‘Venganza’ es nombre de mujer”. “Dos tragedias griegas: Electra – Medea”, de V. Molina Foix

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Vicente Molina Foix, Dos tragedias griegas: Electra – Medea

Madrid, A. Machado Libros

112 páginas, 12 euros

Si hay un género en el que los nombres femeninos resonarán por los siglos de los siglos sin necesidad de presentación o apellidos es el de la tragedia griega. Y si hay un escenario donde presentar estos dramas eternos, es el del Teatro de Mérida con su célebre Festival Internacional de Teatro Clásico que cada verano actualiza obras clásicas; en muchas ocasiones, por encargo a renombrados directores de escena así como dramaturgos. Es en este caso el texto de Vicente Molina Foix (Elche, 1976) el que recopila su propia versión de dos de los más grandes títulos escritos entre otros, por Eurípides, de quien Molina Foix toma la esencia principal alejándose de la misma en varias ocasiones. Considera a Eurípides el más cercano a nuestra contemporaneidad, a través de la cual navega para ofrecer algunas escenas más fieles y otras más libres donde el lenguaje está también bastante alejado del original, buscando un diálogo más directo y claro que a veces no encaja del todo con la solemnidad de la acción.

Electra, estrenada en 2012 en Mérida y con Ana Belén como protagonista —quien también protagonizó Medea en su estreno del 2015, ambas dirigidas por José Carlos Plaza—, pretende resaltar el carácter político del personaje principal. Electra, junto con Antígona, fue de las pocas mujeres a las que se les concedió la posibilidad como personajes de desarrollar su vertiente política. En este caso, la hija de Agamenón no siente empatía ni piedad por su madre. Busca hacer justicia, objetivamente y según las leyes (en esta versión, no religiosas ya que no hay rastro de las deidades griegas tan influyentes en las decisiones de los héroes trágicos) para vengar la muerte de su padre a manos de Clitemnestra y su esposo Egisto. Vemos a una Electra rodeada de hombres en su soledad: anhelando el regreso de su hermano Orestes, unida a Alceo, un pobre campesino que sirvió a su padre y desesperada por conseguir justicia para Agamenón. Sin embargo, el origen de sus males no los achaca a otra persona más que a su madre, Clitemnestra. Los rasgos típicos y tópicos de lo femenino desaparecen en Electra; incluso es su pareja, el viejo campesino quien se encarga de los “cuidados” de la casa y de ella misma. Además, su virginidad intacta parece que no tiene apenas valor y la sexualidad es también un aspecto ausente en la protagonista.

Sin embargo, el potente foco que se consigue en la escena final y la que precede a esta donde madre e hija se enfrentan cara a cara en lo que podría denominarse una despedida, queda desdibujado por una trama donde se llevan la narración de la mayoría de los hechos los personajes masculinos. En la versión de Molina Foix, el campesino Alceo cierra la obra y deja un regusto naif con un discurso retórico sobre su situación sentimental tras la partida de Electra momentos después de que los hermanos hayan asesinado a su madre y separándose para siempre. “Unos ojos abiertos nos separan”, se despide Orestes de su hermana. Hasta en este final contrasta la humana debilidad de Orestes al matar a “quien le alumbró” frente a la frialdad y obcecación de su hermana quien deja muy claro las influencias en Shakespeare de este personaje para crear a Lady Macbeth, convenciendo a su hermano con los mismos pretextos de poder y justicia que escuchará el rey de Escocia siglos después. Otro acierto ha sido el protagonismo bien merecido a Clitemnestra en esta versión, donde la reina de Micenas expone los motivos que la llevaron al asesinato de Agamenón frente a su hija y defiende su postura hasta el final a sabiendas de que le espera la muerte. Resulta especialmente interesante ver a las dos mujeres debatir y reprocharse cosas tan tradicionalmente femeninas como son la maternidad, la virginidad y la fidelidad. Al fin y al cabo, en todas esas cosas no ha seguido los pasos de su madre pero, por mucho que le pese, Electra es la viva imagen de su madre en cuanto a la determinación para matar. Clitemnestra convence a Egisto de la misma manera que Electra convence a Orestes.

Tanto en Electra como en Medea, el final del primer acto es el punto álgido de la trama. Si bien es acertada esta división en dos actos que ayuda a que fluya la historia de la obra original, en ambas piezas el segundo acto es mucho más activo e interesante en cuanto a la acción que el primero. Las partes narrativas de viajes y hazañas épicas, habitualmente cantadas por un coro dirigido por su correspondiente corifeo están aquí representadas por personajes secundarios o contadas de forma didáctica y simplificada. Se recupera a través de acotaciones la figura de hechicera de Medea, donde el misticismo es un parte muy importante del personaje que contrasta con la racionalidad presentada en Jasón y el profesor de los niños, quienes no aprueban esta relación con la magia y la tierra. Se aprecian también guiños a la sororidad por parte de los personajes femeninos: la Nodriza apoya y defiende a Medea frente a los hombres hasta el asesinato fatal de sus propios hijos y la Corifea se muestra también empática con la desgraciada heroína sobre la traición de su marido. Además, Medea en su firme desequilibrio reafirma su persona y condición de mujer frente al desprecio y excusas de un Jasón que peca de victimista en la escena previa a la boda: “Yo no quiero ser tu recuerdo de un sueño. Soy una mujer”. En esta tragedia, vemos a un personaje principal que cobija en sí misma las contradicciones de la naturaleza humana elevadas al máximo exponente. Como en Electra, Medea desarrolla su deshumanización a lo largo de la tragedia, perdiendo toda condición humana al asesinar a sus propios hijos y por tanto, perdiendo también su condición de mujer. Las emociones llegan a rebasar los límites de sí mismas, por lo que el odio y el amor se confunden y funden vaciando de todo sentimiento a la hechicera. También en varias escenas se observa la dualidad antes mencionada y que en la pieza anterior representan Electra y Orestes debatiendo sobre la justificación de la muerte de su madre. Antes de deshumanizarse, una de las Medeas muestra lucidez, debilidad y arrepentimiento por lo que va a hacer, pero no puede evitar lo inevitable. El grado de violencia es altísimo. El parricidio es sin duda el elemento más desconcertante y desgarrador de esta pieza, dándole a Medea todo su sentido. Es la Nodriza quien en esta versión habla en nombre del espectador al denunciar la injusta situación de los niños, víctimas inocentes de las malas decisiones de sus padres. “¿Y qué será de Medea? Medea será vuestro recuerdo de Medea”. Con este rotundo final nuestra protagonista deja a un Jasón destrozado sobre el cadáver de sus hijos para adentrarse literalmente en la tierra, desnuda y tras haber hecho gala de sus poderes de hechicera.

En definitiva, Molina Foix presenta dos versiones un tanto efectistas cuando no es necesario ni por el texto, ni por las historias ya universales que nos cuenta, ni por la contemporaneidad de sus personajes y situaciones ya de por sí más que rotundas.

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