El destiempo colectivo de los vencidos. “La madre de Frankenstein”, de Almudena Grandes

por | Jul 16, 2020

El destiempo colectivo de los vencidos. “La madre de Frankenstein”, de Almudena Grandes

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Almudena Grandes, La madre de Frankenstein

Barcelona, Alfaguara

560 páginas, 22,90 euros

Almudena Grandes (Madrid, 1960) publicó este febrero su vasta novela de La madre de Frankenstein, consagrada como la quinta y penúltima obra dentro del proyecto narrativo que emprendió la autora en 2010 con Episodios de una guerra interminable –titulado de tal forma en honor a los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós–. La trama de estos seis volúmenes se dispone de forma independiente, pero la temática apunta hacia un espacio común, perdurable en la memoria colectiva, significativo: la resignación y resistencia antifranquista, en un periodo comprendido entre 1939 y 1964.

En el plano de la historia de esta novela, se presenta un repertorio amplísimo de personajes, recopilados en un listado al final de la novela. La mayoría de ellos son secundarios, –o simplemente nombrados, sin aparición directa en la acción narrativa, pero sí con un efecto en la trama– excepto tres, que se erigen como los principales: Aurora Rodríguez Carballeira, María Castejón y Germán Velázquez. Estos dos últimos son personajes ficticios, aunque, eso sí, inspirados en una figura de ficción en el caso de María –la Fortunata de Galdós– y fruto de una persona real en el caso de Germán –un psiquiatra español llamado Carlos Castilla del Pino–. Aurora es una mujer que existió realmente, que mató a su hija por considerarla su creación y tener la potestad para hacerlo y que ingresó al centro psiquiátrico femenino de Ciempozuelos (Madrid), que es precisamente el lugar principal donde transcurre la novela.

Esta creación narrativa, al igual que las demás de la serie, tiene claros indicios de documentación y conexión con la realidad de la época –como se afirma en la nota de la autora que el lector puede encontrar al finalizar la novela–, aunque toda ella se encuentra tamizada por la figura de su creadora, que desgrana y acerca estos personajes principales a través de un estilo indirecto libre, con un fluir de pensamientos muy íntimo, de manera que el lector los siente como reales, como cercanos, sin tapujos ni verdades ocultas. Este hecho también ayuda a que la novela fluya, avance rápido y sin pesadez, atrape al lector con los hechos narrados del presente de la vida en España, a la vez que se va intercalando de forma ininterrumpida el pasado de los personajes para llegar a conocer todos sus entresijos con detalle.

Germán, en una temprana edad, se exilia a Suiza debido a la vinculación política de su padre con la Segunda República. En ese lugar es donde rehace su vida y estudia psiquiatría, como su padre, hasta que, mucho tiempo después, le surge una oportunidad de volver a España –por proposición de un médico español– para implantar un tratamiento con clorpromazina en el manicomio, dirigido por monjas, de Ciempozuelos. Allí conoce a María, que muestra un gran afecto hacia Aurora, quien le proporcionó la posibilidad de un desarrollo intelectual en su infancia, de brindarle una oportunidad de prosperar en su futuro, que finalmente se ve truncado en los años posteriores. Un hecho decisivo es que Germán ya conocía a Aurora desde su niñez, la razón por la que fue trasladada a este sanatorio y los delirios que le llevaron a matar a su hija, con una mente brillante. A medida que la acción va avanzando se producen muchas confidencias y desencuentros, fraguándose un triángulo que une las vidas de estos tres personajes, que acaba quebrándose y desgastándose por muy distintos motivos: las circunstancias de una sociedad sumida en el nacionalcatolicismo, los valores opresores y vetustos que contaminaban el pensamiento de toda una época, las secuelas de una guerra, el problema de destiempo de muchos.

Asimismo, se le otorga un espacio importante al tratamiento de la homosexualidad en la época de posguerra, la eugenesia, el poder del catolicismo y el estado, la falta de libertad de la mujer y sus limitaciones, a pesar del espíritu de liberación de algunas de ellas –como puede encarnarse en la figura de Aurora o la propia María– y la situación precaria de la psiquiatría española, en la que la formación intelectual excluía a Freud de su formación y se aplicaban técnicas de “rehabilitación” impensables.

Tampoco hay que dejar de mencionar la grata sorpresa de encontrar la presencia de la metaficción justo en la última parte de novela, cuando Germán escribe y publica un libro titulado La madre de Frankenstein, que recoge las vivencias y memorias de Aurora. Con el lanzamiento del libro, Germán solo desea con gran anhelo que una persona en especial lo lea, el motor principal por el que lo escribe y del que ha perdido su pista desde hace tiempo. Para descubrir todos los interrogantes y esbozos aquí planteados, se recomienda encarecidamente sumirse de forma dedicada en la inmensa urdimbre narrativa teñida de pasión y sufrimiento que brota de cada página que Grandes nos ha dado el placer de asediar sin lugar a tregua.

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