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El horror universitario. “La chica más lista que conozco”, de Sara Barquinero

Sara Barquinero ha escrito una novela universitaria en la que casi nadie sale bien parado. Profesores que convierten su autoridad intelectual en una herramienta de seducción, departamentos enfrentados por luchas de poder, estudiantes obsesionados con distinguirse de los demás, asociaciones que terminan plegándose a las mismas estructuras que pretendían combatir… El planteamiento es muy sugerente: Alicia parece llegar a Madrid desde otro mundo; en Valladolid había sido “la lista”, pero pronto se da cuenta de que la cultura también tiene clase. Algunos de sus compañeros son hijos de catedráticos o artistas, han crecido entre libros y museos, y manejan unos códigos a los que Alicia no tiene acceso: “en ausencia de capital cultural hereditario, el deseo de ser alguien deviene necesariamente vergüenza”. Es uno de los diagnósticos más certeros de la novela, aunque lo acabe desarrollando con poca fortuna.

Porque La chica más lista que conozco es una buena novela. Conviene decirlo pronto, antes de comenzar con los reparos. Después del éxito de Los escorpiones, Barquinero vuelve a dejar constancia de su capacidad para sostener una narración ambiciosa. Posee una prosa ágil, muy observadora, cruel y cómica a la vez, capaz de parodiar la pedantería intelectual con gran maestría. A todo ello se suma un profundo conocimiento filosófico que no es nada impostado; Barquinero es doctora en Filosofía y en los agradecimientos menciona expresamente a varios compañeros y profesores de la disciplina.

Vamos ahora con lo que considero problemático. ¿Qué hace la autora con el diagnóstico de clase que acabo de exponer? Barquinero entiende a la perfección que el capital cultural no consiste solo en haber leído más; también reside en los apellidos, en las redes de contacto, en conversaciones familiares… La figura de Alicia se opone a la de algunos de sus compañeros, hijos de catedráticos, políticos, editores o artistas, que se mueven en tal ecosistema como peces en el agua. A pesar de ello, Alicia no desmonta la jerarquía que la hace sentirse inferior, sino que aprende sus códigos. Dedica buena parte de su educación intelectual y sentimental a evitar que vuelvan a aplicarle a ella esa categoría. Puede que esta sea precisamente la derrota que Barquinero quiere narrar. Si es así, es una derrota bastante amarga, pues la provinciana vence cuando aprende a mirar a los demás como antes la miraban a ella. La novela no termina de detenerse en esa contradicción y es una lástima, porque ahí había una pregunta mucho más incómoda que la mera constatación de que el capital cultural se hereda: ¿solo se puede escapar de tal jerarquía aprendiendo a reproducirla?

Algo parecido sucede, a mi parecer, con el retrato de la universidad. Desde el inicio sabemos que no será idealizada: disputas intelectuales que esconden rencillas personales, departamentos que compiten por financiación y puestos o profesores que protegen a compañeros por su propio interés. Pero la acumulación llega a resultar asfixiante, con profesores que se acuestan con alumnas y doctorandas, denuncias, agresiones, drogas, clientelismo… Nada de esto resulta imposible, y es probable que no se aleje tanto de la realidad. Ese no es el problema. Una universidad puede ser, y demasiadas veces ha sido, precaria, corporativa, machista, jerárquica y experta en envolver las miserias más vulgares en vocabulario administrativo. Lo que me cuesta aceptar es que haya tan pocos claros en ese paisaje. Cuando todo el mundo acaba participando de algún modo en la podredumbre, el retrato empieza a rozar la caricatura, hasta el punto de que ya no hace falta explicar cómo una institución consigue que personas razonables terminen tolerando comportamientos que fuera de ella juzgarían intolerables. Cuando la corrupción lo impregna todo por igual, dejan de verse los mecanismos concretos que la hacen posible.

Quizá esta objeción la escriba también el profesor universitario que soy y al que le cuesta reconocerse en una facultad donde la transmisión honesta del conocimiento casi parece una anomalía. Tampoco es mi intención convertir esta reseña en una defensa del gremio. Precisamente porque varias de las patologías que retrata Barquinero existen, habría sido más inquietante verlas convivir con aquello que todavía hace que alguien quiera permanecer en la universidad. Puede ser simplemente una postura pesimista, desde luego. Pero un pesimismo sin excepción corre el riesgo de resultar demasiado cómodo: si no hay nada que salvar, tampoco hay demasiado que pensar sobre cómo salvarlo.

Y esto es para mí lo más llamativo porque Barquinero sí sabe transmitir la belleza del conocimiento. Alicia lee con deseo, discute los textos, lucha por comprenderlos y se transforma a través de ellos. Algunas de las mejores páginas de la novela aparecen precisamente cuando la filosofía deja de ser el emblema de una tribu académica y se convierte más bien en material narrativo. En medio de todo esto está Juan Comala, el profesor más de diez años mayor que Alicia alrededor del que termina girando buena parte de la novela, y que es, de hecho, lo que menos me interesa. Y lo es porque reproduce un esquema bastante reconocible, en el que un hombre más experimentado, en este caso investido además de una autoridad intelectual que forma parte de la propia seducción, manipula a su antojo a chicas que superan por poco la mayoría de edad. Frente a las otras preguntas que antes he mencionado, este es quizá el conflicto en el que la novela tiene menos que descubrir.

La chica más lista que conozco es, en definitiva, una novela notable y ambiciosa sobre personas obsesionadas con parecer inteligentes y sobre instituciones que confunden demasiadas veces esta inteligencia con prestigio y poder. Funciona muy bien y contiene observaciones excelentes sobre el deseo, la vergüenza o la herencia cultural. Mis reparos nacen de ahí y no a pesar de ello. Barquinero ve con claridad ciertos problemas, entre ellos la desigualdad de clase en el acceso a la cultura y las miserias de la institución universitaria, pero parece conformarse demasiado pronto únicamente con identificarlos. A Alicia le enseñan que es una provinciana y acaba aprendiendo a no parecerlo. La universidad aparece podrida desde la raíz y no tiene salvación alguna. Son respuestas un poco pobres para preguntas tan buenas. Aunque quizá sea ese, paradójicamente, uno de los mayores hallazgos: el de construir un mundo tan interesante como para que uno quiera discutir con él cuando ya se han terminado las páginas.

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Juan García-Cardona

Juan García-Cardona es profesor en la Universidad de Málaga. En los últimos años, su línea de investigación principal se ha centrado en la literatura rural española reciente, a la que ha dedicado su tesis doctoral y artículos en relación con la memoria histórica (Siglo XXI, 2023) o la representación de la inmigración (Philologica Canariensia, 2024). Además, ha publicado en diversas revistas artículos sobre el género literario de la autoficción (Pasavento, 2022), la adaptación cinematográfica (Trasvases entre la Literatura y el Cine, 2019) y la prensa cultural española (EPI, 2022; Ocnos, 2023; Revista de Literatura, 2025). Ha presentado más de una veintena de ponencias y es coorganizador del congreso anual Transmedialidad, Intertextualidad y Adaptación Cinematográfica.

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