El vacío y la palabra. “El dolor de los demás”, de Miguel Ángel Hernández

por | Ene 4, 2019

El vacío y la palabra. “El dolor de los demás”, de Miguel Ángel Hernández

por

Miguel Ángel Hernández, El dolor de los demás

Barcelona, Anagrama

305 páginas, 19 euros

De Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) nada había oído decir hasta hace algunas semanas, cuando un buen amigo (murciano, también) tuvo el atino de recomendarme su último libro, El dolor de los demás (2018). Tengo por costumbre fiarme de las sugerencias de aquellos por cuyo olfato literario admiro, así que me volví a mi casa más contenta que unas pascuas con mi nueva adquisición bajo el brazo. Tras la lectura, las líneas que siguen son mi agradecimiento, a mi amigo por su consejo, a Miguel Ángel Hernández, por su novela.

El punto de partida de El dolor de los demás es sencillo de esclarecer, aunque no por ello menos sorprendente ni terrible: “Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco”. Tomando como inicio ese brutal suceso vivido en la adolescencia, Hernández retorna a la huerta murciana en donde residió hasta entrada la veintena para tornarla territorio novelable, deslocalizando a los lectores de sus anteriores textos de ficción ¾a saber, Intento de escapada (2013) e Instante de peligro (2015)¾ y demostrando que no hay lugar de la memoria inenarrable. Hernández construye la novela sobre una doble trama, con sus subsecuentes hilos cronológicos: por un lado, se reconstruyen los eventos ocurridos la noche del asesinato desde una segunda persona que objetualiza al narrador, el Hernández adolescente. Por el otro, acompañamos a través de una voz en primera persona al Hernández adulto en sus investigaciones sobre el caso, llevadas a cabo mediante entrevistas a familiares y amigos, archivos oficiales y visitas al lugar del crimen.

Me sacude algo así como cierta fatiga el simple hecho de pensar en divagar sobre conceptos como metanovela, metaficción, autoficción o autonovela, no porque no sean útiles en sí, sino porque basta con decir que la novela trabaja en el campo del autocuestionamiento en tanto artefacto literario, polemizando su propio proceso de creación, y que también, efectivamente, el narrador comparte muchas similitudes con el autor. Con el El dolor de los demás estamos ante un texto en el que, sin abandonar la escritura del yo (presente tanto en Intento de escapada como en Instante de peligro), Hernández apuesta por algo totalmente distinto. Y es que el gran desafío del autor no es solo intercambiar su habitual espacio universitario, urbano e intelectual por otro, si no opuesto, cuando menos, muy distinto, como es esa asfixiante y casposa huerta dibujada por el autor (y, cuidado, todo lo que ello implica en cuanto a registro y adecuación del lenguaje) sino que, además, hacerlo para enfrentarse a un recuerdo traumático, escondido bajo el manto del tiempo. Pero, ay, el pasado siempre vuelve y cuando lo hace, exhibe Hernández, mejor cogerlo por los cuernos.

Pecaría por falta de honestidad si no hiciera referencia a la única flaqueza de la novela, que es su inconsistencia en el ritmo narrativo. A pesar de mantenerlo a lo largo de buena parte del texto, decae en ciertos momentos hasta límites que rozan lo repetitivo. Sin embargo, el relato coge fuerza de nuevo con la llegada a la casa de la amiga de la Rosi, nombre de la víctima del crimen. Es ese diálogo que narrador y mujer mantienen el gran punto de inflexión de la narración: el momento en que, de un batacazo, se sacude a un lector que asiste, aunque maravillado, a la brillante meditación sobre la relación entre el vacío, la imagen y la palabra. Porque el verdadero hueso de la novela no es sino llenar, mediante la palabra, el vacío de la fotografía de la cubierta del libro. Es decir, llegar a la Rosi y darle vida, concederle el derecho a referir su historia, esa historia jamás contada de una vida común y corriente, especial por eso mismo, arrebatada súbitamente.

En definitiva, la novela de Hernández no solo es una profunda reflexión sobre la benjaminiana presencia activa del pasado en el presente, sino también un ejercicio de escritura y reescritura en el que hacer uso de la pluma, es decir, ponerle nombres a las cosas, permite la reconciliación con los orígenes, con los demás, y con uno mismo.