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Elegía alemana. “Reencuentro” (1971), de Fred Uhlman

Sub specie aeternitatis, todos sin excepción somos unos fracasados”, afirma Hans Schwarz, narrador de Reencuentro, hacia el final de la novela. Es la conclusión que obtiene de su memoria autobiográfica. Con esas palabras, relativiza su propio desengaño, el de un abogado que salió de la Alemania nazi cuando era adolescente y que ha forjado en los Estados Unidos una vida familiar y profesional de aparente éxito. El fracaso al que se refiere no es el de una vida truncada por el antisemitismo, ni se debe a la extrañeza de su exilio perpetuo. De hecho, nos dice en unas pocas líneas que las tragedias como la suya son recurrentes en la historia universal, lo cual quita toda relevancia a los hechos concretos que él ha padecido. Además, se ha adaptado a la vida de Estados Unidos, donde ha transcurrido la mayor parte de su biografía. En ese punto de la novela, sabemos ya que la verdadera causa de su desengaño es la conciencia de la futilidad de la vida en relación con los grandes ideales que alentaban su adolescencia. Es el fracaso por no haber sido poeta, por no haber llegado a experimentar el amor y la amistad perfectas y duraderas, por saber que todo anhelo de belleza y perfección sucumbe ante la banalidad. Más adelante, en las últimas páginas, nos enteramos de que esta reflexión está suscitada por una carta que le llega inesperadamente desde Alemania, de su antiguo Gymnasium. En ella, lo invitan a colaborar en la erección de un monumento a los alumnos caídos en la guerra. Entre la lista de nombres de compañeros muertos, busca el de un amigo que fue muy especial y que lo sigue siendo treinta o cuarenta años después en su recuerdo. Esa carta y esa relación de nombres, venidas de otro tiempo y de otro mundo, estimulan la memoria de quién pudo ser y la contrastan con la persona en la que se ha convertido. Y todo se revela ruina.

Pese a renunciar a los grandes lamentos y al testimonio cruento de la destrucción de los cuerpos y las almas en favor de un estoicismo radical, Reencuentro es quizá una de las novelas más tristes que se hayan escrito. Es una novela sobre el fracaso, como ya se ha dicho. Es también una novela sobre el Holocausto y sobre la amistad. O, mejor, sobre cómo la historia puede arruinar la verdad de la condición humana con sentimientos espurios que enardecen a las masas y empequeñecen al individuo: el orgullo nacional herido, el señalamiento y culpabilización de grupos humanos y la urgencia de un violento desagravio bélico. Frente a ello, el amor y la amistad, la poesía, la naturaleza, el legado cultural palidecen incluso en las almas más bellas. Podría decirse que, paradójicamente, Reencuentro es una gran novela alemana escrita en inglés por un exiliado judío. El espíritu alemán, en efecto, impregna el relato de un fuerte nacionalismo de raigambre romántica. En la memoria idealizada por el narrador se evocan los paisajes suabos bañados por el Neckar, los grandes nombres de la literatura alemana ―Hölderlin, Schiller, Heine―, las viejas identidades nacionales desaparecidas ―el reino de Württenberg―, las ciudades históricas del sur de Alemania ―Tübingen,  Hohenstaufen―, las ruinas de castillos y abadías medievales… La identificación del adolescente con todo ello contrasta violentamente con la realidad del narrador, expulsado, estigmatizado, convertido en alguien ajeno por las raíces judías de su familia y de su apellido y atónito por que todo un país se dejara arrastrar por la miseria de un charlatán.

Para hacer de su memoria materia narrativa, Fred Uhlman (Stuttgart, Alemania, 1901 – Londres, 1985) no escoge el testimonio directo de sus propios familiares gaseados en Terezín o de quienes compartieron con él la diáspora. El antisemitismo ―o, de un modo más general, la naturaleza violenta y deshumanizadora de la historia― está aquí representado en una historia mucho más íntima, casi una parábola de la condición humana. Es la historia de amor platónico entre Hans, de familia judía burguesa, y su compañero de instituto, aristócrata, un Hohenfels, cuyos sentimientos de amistad hacia Hans son incompatibles con la admiración que le produce el Führer.

Entre otros rasgos biográficos, Uhlman compartió con su protagonista la condición de expatriado casado con una extranjera, abogado por necesidad y artista por vocación y huérfano por causa del fascismo. Su exilio también lo llevó a una relación esquizofrénica con sus raíces suabas. Ni Hans ni Uhlman quisieron ser nunca anglosajones más allá de los requisitos prácticos de una integración obligada, pero al mismo tiempo, consideraban definitiva su expulsión de Alemania, lo que les produjo una conciencia de alteridad crónica, de identidad en crisis perpetua. En 2021, la galería estatal de Stuttgart expuso una parte de la colección de dibujos que Uhlman pintó en el campo de internamiento de la isla de Man, donde fue recluido durante la guerra mundial por su condición de alemán. Aquellos dibujos revelan una honda conciencia del mal. La muerte, la deshumanización y la violencia aparecen retratadas con sarcástica crudeza. La exposición supuso una especie de desagravio con una de las personalidades artísticas y literarias más prominentes que había dado la ciudad en el siglo XX, aunque solo viviera allí los treinta primeros años de su vida. El profundo malestar que revelan esos dibujos contrasta con el estoicismo de Reencuentro, escrita treinta años después, si bien persiste el mismo nihilismo incurable.

Al final de su autobiografía Brilla el sol en París, Uhlman confiesa: “Si he escrito este relato de mi vida no es porque tuviera hechos excepcionales que narrar, sino porque es la historia de un hombre corriente inmerso en su época, un hombre que, atrapado en una de las tempestades más violentas de la historia, ha sobrevivido a un desastre que arrasó continentes enteros y exterminó a millones de seres mejores, pero menos afortunados que él”. El resumen que Hans Schwarz hace de su memoria llega a una conclusión similar. La elegía que ambos, autor y personaje, enuncian es el lamento por la pérdida de vidas, de lugares, de anhelos, de emociones que no van a volver y que los han dejado escindidos y aquejados de una nostalgia crónica.

Fernando Larraz

Fernando Larraz es profesor de Literatura Española en la Universidad de Alcalá. Antes trabajó en las Universidades Autónoma de Madrid, Tübingen, Birmingham y Autónoma de Barcelona. Sus trabajos de investigación se centran en la literatura del exilio republicano de 1939, la censura editorial bajo el franquismo y la historia de la edición literaria en lengua española. Impulsó la fundación de Contrapunto, de la que ha sido director durante seis años.

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