Una alegoría temporal: “Casa tomada”, de Julio Cortázar

por | May 9, 2019

Una alegoría temporal: “Casa tomada”, de Julio Cortázar

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“Leer es siempre interpretar”, escribió el escritor estadounidense Henry Miller (1969: 282). El cuento “Casa tomada” (1946), del escritor argentino Julio Cortázar (Ixelles, 1914-París, 1984), ejemplifica notablemente este aforismo. El contenido eminentemente fantástico da materia para pensar e interpretar. Por lo tanto, la crítica literaria ha propuesto toda clase de análisis. Como lo expone irónicamente la filóloga María Gabriela Mizraje (2008: 155):

En síntesis, desde la crítica nos quedan desplegadas distintas alegorías político-sociales, sexuales, textuales (de lectura o —aquí proponemos— de escritura), psíquicas, existenciales, o del dolor físico (ya sea la cabeza o también —preferimos para el caso— la garganta o el estómago, por ejemplo).

En este ensayo, para completar esta menuda lista, propongo una alegoría temporal. Es decir, se analiza la importancia del tiempo. Quizás esta alegoría parezca inoportuna, dado que el hilo conductor del cuento remite más al espacio (la casa) que al tiempo. En realidad, desde las primeras líneas, sí se crea una tensión entre las dimensiones espacial y temporal:

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

El afecto casi irracional a la casa que anima al narrador y a su hermana está motivado por la carga memorial del lugar. La posesión dela casa va acompañada del dominio de los ritmos del día. “Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales”. Reina una rutina apacible.

Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Luego la “toma” de la casa perturba este sosiego. “La limpieza se simplificó tanto que, aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados”. Como consecuencia de tal paro técnico, Irene dedica más tiempo al único ocio que aún le queda: “estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer”. Esta actividad obsesiva se convierte en el símbolo de la toma de la casa por misteriosos intrusos. Cuanto más Irene teje, más lo desposeen de la casa: “Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo”. Soltar el tejido entraña desampararlo: esta acción señala un punto sin retorno. Por fin, la casa está tomada.

En este momento, el narrador y su hermana ya no tienen materia. Pero sí persiste el tiempo, bajo forma material como ideal: “Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche”. Recordémonos el aforismo del escritor romano Plinio el Joven: “El día más largo llega pronto a su fin”. La toma de la casa es un proceso continuo y progresivo, sin ruptura en la narración, como si se desarrollara durante un solo día. El remate del proceso concuerda con el fin de este día: “Ya era tarde ahora”.

Finalmente, el tiempo toma posesión de la mente de los protagonistas, hasta tal punto que, al abandonar la casa, siguen pensando en algo entonces fútil: la hora. “No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.

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