Literatura juvenil escrita no solo para jóvenes. Entrevista a Nando López

por | Ene 14, 2019

Literatura juvenil escrita no solo para jóvenes. Entrevista a Nando López

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Fernando J. López, más conocido como Nando López, nació en Barcelona el 28 de junio de 1977. Es profesor de Secundaria y Bachillerato y especialista en Lengua castellana y Literatura. En la actualidad, es conocido por su labor como escritor fundamentalmente. Ha publicado varias novelas como Dilo en voz alta y nos reímos todos (2016), Los nombres del fuego (2016), #malditos16 (2017), La edad de la ira (2017) o Nadie nos oye (2018). Dentro del ámbito teatral, ha estrenado obras dirigidas a jóvenes como Saltar sin red (2013), Barro (2018), sus adaptaciones de #malditos16 y La edad de la ira, y Federico hacia Lorca y Nunca pasa nada, sus próximos estrenos. Ha llevado a cabo adaptaciones teatrales como Las harpías en Madrid de Castillo Solórzano (2016) y Desengaños amorosos de María de Zayas (2018).

Muchas gracias, Nando, por prestarnos tu tiempo y tu voz, te deseamos mucha suerte con tus múltiples proyectos.

 

¿Qué es lo mejor y lo peor de dedicarse a la docencia?

Lo mejor de la docencia para mí, sin duda, es el trato con el alumnado. Creo que es una de las experiencias más maravillosas que he vivido en mis años de profesor. Estuve diez años dando clase en la enseñanza pública como docente de Secundaria y Bachillerato, ahora llevo cuatro de excedencia, y lo que más extraño es ese contacto cotidiano y cuánto se aprende, y cuántas cosas se comparten en el aula. Lo peor es la burocracia, que creo que, además, cada vez es mayor, menos útil; o, al menos, esa es la sensación que tiene el colectivo docente, que roba mucho tiempo para lo de verdad importante.

En Dilo en voz alta y nos reímos todos, describes algunas anécdotas y vivencias de profesores de instituto a lo largo del curso escolar con grandes dosis de humor. ¿Qué imagen se refleja de los profesores de secundaria, especialmente de Lengua Castellana y Literatura, en nuestra sociedad actual? Muchas veces se describe esta profesión con clichés alejados de la realidad de los centros. ¿Son los docentes, realmente, grandes desconocidos? ¿Podemos hacer algo para cambiar esta perspectiva sobre la enseñanza?

La idea de escribir Dilo en voz alta y nos reímos todos era, realmente, hacer un homenaje a la educación y a los docentes desde el humor, desde la risa, aportar una visión divertida que, por otro lado, no fuera una visión idílica. Creo que hay un mensaje también, por otro lado, muy pernicioso, con una visión excesivamente edulcorada. A veces no se cuenta todo el trabajo real que se hace en las aulas. En el libro quería contarlo con humor, pero también hablar de todas las cuestiones que desgastan al docente y de cómo hay muchísimas cosas que se hacen muy bien y no se cuentan.

Sí que creo que, ahora mismo, la sociedad conoce al profesorado con clichés y, además, hay una visión (a través de ciertos medios y de ciertos canales) muy distorsionada de la realidad, muy lejos de lo que se hace. Creo que se pone mucho hincapié en lo que no funciona, pero me falta que se hable de lo que sí funciona, lo que sí se está haciendo. Visito una media de ciento veinte o ciento cuarenta institutos al año en toda España y conozco, por suerte, muchísimas iniciativas educativas fantásticas que, sin embargo, no ocupan los titulares de la prensa ni aparecen en los medios como me gustaría que aparecieran porque serían muy alentadoras para los demás.

Como profesor de la asignatura de Lengua Castellana y Literatura, ¿qué opinión tienes frente a la lectura de clásicos de la Literatura en las aulas de secundaria? ¿De qué formas podemos acercar estas obras a los jóvenes estudiantes?

Como profesor de Literatura, desde luego quiero que mis alumnos conozcan los clásicos y que puedan disfrutar de ellos, pero creo que para ellos es fundamental buscar el modo de aproximarlos. Primero según sus intereses y su edad, creo que a veces el currículum no respeta para nada las edades y las experiencias de nuestros alumnos. Y a mí me parece que empezar en tercero de la ESO (e, incluso, en algunas comunidades, en segundo) con la literatura medieval, honestamente, no es la forma más fácil de acercarlos a la gran literatura. Por otro lado, me parece que lo que hay que hacer con los clásicos ante un adolescente, e incluso ante cualquier lector más allá de su edad, es desnudar su esencia, quedarnos con por qué son universales, por qué son atemporales y por qué a fecha de hoy nos siguen emocionando. Un título como, por ejemplo, La Celestina sigue siendo uno de los textos más transgresores, más rebeldes, más modernos de la literatura universal. Otro caso es el de El Lazarillo, que sigue siendo un retrato maravilloso y lleno de humor de la mentira, de la hipocresía y de la corrupción, además de un relato de pérdida de la madurez.

En ese sentido, yo llevo coordinando unos tres años una colección para Loqueleo, el sello de Santillana, que se llama Clásicos en el tiempo donde, de momento, tenemos ya diez títulos que son diez clásicos que hemos tratado de acercar a los jóvenes. Yo soy contrario a la adaptación o a la versión porque creo que cuando escuchamos una pieza de Mozart o vemos un cuadro de Velázquez, no lo vemos adaptado y no creo que la literatura deba adaptarse tampoco, pero sí que creo que se puede acercar. Son clásicos que llevan un prólogo motivador, un prólogo cercano en el lenguaje y en los temas que, en este caso, he escrito yo a los adolescentes. Llevan todas las notas e indicaciones necesarias para que lo puedan entender, pero notas que no les distraigan, notas no para un filólogo, sino para un chico o una chica de quince o dieciséis años que necesita que le faciliten esa lectura, que le aparten las piedras que se va a encontrar a nivel léxico o a nivel cultural para disfrutar de esas joyas de la literatura.

También creo que, para que los clásicos lleguen al aula, es importante verlos con una mirada contemporánea y ver en qué se parecen estos a los títulos que ellos conocen y cómo lo que ellos ven, las series que siguen, los libros que leen, incluso los videojuegos que tienen a su alcance, muchas veces, beben de esas fuentes. Yo creo muchísimo en plantear la literatura como una cadena o un continuum y creo que eso funciona muy bien en el aula.

 

“La literatura es un espacio seguro porque es una ficción que, a su vez, nos permite contactar con situaciones complicadas que nos provocan preguntas y reflexiones”

Los nombres del fuego es una novela transmedia, es decir, una obra que se completa gracias a otras herramientas virtuales. ¿Qué nuevos medios podemos utilizar para conectar a los jóvenes con la literatura? ¿Cuál es tu postura frente a esta forma de hacer literatura y las novelas más tradicionales?

Con Los nombres del fuego es verdad, quería probar la narrativa transmedia y fue una experiencia maravillosa y, sobre todo, quería provocar que escribieran ellos a partir del libro. En general, yo creo que las nuevas tecnologías nos ofrecen muchas herramientas que no hay que considerarlas como enemigas del libro, sino, al revés, como aliadas.

En mi caso, lo que más me interesa de todo eso es que las redes sociales están permitiendo una comunicación muy directa entre lectores y autores, y yo eso lo aprovecho muchísimo. Nunca pierdo ocasión de contestar a un lector joven, nunca pierdo ocasión de tomar sus críticas como algo constructivo, devolverle ese impulso de dialogar, porque creo que eso hace que la literatura sea más cercana para ellos y que realmente forme parte de su mundo. No obstante, me parece que ahora mismo nos olvidamos a veces de que tenemos adolescentes muy lectores, basta con ver la edad de la mayoría de luctubers (que no superan los veinticuatro o veinticinco años) y eso es muy positivo. Quiero decir que hay mucha gente leyendo, compartiendo lo que lee. Mi generación, por ejemplo, que está muy idealizada, no era ni muchísimo menos tan letrada como la de hoy. De repente, una afición como la lectura es algo de lo que presumen muchos jóvenes y a mí eso me parece maravilloso y me emociona mucho.

“El teatro ofrece muchísimas cosas a los jóvenes, entre otras, una posibilidad enorme de resignificación en el momento en el que se proyecta en un personaje o que incluso lo interpretan o lo encarnan”

En ocasiones, la literatura dirigida a los más jóvenes parece que vela o suaviza aspectos crudos de la realidad que a diario viven muchos adolescentes. Sin embargo, en varias de tus novelas, la búsqueda de la identidad y temas tabú como la muerte, el suicidio o el acoso escolar están muy presentes. En Nadie nos oye, tu última novela, incluyes temas como la violencia de género, la xenofobia y la homofobia interiorizada. ¿Cómo consigues abordarlos? ¿Cuál crees que es la importancia de visibilizar este tipo de temas en el arte?

Sí, en mi caso tengo clarísimo que la literatura juvenil no puede ser nunca edulcorada. Mis libros Nadie nos oye, Los nombres del fuego o La edad de la ira, por decir algunos, o Malditos 16, todos tratan temas tabú, todos tratan temas muy crudos y no esconden nada. Yo solamente huyo de la truculencia, del morbo gratuito, me parece que no aporta nada, que, además, es una forma muy tóxica de contar una historia. Trato de contar las historias con verdad, eso hace que aparezcan temas terribles, pero creo que la literatura es lo que tiene que hacer. La literatura es un espacio seguro porque es una ficción que, a su vez, nos permite contactar con situaciones complicadas que nos provocan preguntas y reflexiones.

En el caso de Nadie nos oye quería hablar sobre toda la violencia que asumimos como cotidiana y ante la que bajamos la cabeza. Los personajes de Nadie nos oye se quejan de que no les escuchan, pero, a su vez, tampoco quieren escuchar a los demás. Me parecía muy importante hablar de ciertos temas. Está construida desde entrevistas a gente que ha vivido esas situaciones, que ha vivido situaciones de violencia machista, que ha vivido acoso sexual, que ha vivido, por desgracia, temas tan horribles como esos o como una violación o la homofobia cotidiana en su centro escolar o en su familia. Yo quería abordar ese dolor porque me parece que es un dolor que nos rodea, son lacras que tenemos todavía ahí, que tenemos que vencer.

Creo que la literatura es una herramienta estupenda para provocar empatía y para que nos miremos en un espejo donde, a veces, vemos cosas que no nos gustan. Creo que la literatura juvenil, al menos la que yo leía en su momento, la que sigo leyendo y la que quiero escribir es, por un lado, la que no oculta la realidad y, por otro lado, la que interesa igualmente a adultos y a jóvenes. Lo mejor de Nadie nos oye o La edad de la ira, ahora en mi perspectiva de autor, es que tienen lectores de todas las edades y que provoca debate entre todas las edades. Estoy recibiendo mensajes tanto de jóvenes como de adultos y eso creo que es la literatura juvenil, la que habla de jóvenes, no la que está escrita solo para jóvenes.

Centrándonos en Nadie nos oye, ¿de dónde nace la idea?

Nace de mis diálogos con adolescentes. Precisamente, nace a partir de un encuentro sobre La edad de la ira que mantuve en un instituto con deportistas de élite, adolescentes que compaginan los estudios con el deporte. Fueron ellas y ellos, cinco personas muy jóvenes, de bachillerato, quienes me propusieron que les entrevistara porque querían contarme cómo era su realidad por si me servía para un libro, porque les gustaba mi manera de contar. Aquel acto de suma generosidad se convirtió en una propuesta de una novela, que coincidió con un trabajo que yo estaba haciendo. Yo estaba investigando con una psicóloga, experta también en temas de violencia, y quería escribir algo, pero estaba dando vueltas alrededor de qué personajes quería que lo protagonizaran. De repente, este grupo de jóvenes se cruzó en mi camino y se convirtió en la inspiración para un libro donde el deporte es una metáfora del esfuerzo, de la lucha por conseguir un lugar en el mundo, de lo difícil que es aprender a encajar el fracaso y la frustración. Donde, al final, de lo que se está hablando es de la violencia cotidiana, porque creo que también hemos caído, a veces, en un discurso donde el acoso escolar, la violencia y la agresión viene siempre de un foco de maldad y de alguien muy malo que comete algo horrible y nos olvidamos de que es mucho más terrible, mucho más complejo. Realmente es un mal, como decía Hannah Arendt, la filósofa, mucho más banal, es un mal en el que todo el mundo, al final, es cómplice.

Me apetecía hablar de eso porque creo que la única manera de acabar con la violencia es asumir nuestra parte dentro de esa violencia. Escribir la novela fue muy complicado porque tenía que tener personajes con mucho volumen, muchas capas. Todos los personajes mienten, todos los personajes tienen varios lugares, tienen varios perfiles y tienen mentiras y verdades. Conciliar todo eso desde la estructura y la forma de una novela ha sido un desafío, pero la verdad es que también ha sido apasionante la escritura y creo que ha salido un libro que puede enganchar. También es lo que yo creo, que la literatura debe emocionar, debe enganchar porque si no es un sermón.

Creo que, al final, deja un sabor agridulce que provoca el interrogante, que es lo que yo quiero, que mi literatura genere preguntas. Yo digo que siempre escribo una literatura incómoda porque es aquella que trata de arrojar luz sobre lugares en sombra o sobre aquellas cosas de las que no hablamos.

A pesar de estar catalogada como “novela juvenil”, creo que un público más adulto también puede sacar de ella valiosas reflexiones. ¿Esperas que tu nueva novela traspase los límites de la catalogación? ¿Puede ser que valorases previamente esta posibilidad y que haya sido una de tus intenciones al escribir Nadie nos oye?

Sí, por supuesto que espero que Nadie nos oye sea leído por gente de todas las edades. Es mi deseo con todo lo que escribo, con mi teatro y con mis novelas. Ya pasó con La edad de la ira, ya pasó con Malditos 16 y ahora está pasando. Ayer recibí un mensaje maravilloso de un lector adulto que decía “ojalá en mi adolescencia hubiera encontrado personajes como los de Nadie nos oye.

Es más, el hecho de que la novela esté contada por una psicóloga y por una adolescente no es casual, es una forma de que haya una mitad del libro desde la mirada adulta y una mitad del libro desde la mirada adolescente, Al final las dos miradas son esenciales para entender la historia, con lo cual, igual que los personajes son de ambas generaciones, espero que también lo sean los lectores, porque se cuentan varias cosas.

Hace poco también leí una reseña que me gustó mucho donde la autora decía que era una novela falsamente juvenil porque era una novela que admitía dos lecturas: una lectura a los quince y otra lectura mucho después, donde se veían más cosas. En este sentido, para mí, como decía antes, la literatura juvenil es aquella que habla de jóvenes o que interesa a los jóvenes, pero no es una literatura solo escrita para jóvenes, es literatura, sin más. Son historias que deberían interesarnos a cualquiera. A mí me llama la atención que pretendamos que los jóvenes se identifiquen con lecturas con personajes que no tienen su edad y, sin embargo, el lector adulto sienta recelo a sumergirse en historias con personajes que no tienen la suya.

Y sí, de momento está ocurriendo, la lectura de Nadie nos oye está llegando a gente muy diversa y ojalá siga así, porque creo que eso es lo que hace que una novela tenga una vida prolongada y, sobre todo, que realmente consiga su objetivo, que, en este caso, es interrogar al lector y, a la vez, emocionarlo con lo que se cuenta.

Otro de los temas que aborda Nadie nos oye son las palabras. Como docente, ¿crees que debería abordarse en las aulas la reflexión sobre el vocabulario que puede resultar hiriente? Junto a las palabras, se nos plantea el problema del silencio, ¿conseguiremos deshacernos de ese deliberado envoltorio que nos impide expresar lo que sentimos y ser sinceros tanto con nosotros mismos como con los demás?

No sé si nos conseguiremos deshacer del silencio, pero espero que sí, que aprendamos a comunicarnos. Creo que estamos rodeados de formas y herramientas para comunicarnos y, sin embargo, las aprovechamos de una manera cada vez menos sofisticada y menos profunda. “Nos conformamos con un like” como dice uno de los personajes de Nadie nos oye que se queja de que la amistad no puede ser una suma de clicks, la amistad tiene que ser algo más profundo y más humano.

Yo creo que en las aulas es fundamental reflexionar sobre el lenguaje, sobre cómo las palabras nos modelan, sobre cómo hay palabras que nos invisibilizan o nos visibilizan, sobre cómo hay palabras que nos hacen sentir más fuertes y hay palabras que nos hieren y nos hunden. Creo que esa reflexión es necesaria y es fundamental, no podemos pasarla por alto. Creo que no podemos darlo todo por válido y creo, por otro lado, que se está haciendo, creo que, realmente, nuestros jóvenes tienen una reflexión lingüística mayor que viene inculcada de sus docentes. Por otro lado, creo que las aulas deberían ser un espacio de diálogo, creo que toda actividad que les ayude a hablar, a expresarse y donde sientan que su opinión importa va a ayudarnos a construir ciudadanos. Al final, de lo que se trata es de que la escuela sea un lugar de ciudadanía, sea un lugar de socialización, sea un lugar de aprendizaje, no solo de unos contenidos, sino también de que esos contenidos se apliquen a la relación social y que tengamos ciudadanos críticos. Yo, honestamente, soy bastante positivo porque tengo la sensación de que muchos y muchas docentes están trabajando en esa línea.

Toda la violencia de la que son testigos y víctimas los personajes de Nadie nos oye propicia la reflexión sobre la efectividad de las campañas de concienciación. ¿Deberíamos evitar concebir la concienciación como campañas esporádicas y comenzar a considerarla desde el ámbito cotidiano?

Yo creo poco en las campañas de concienciación si no van apoyadas en un presupuesto real. Creo que uno de los problemas que tenemos con esas campañas es que realmente se hace más publicidad que una labor verdaderamente de cambio de las instituciones. No sirve de nada una campaña en contra del maltrato si no se dan muchísimos más recursos a los puntos de violencia donde se ayuda a las mujeres que sufren esta lacra. No sirve de nada la campaña contra el acoso escolar si no tenemos ratios más razonables y un profesorado menos sobrecargado. Y así todo. Creo que, al final, las campañas de concienciación son una manera de maquillar la realidad y de conformarnos con el discurso cuando lo que necesitamos son acciones.

Desde luego, lo cotidiano es esencial, pero creo que lo cotidiano, ahora mismo, en el aula, está en manos del voluntarismo docente, lleva años así. Está en manos de programas que ponen en marcha los propios centros escolares a cuesta del tiempo de sus docentes sin recibir nada a cambio. Estos lo hacen simple y llanamente porque creen en ello, lo hacen por un compromiso ético. Creo que necesitamos que tengan un apoyo real, un apoyo económico. El otro día escribía un hilo en Twitter sobre la falacia del entusiasmo porque me preocupa mucho que pongamos todo en manos de una palabra que es muy peligrosa, que es la palabra “vocación”, cuando lo que debemos tener son profesionales con recursos y medios, porque yo creo que profesionales entusiastas tenemos muchos. Ahora lo que necesitan son herramientas para que ese entusiasmo triunfe.

Además de tus novelas, también has trabajado mucho en teatro. ¿Son las artes escénicas una herramienta necesaria para la formación de los estudiantes? ¿Qué puede ofrecer el teatro a los jóvenes?

El teatro ofrece muchísimas cosas a los jóvenes, entre otras, una posibilidad enorme de resignificación en el momento en el que se proyecta en un personaje o que incluso lo interpretan o lo encarnan.

Subirse al escenario es un momento que, realmente, a muchos de ellos les apuntala la autoestima, les ayuda a verse desde otro lugar, les ayuda a empatizar a trabajar en equipo. Eso tiene algo maravilloso: una recepción colectiva.

Además, ahora mismo es uno de los pocos momentos donde realmente desconectan de la tecnología porque incluso cuando están leyendo o cuando están viendo una serie está ahí el móvil al lado. Pero en el teatro no, se pide que no se saque el móvil y, aunque solo sea porque las normas de conducta en el teatro lo impiden es, de repente, un momento de escucha durante una hora y media ante una función teatral que yo creo que es una actividad ahora mismo que es más necesaria que nunca, la escucha.

Mi experiencia como autor teatral con obras para jóvenes es maravillosa, yo estoy feliz con ellas y, ahora mismo, tengo tres estrenos: Barro, Federico hacia Lorca y Nunca pasa nada. Las tres tienen clarísimamente un objetivo también de gustar y llamar la atención a los más jóvenes, espero que así sea. Para mí son obras muy especiales y mi experiencia con adolescentes en este terreno es muy gratificante.

¿Qué ha supuesto para ti el éxito de La edad de la ira, novela finalista del Premio Nadal 2010 y que ha sido adaptada después al teatro? ¿Cómo fue ese proceso de adaptación de la novela a los escenarios?

El éxito de La edad de la ira, que todavía hoy sigue siendo un libro muy leído, que no deja de reeditarse, que sigue dando mucho que hablar y que, efectivamente, tuvo una larga vida en teatro. Es más, ahora se estrena, en marzo, en Costa Rica, en una nueva versión. Para mí ha sido algo maravilloso, inesperado y, sobre todo, muy alentador porque me ha demostrado que hay mucha gente a la que le interesan estos temas, a la que le interesa hablar de jóvenes, de educación, de futuro y, también, me hace muy feliz el saber que mucha gente se ha identificado con la historia y que ha visto en ella un grito de libertad con el que se sentían completamente cómplices.

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