Escribir desde la resistencia: “La tercera clase” de Pablo Gutiérrez

por Feb 15, 2024

Escribir desde la resistencia: “La tercera clase” de Pablo Gutiérrez

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Pablo Gutiérrez: La tercera clase

Madrid, La Navaja Suiza

177 páginas, 18,50 euros

¿De qué manera los lugares –y sus concretas coordenadas históricas– plasman los sujetos que los habitan? ¿Cuál es el orden social resultante de ello y cuál es la correlación de fuerzas que lo vertebra? ¿Existe la posibilidad de un cambio? Estas son algunas de la cuestiones que emergen desde las páginas de La tercera clase, la última novela de Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978), publicada por La Navaja Suiza en febrero de 2023 con una preciosa ilustración de cubierta realizada por IRRA, Israel Gómez Ferrera. El subtítulo, Una historia sentimental del hachís en la Baja Andalucía traza los contornos de las condiciones de miseria y de pobreza experimentadas por el colectivo humano de un pueblo de la región sureña, un contexto que Gutiérrez, profesor de Literatura en un instituto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), conoce muy de cerca. No solamente lo conoce, sino que ha tenido el valor y el mérito de aproximarse a ello con la lúcidez y la conciencia crítica requeridas como para restituirnos un retrato profundamente cuestionador de aquella realidad degradada, contaminada y atravesada por el contrabando de droga, amén de sus condicionantes sociológicos.

El principio de la obra ya plantea una problematicidad ético-estética al poner en entredicho la visión romantizada del narco a la que estamos acostumbrados por la gran mayoría de películas y series televisivas sobre el tema: desde la perspectiva construida por Gutiérrez, la “epopeya del narco” se hace inservible –“sobran las leyendas y sobran los poemas, que todo lo oscurecen” (p.9)– ya que se caracteriza por adoptar un enfoque mitológico que acaba desplazando la conflictividad real del territorio y la estratificación social producida por las dinámicas de poder en un espacio marginalizado, un espacio donde “algunos serán peones y, otros capitanes, todos a sueldo […] sin que nadie quiera saber de ellos” (p. 9-10). Esta novela, por contra, pone en primer plano a estos últimos, a Guti, Mauri, Aurora, Aldo, Valme, Nico, Regla, Bento quienes, junto con muchos otros, forman “la tercera clase, la infraclase, los desposeídos, los subhumanos” (p.97): en otras palabras, las mujeres y los chicos, la mano de obra barata explotada por el narcotráfico cuya altas jerarquías nunca aparecen en acción. El propio desarrollo narrativo y la estructura de la obra confluyen en una novela coral donde todos hablan “en idioma propio” (p.177) para que cada uno “contara su historia, la historia de un mundo que ya no existe” (p.177), o sea, un mundo distorsionado por el relato dominante y reducido a un sector invisible dentro del imaginario cultural común.

No solamente los adolescentes, sino que son también los profesores del instituto local quienes toman la palabra con tal de contar lo que ven y, sobre todo, lo que perciben y lo que sienten frente a una realidad radicalmente impregnada de violencia –el título viene precisamente de la equivocación de una profesora francesa a la hora de referirse a la clase de tercero, malentendido recogido por sus colegas y transformado en chiste–: en este sentido, el autor moldea un abanico de reacciones que, en su mayoría, van de la estigmatización a la incomprensión, de la frustración al miedo. En resumida cuentas, un general sentido de impotencia, de falta de herramientas como para proporcionar una solución eficaz y definitiva para un territorio donde «estaban todos condenados» (p. 57), puesto que “sus vidas serían igual de miserables que las de sus padres” (p. 82).

En esa misma línea, el escritor andaluz logra desarticular el progresismo acrítico e ingenuo a la base de propuestas que suenan más a ocultación del problema que a reflexión consciente –“todos acaban pensando lo mismo: habría que legalizar la mágica sustancia, solución limpia y tajante” (p. 61)–; lo mismo hace hacia los supuestos ideales políticos que impulsan obras de regeneración urbana que, sin embargo, solo alcanzan a convertirse en mecanismos añadidos de segregación social. A este respecto, el gran acierto de La tercera clase consiste en dejar patente las contradicciones y los límites de toda perspectiva o proyecto de acción que se fundamenta en el desconocimiento o, peor aun, en la ignorancia voluntaria de la realidad que pretende trasformar.

La novela de Gutiérrez funciona no porque ofrezca recetas infalibles o ilusorios finales felices, sino porque interpela al lector desde una auténtica postura de resistencia frente a la desigualdad y a la inicuidad promovida por el orden hegemónico, es decir, alejándose de generalidades y abstracciones, conectando causas históricas y consecuencias reales, desenmascarando verdades incómodas. Haciendo hincapié en lo que representa el contrabando de hachís para la tercera clase: una posibilidad concreta de supervivencia, un recurso para salir de la pobreza extrema. El único. Así es que “encontró el narco, soldados encantados de integrarse en la plantilla de una empresa con perspectiva de futuro […]. En un par de años ya había motos y coches en las calles, y cerramientos y aparatos de aire acondicionado en los balcones: la prosperidad” (p.83). Esto es, en definitiva, lo que nos proporciona la obra de Pablo Gutiérrez: una valiosa mirada sobre el malestar, la precariedad y la desigualdad de amplios sectores de la sociedad española, una mirada que sigue siendo muy necesaria mientras estas problemáticas permanezcan invisibilizadas bajo la pátina reluciente del alto nivel de desarrollo material alcanzado por la sociedad contemporánea del llamado primer mundo.