“Espía de la primera persona”, de Sam Shepard: el adiós del cowboy lírico

por Dic 30, 2023

“Espía de la primera persona”, de Sam Shepard: el adiós del cowboy lírico

por

Espía de la primera persona, Sam Shepard

Traducción de Mauricio Bach

Anagrama, noviembre de 2023

104 páginas, 17, 90 euros

Dos de las últimas ocasiones más memorables en que a Sam Shepard (Fort Sheridan, Illinois, 1942 – Midway, Kentucky, 2017) se le pudo ver en la gran pantalla tuvieron lugar en dos fugaces pero intensos papeles, uno en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik (2006), y otro en Mud (2012), de Jeff Nichols. En la primera cinta, interpretaba al crepuscular y desencantado bandido James Frank en los últimos días de la banda de los James; en la segunda, al viejo Blankenship, un misterioso hombre solitario de pasado militar que habita una casa flotante sobre el río Arkansas. En ambos casos, el de Fort Sheridan resplandecía porque condensa y perpetúa en esos pequeños papeles gran parte de la imaginería que construyó durante toda su vida: la sensibilidad y el espíritu que humanizan al hombre de un territorio como el que abarca Estados Unidos, quizá especialmente en su mitad sur, que con facilidad puede ahogar el corazón humano. Así, del mismo modo que en esas breves interpretaciones puede acopiarse dicha simbología, sucede igual pero con mayor excelencia en los textos que recoge Espía de la primera persona.

Diagnosticado de ELA, Shepard encaraba la muerte. En esa trinchera, en ese intervalo meditado de la despedida, surgiría Espía de la primera persona, consiguiendo el escritor atravesar la intertextualidad entre novela y poema con la intención de mimetizar la zona de confusión que debe ser la toma de consciencia del propio final. De este modo, la parte poética despliega un yo nebuloso y extrañamente desdoblado mientras la parte narrativa configura un tablero de casillas arbitrarias: a cada paso, quien habla se cuenta a sí mismo en tercera persona creando un doble que no es sino el par que trae consigo la ansiedad del duelo, en medio de recuerdos de toda índole y de visiones y escenas imprecisas del presente, donde Shepard se vislumbra como si de otro hombre y no suyo fuera el cuerpo enfermo, débil y renqueante que habita una casa incierta y está rodeado de familiares como fantasmas. “¿Quién es ese?”, parece preguntarse en una página el Shepard enfermo que se da cuenta de un Shepard narrador-detective que le espía; ¿o es la mismísima Muerte? “¿Quién es ese?”, se pregunta en la siguiente página el Shepard narrador que ve al Shepard enfermo. Confusión. Cruce de voces. Radicalización del yo ante su término. ¿Quién es el hombre que se parece tanto al que narra, y viceversa? ¿Dónde está el espejo, el reflejo, la voz, la carne, la muerte?

Constante es el guiño a la frontera sur del país, a la ancestralidad española, al telurismo de las cuencas del Colorado y del Bravo, como si hablar de dicho territorio fuera directamente hablar en carne viva del nacimiento de un alma y de su muerte irrevocable más tarde ̮—el mejor en esto, Cormac McCarthy—. En efecto, a través de esta resonancia permanente que nos musita que la inmensidad y la dureza del sur es la inmensidad y la dureza de cualquier vida, Shepard inserta los relatos de su cotidianidad en perfecto contrapunto, y resume así magistralmente su historia, su sensibilidad, su visión, la cabalgadura de su corazón en el mundo que va dejando. París, Texas era eso y para muchos esa película lo es todo. Shepard fue siempre líricamente consciente del país que habitaba, así es que los pequeños gestos e íntimas anécdotas que se revelan en este libro están todas atravesadas por la pertenencia a las grandes llanuras, a los grandes ríos, a los grandes y profundos bosques y a las profundas y desgarradoras ciudades. Es la misma savia ineludible que recorría Cruzando el paraíso o Crónicas de motel, con la salvedad portentosa aquí añadida de la palabra que se enfrenta al silencio definitivo.

Sam Shepard depura en Espía de la primera persona el estilo del cuento realista estadounidense de la segunda mitad del siglo XX —el lenguaje seco, los finales suspendidos— aproximándolo aún más si cabe al poema, para anudarlo con delgadísimo cordel de novela, casi espectral. Así, el resultado es enigmático: ni cuento ni novela ni poema, aún mejor, una voz consciente y experimentada que, ante el límite de la vida, emplea su honda madurez para romper los moldes y deslizarse libre y mágica una última vez tocando lo esencial entre la fronda de lo inútil: en cada una de las páginas se halla una voz declinante pero siempre lúcida lanzándose como una pantera hacia la sangre o el hueso o la médula de lo que se va a dejar atrás y tanto se ha querido.