El salto a la fama de Fernando Aramburu

por | Ago 5, 2019

El salto a la fama de Fernando Aramburu

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Entrar en una librería que tenga ejemplares de Patria (2016) y Autorretrato sin mí (2018) a la vista del consumidor no constituye en la actualidad un rara avis. Más de 600 páginas una obra, menos de 300 la otra, pero con una cubierta mucho más atractiva, tapa dura, y una edición más elegante y formal la segunda que la primera. Y fuera de la Colección Andanzas. Parece que la editorial Tusquets, que ha sido la encargada de editar muchas de las obras de Aramburu durante más de dos décadas, ha ascendido a su protegido desde que publicó la novela más vendida de 2017, esa por la que todo el mundo lo conoce, una que ganó seis premios, la que recibió el año pasado tanto el de la Crítica como el Nacional de Narrativa y el Francisco Umbral a la novela del año, aquella que narra la historia de dos familias enfrentadas, trastornadas y rotas por culpa de ETA. Y es que sin duda alguna Patria ha supuesto un punto de inflexión en la narrativa de Aramburu, y sus editores han sabido sacarle partido. Y como todos los suplementos literarios, revistas de crítica y periódicos entre otros medios de difusión, Contrapunto no podía obviar una novela de tal impacto y publicó una reseña del relato de Aramburu en su número 36. Del mismo modo, no podíamos dejar pasar Autorretrato sin mí, que supuso un cambio en los moldes utilizados anteriormente por el autor, una obra que quien haya editado la entrada de Aramburu en Wikipedia ya se ha decidido a catalogarla como prosa poética, pero que cuando salió a la venta fue la causante de más de un quebradero de cabeza para los primeros lectores. Era necesario, por lo tanto, comprobar si la precoz publicación del escritor después de su superventas se debía, como se sospechaba, únicamente al deseo de aprovechar el tirón editorial de Patria o si se trataba de un texto que tuviera algo que decir, y que lo contara bien. Y desvelar ese misterio (resultó que en beneficio del autor) fue lo que nos animó a acercarnos a la novedad aramburiense en el número 48 de nuestra revista. 

Pero Fernando Aramburu no nació con Patria, ni comenzó su andadura literaria en 2016. Las primeras publicaciones del escritor se remontan a la última década del siglo pasado y abarcan tanto novelas como libros de cuentos, ensayos, narrativa infantil y poesía, además de traducciones literarias. En esta larga trayectoria ha cosechado numerosos triunfos, como fue la creación de Antíbula, el estado en el que se sitúa la acción de tres de sus novelas, las agrupadas bajo el nominativo de Trilogía de Antíbula: Los ojos vacíos (2000), Bami sin sombra (2005) y La gran Marivián (2013), que se reseñó en el número 4 de Contrapunto —ahora sí puedo afirmar que con gran acierto y profundidad y un gusto impecable sin pecar de egocéntrica—. Cada una de estas tres obras es única, recrea un universo y un gobierno diferente y está ambientada en una época distinta, con el objetivo de utilizar esos espacios ficticios para situar la acción en los movimientos ideológicos del siglo pasado. Mientras en Los ojos vacíos un niño vive el paso de un régimen monárquico a una dictadura y cómo acaba desembocando la segunda en una revuelta popular que llevará al país a la guerra civil, en Bami sin sombra es un sistema totalitario disfrazado de democracia el que aparece como trasfondo de la historia (o es la pérdida de la sombra de la protagonista la que se utiliza como pretexto para retratar la sociedad ficticia de Aramburu). En la última novela de la trilogía, La gran Marivián, un partido colectivista está al frente del país y abusa de su poder oprimiendo a la oposición, para lo que utiliza sin ningún disimulo la presión policial. Distintos regímenes represivos, distintas novelas, y todas ellas destacan por la originalidad de los planteamientos, el interés de los temas que se tratan y el punto de vista que adoptan o que quieren adoptar en cada una quienes la narran. E igual que encuentro original el planteamiento de la Trilogía de Antíbula —originalidad dentro de lo que cabe, que ya se sabe que no hay nada nuevo bajo el sol— interesante, y refrescante dentro de su panorama literario, me parece Autorretrato sin mí. El cambio de estilo después de sus últimas publicaciones, su capacidad para expresar sentimientos, emociones, juicios de valor, anécdotas personales con el acierto con el que lo hace Aramburu es difícil de encontrar. Pero más complicado resulta tener acceso a un escritor que, además de comunicarlas, sea capaz de transmitir esas sensaciones, esas preocupaciones, esos sentimientos al lector, que consiga que el destinatario cree su propia obra, que la moldee a su gusto y lea el autorretrato sin Aramburu que el autor pretende redactar. 

Pese a su versatilidad y capacidad de innovación, Aramburu también es autor de obras con menos fuerza que la trilogía que mencionábamos y el testimonio de “prosa poética” que ha publicado este año. Es el caso, por ejemplo, de Ávidas pretensiones (2014) —que fue reseñada en el número 12 de esta revista—, por la que recibió el novelista el Premio Biblioteca Breve. La obra aspiraba a ser un relato cómico, una crítica a los literatos, la sátira de un grupo de poetas que se reúne en un convento aparentemente para reflexionar y dedicarse a la creación en unas jornadas poéticas. Sin embargo, eso es solo la apariencia. Su objetivo es, en realidad, aprovechar esos días compartidos para organizar encuentros sexuales, intentar participar en antologías poéticas con el menor esfuerzo posible y recibir premios, además de alimentar su ego y lograr que el resto de los poetas ahí reunidos reconozcan su supremacía. Si bien hay que reconocer el valor lingüístico de la obra y el hecho de que el estilo de Aramburu es siempre impecable, le falta el humor de Los ojos vacíos, no es capaz de mostrarse irónico con la maestría de la que hacía gala en Viaje con Clara por Alemania (2010) ni construye un universo mínimamente comparable al que crea para la Trilogía de Antíbula. Quizás esta sea una novela más que muestre que a veces los escritores no son premiados por sus mejores obras, aunque hay que concederle a Ávidas pretensiones que cumple con su objetivo: proporcionar unas horas de descanso al ávido (como las pretensiones novelescas de Aramburu) lector, amenizar las tardes (o las mañanas o las noches, eso ya depende de hábitos personales), entretenernos. 

Aunque haya que admitir que Aramburu, igual que el resto de los mortales, tiene momentos (y novelas) peores, son mucho más los aciertos que se le pueden atribuir al autor que los fallos que pueda haber cometido. E igual que errar es de humanos, perdonar al que se equivoca también (sobre todo si es en ocasiones tan contadas como en el caso de nuestro autor), y es lo que nos ha permitido llegar a conocer obras como Patria Autorretrato sin mí, acercarnos a quienes no lo conocíamos al narrador de Trilogía de Antíbula o Un viaje con Celia por Alemania, al cuentista de Vida de un piojo llamado Matías, y puede que algunos, azuzados por el éxito editorial de Patria, por los comentarios de la prensa, por los galardones obtenidos o porque ha sido la novela más leída del 2017, se hayan atrevido a acercarse también a la poesía del autor, mucho menos conocida que su faceta como novelista. Como quien firma esta reseña no puede juzgar al Aramburu poeta, por el momento tendrá que conformarse con decir que, por lo que ha podido comprobar hasta el momento, como narrador ha aportado mucho y parece que aún tiene mucho más que decir. 

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