“Loa a la tierra. Un viaje al jardín”. Un lugar romántico

por | May 22, 2019

“Loa a la tierra. Un viaje al jardín”. Un lugar romántico

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Byung-Chul Han, Loa a la tierra. Un viaje al jardín

Barcelona, Herder

180 páginas, 17,80 euros

El jardín de Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es más que un simple terreno donde cultivar plantas y flores. Dista también de ser un lugar decorativo, con propósitos meramente ornamentales. Es, para empezar, un espacio de reencuentro con la tierra, producto de una añoranza. En este sentido, en el prólogo, el autor confiesa que, al volver a lo natural, tuvo una experiencia religiosa. Su jardín, al cual bautizó como Bi-won —que traduce como “jardín secreto”—, lo ha llevado a tener una experiencia con la divinidad: la biología es, para Han, una teología, una enseñanza sobre Dios. La jardinería, en este sentido, renovó su fe. Aunque no podemos perder de vista que esta devoción tiene poco de convencional. El jardín es un “deseo metafísico”, anhelo por una vida imperecedera, que florezca incluso en el invierno de Berlín, donde reside el filósofo. El reencuentro, la teología y el deseo metafísico son las experiencias que quedan plasmadas en Loa a la tierra. Un viaje al jardín, que es, como lo apunta el título, una celebración de lo natural.

Es probable que la palabra que mejor sintetiza la actividad de Byung-Chul Han en su espacio de encuentro con la tierra sea la meditación: “El trabajo ha sido para mí una meditación silenciosa, un demorarme en el silencio”. Alejándose de sus trabajos previos, en los cuales trasluce una intención crítica, en este las reflexiones no tienen un centro claro, más allá del espacio que las producen. Los pensamientos que quedan registrados en las páginas surgen como las flores del filósofo: esporádicos, dependiendo de la estación y de la relativa incertidumbre que vive quien trabaja la tierra. Más que la construcción de un discurso o de un argumento, el ensayo se deleita en el conocimiento igual que el jardinero lo hace en sus plantas. Esto no quita profundidad a los escritos: las reflexiones van desde las sencillas indagaciones de un aficionado a la botánica hasta profundas meditaciones sobre la percepción del tiempo, tan distinta para alguien que está sujeto al incontrolable devenir de los ciclos naturales. No faltan, tampoco, incisos políticos, en tanto que Byung-Chul Han, en la segunda mitad del libro, recoge “Un diario del jardinero” en el que lo escrito está supeditado a lo que vive el autor —como, por ejemplo, las elecciones de Corea del Sur—. Finalmente, lo que abunda en esta “Loa a la tierra” es la reflexión estética, especialmente, sobra decirlo, sobre la simbología de las flores. Es aquí donde las dos caras del escritor, el filósofo y el hombre del jardín, se conjugan para recordar que el conocimiento no se reduce a las enciclopedias, sino que es un diálogo con la realidad.

Hay algo profundamente romántico en el nuevo libro de Byung-Chul Han. No solo por las constantes referencias al romanticismo —al compositor Hans Schubert y al poeta Joseph von Eichendorff, por ejemplo—, sobre todo por la noción que subyace al ensayo. Busca un reencuentro con la tierra, un regreso a lo natural. El jardinero reconoce que su jardín es un lugar romántico, pues, como afirma Novalis, busca dar un sentido sublime a lo vulgar e infinitud a lo finito. En esta línea, no se pueden perder de vista ciertas reflexiones que sí muestran un sentido crítico: recuerdan y lamentan cómo la humanidad no solo ha abandonado su lugar originario, sino que de hecho lo está destruyendo. Loa a la tierra quiere ser una invitación a cambiar la dirección que está tomando la sociedad. “Un diario del jardinero”, la sección final, intenta ubicar al lector en el lugar donde esto es posible. Es, sin embargo, uno de los puntos flojos: las entradas del diario, en buena parte de los casos, recogen las actividades cotidianas del jardín. La lectura se hace lenta, quizá un poco aburrida. Ahora, para ser justos, es probable que este libro no esté pensado para una lectura rápida. Por el contrario, exige al lector deleitarse en las reflexiones y en las ilustraciones de las flores que contiene el volumen, igual que Byung-Chul Han se deleita en su lugar romántico.

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