Jugar con fuego. “Todo arde”, de Nuria Barrios

por Mar 11, 2020

Jugar con fuego. “Todo arde”, de Nuria Barrios

por

Todo arde, Nuria Barrios

Barcelona, Alfaguara

296 páginas, 18,90 euros

Nueve años después de la publicación de su última novela, Nuria Barrios (Madrid, 1962) vuelve a la escritura novelística con Todo arde, editada por Alfaguara a principios de 2020. Este regreso ha sido celebrado por la crítica, aunque realmente la escritora no desapareció del mundo literario, pues desde 2011 ha publicado diversos poemarios y cuentos como Nostalgia de Odiseo (Vandalia, 2012) u Ocho centímetros (Páginas de Espuma, 2015).

En Todo arde, Barrios propone una actualización del mito clásico de Orfeo y Eurídice partiendo del problema de la drogadicción, crisis social que parecía superada, pero que está volviendo a castigar a las clases sociales más bajas de España. Para ello, la autora apuesta por un particular Orfeo: un adolescente de dieciséis años llamado Lolo que es tartamudo y reniega de la música. Tras un año alejado de su familia por la sobreprotección de sus padres, Lolo vuelve a España y toma la decisión de rescatar a Lena, su hermana mayor, del infierno de la droga en el que se encuentra sumida. Esta vez, la propia Eurídice conduce a Orfeo en un Seat León hasta lo más profundo de un poblado gitano que se alza ante los ojos del lector como el temible Hades. Por las malas artes de otra alma en pena, allí les acaba recibiendo una pequeña e indefensa Cancerbera que, sin quererlo, enredará al héroe y dificultará sus propósitos.

La acción de esta creativa trama se desarrolla en una única y calurosa noche de verano que no solo se alarga para Lolo, sino, desgraciadamente, también para los lectores. A pesar de las bondadosas críticas que ha recibido la nueva novela de Barrios, no todo es maravilloso, ya que la autora, de tanto jugar con fuego, se acaba quemando en alguna que otra ocasión. Quizá el mayor error en el que cae es repetir una y otra vez imágenes demasiado semejantes. Por ejemplo, hacia la mitad de la novela el lector se encuentra con la siguiente descripción: “Se fueron alejando del fumadero de Esma. Las hogueras empezaron a distanciarse y las casas dieron paso a tapias medio derruidas” (110); y poco después: “La oscuridad fue dando paso a las fogatas. Se hallaban aisladas y distantes unas de otras al principio pero, a medida que se aproximaban a la calle principal, se hicieron más y más numerosas” (129). Unas imágenes que podrían haber contribuido a crear una atmósfera sofocante acaban resultando más bien soporíferas.

En el apartado de agradecimientos, Barrios deja claro que una de sus intenciones a la hora de escribir su novela era que “la tensión de la historia no decreciera”. Sin embargo, no creo que sea beneficioso concebir una trama carente de dinámicas porque, al igual que el oyente se acaba aburriendo de una canción interpretada de inicio a fin en un forte o un piano, un hilo narrativo que trata de mantener al lector en una tensión constante puede no funcionar. Aun así, la autora ha gestionado adecuadamente esta característica al combinar situaciones de tensión evidente con otras de aparente calma en las que los personajes permanecen acechados por el peligro. El problema radica en que, al perseguir este objetivo, la escritora parece haber descuidado o sacrificado todo aquello que rodea a la acción, provocando que la novela pierda mucho interés literario a la hora de realizar una lectura dirigida más allá del puro entretenimiento.

A parte de la reflexión sobre la fortaleza de los lazos familiares en la que se ha centrado la mayor parte de la crítica, no debería pasarse por alto el hecho de que Barrios presenta un contundente rechazo a las drogas mediante un desolador y realista retrato de las víctimas de esta lacra que tanto se está romantizando hoy en día en la cultura de masas que consumen los más jóvenes.

¿Te ha gustado el artículo? Puedes ayudarnos a hacer crecer la revista compartiéndolo en redes sociales.

También puedes suscribirte para que te avisemos de los nuevos artículos publicados.