Lo oscuro de la belleza. “El señor Origami”, de Jean-Marc Ceci

por | May 6, 2019

Lo oscuro de la belleza. “El señor Origami”, de Jean-Marc Ceci

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Jean-Marc Ceci, El señor Origami

Traducción de Isabel González-Gallarda

Barcelona, Seix Barral

152 páginas, 16 euros

Kurogiku es un japonés que lleva desde los veinte años afincado en unas ruinas de la Toscana italiana. Allí llegó con tan solo tres esquejes de kōzo —la morera del papel—, y con el objetivo de dedicarse a la fabricación de washi (“papel de la paz y de la armonía”), también conocido por ser el papel utilizado para hacer las famosas figuras de origami. Tras su proceso artesanal, Kurogiku practica meditación sobre el washi, mientras el tiempo pasa a su alrededor. Todo sigue su rumbo hasta que Casparo, un joven italiano, llega a las ruinas del artesano nipón en busca de alojamiento. Poco más se puede adelantar del argumento de El señor Origami, la novela del escritor italo-belga, Jean-Marc Ceci, que se estrenó en el mundo literario en 2016, y ahora ve su obra traducida desde el francés por Isabel González-Gallarda.

Por lo que se refiere a Kurogiku, en principio, se le presenta como un personaje disciplinado y espiritual. Este no participa en la sociedad, por lo que no se abre el diálogo social acerca de la inmigración; es un ser pasivo que no supone una “amenaza” para el italiano rural, más bien una curiosidad, un entretenimiento. Casi se le concibe como una caricatura estereotipada que sirve para meditar, fabricar washi y dar lecciones vitales. Luego descubrimos que el señor Origami es, en realidad, un hombre con un pasado que le atormenta y que todavía debe afrontar. A su lado está siempre la constante Elsa —aunque él parece no percatarse de su figura—, y una gata llamada Ima, que con su nombre representa simbólicamente el “ahora”. La voluntad de cambio llega con la aparición de Casparo. El joven italiano pretende crear “un reloj que contenga todas las medidas del tiempo”; un propósito que despierta la conciencia de Kurogiku.

La filosofía del protagonista se basa en llegar a comprender los orígenes de todas las cosas: no podemos saber de dónde venimos si no entendemos ni cómo se ha realizado una figura de origami. Es por ello que medita frente a sus creaciones. De la misma manera, Casparo no puede crear un reloj que mida todas las variantes temporales si no es capaz de concebir la naturaleza del tiempo. Juntos emprenden un viaje espiritual al pasado de Kurogiku para conocer los impulsos y los sucesos que lo llevaron hasta Italia. Se muestra que todo lo pacífico puede esconder un aspecto oscuro y violento, pues no podemos controlar los efectos de cada uno de nuestros actos. A esa conclusión se llega a través de incisos en la trama que introducen diferentes sucesos de la Segunda Guerra Mundial, y el proceso de elección por parte de la UNESCO del patrimonio cultural inmaterial.

El señor Origami no parece una novela debido a que su formato pretende ser innovador tanto en lo visual como en lo narrativo. A simple vista, parece un libro de poemas o incluso de haikus, esas composiciones breves de origen japonés —muy acorde a la historia—. También se acerca a ese género poético en tanto que proyecta una narración con tintes líricos e impresionistas. Las descripciones se centran en las texturas, los colores y los sonidos; y, sobre todo, cuenta con el silencio como figura recurrente. Este no solo rodea el espacio en blanco de la página, sino que llega a materializarse de forma que recuerda a las acotaciones teatrales o las descripciones secuenciales de un guion cinematográfico. En cuanto a la narración, se divide en pasajes conversacionales,  donde la voz del personaje dirige la trama; y en otros fragmentos meramente expositivos que llegan a parecer un diccionario, un manual de instrucciones o un artículo de bricolaje. En su transcurso, se repiten oraciones e ideas básicas con el pretexto de aportar belleza y lirismo, pero acaban dando una sensación de monotonía.

En definitiva, la breve lectura de la obra de Jean-Marc Ceci supone un entretenimiento que deviene en una idea filosófica final. Esta llega de forma armoniosa a través de la desembocadura de todos los relatos presentados: a pesar de que parecían independientes, todos llegan a expresar una idea única, tal vez lo más valioso de la novela. Ceci se confirma como un conocedor de la cultura japonesa, aunque la represente con unas pinceladas superficiales, sin saturar al lector occidental y siendo explicativo —quizás demasiado— con cada concepto.

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