La corrupción y los cuerpos. “La intermitencia”, de Andrea Camilleri

por | Feb 8, 2019

La corrupción y los cuerpos. “La intermitencia”, de Andrea Camilleri

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Andrea Camilleri, La intermitencia

Traducción de Carlos Mayor Ortega

Barcelona, Salamandra

189 páginas, 14,25 euros

El siciliano Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) tiene ya más libros escritos —más de cien— que años. También un glaucoma galopante que no le ha privado de seguir escribiendo con la ayuda de su colaboradora Valentina Alferj novelas tan agudas como La intermitencia (2018), publicada en Italia en 2010 y por fin traducida al español de la mano de Salamandra.

En esta novela, Camilleri se aleja de su protagonista más famoso, el comisario Montalbano, con el cual también ha indagado en la corrupción en su último libro, La pirámide de fango (2018). Personaje, por cierto, que ya tiene dispuesto su final, algo que no pudo hacer con el detective Carvalho su amigo Manuel Vázquez Montalbán, de quien, en homenaje, este comisario recoge su propio nombre.

En La intermitencia Camilleri nos presenta a unos personajes sin moral ninguna para relatar los caminos del dinero y de la corrupción en la Italia de 2010, inmersa en la crisis económica de la cual se aprovechan algunas grandes empresas mientras otras se intentan salvar del incendio. Todo ello lo realiza con diálogos rápidos y un ritmo muy veloz, por lo que la guía con los nombres de los personajes principales que aparece al principio del libro se hace muy útil para no perder la pista a cada uno de los personajes.

La novela se centra en Mauro de Blasi, hombre de éxito que además de aparecer en la portada de los periódicos especializados en economía como uno de los ejecutivos más importantes de Italia también es el director general de Manuelli, una gran empresa con fábricas repartidas por toda la península italiana y que lleva el nombre de su anciano presidente. Es uno de los vértices del triángulo amoroso formado por su mujer, Marisa de Blasi y el subdirector de personal y mano derecha de su marido, Guido Marsili. La primera representa a la perfección la figura de mujer florero que, cansada de serlo, busca reafirmarse en su aventura con Guido. Este es una rara avis dentro del mundo de la empresa privada por su gusto por la poesía, lugar donde no hay espacio para la literatura como se observa en el despacho de Mauro, donde “no se ve un solo estante de libros”. Afición con la que, irónicamente, seduce a Marisa, quien es objetualizada por todos los personajes masculinos como una muñeca hinchable espléndida, especialmente por su marido. Tan interiorizado tiene su papel Marisa en su matrimonio que no se plantea, en las primeras páginas de la novela, que las relaciones sexuales con su pareja son más bien una violación constante.

A través de estos personajes y de esta escritura acelerada Camilleri narra los efectos de la crisis: grandes empresas tratando de aprovecharse de las ayudas gubernamentales pese a no necesitarlas, la absorción de otras en el juego libre de devorar a la presa más pequeña, fábricas que tienen como destino la deslocalización en países con mano de obra barata y sobre todo el despido masivo de trabajadores de estas fábricas, pequeñas hormigas que no pueden parar el trascurso de los hechos al verse envueltos en la telaraña diseñada por Mauro. Camilleri refleja con detalle cómo la crisis es una excusa para beneficiar a los gerifaltes de la empresa privada. La novela es en este sentido sencilla y directa, a modo de thriller acelerado en el que muestra la relación entre dinero, poder y política. El dinero de hecho apenas se menciona hasta el final de la novela: lo que le interesa a cada uno de los personajes es quitarle a sus rivales lo que tienen, ganar más poder, alcanzar la adrenalina que supone ser más listo que los demás.

Hay que mencionar que se le puede achacar a Camilleri un dibujo demasiado lineal de los personajes femeninos, los cuales juegan con su sexualidad para acercarse al poder o son engañados precisamente por el amor que creen recibir, es posible que lo haya hecho para mostrar que precisamente el poder es cosa de hombres y ellas son secundarias. Pese a este fallo, pues estos personajes habrían enriquecido más la novela, se puede decir que aunque Camilleri haya perdido la vista, no ha perdido su mirada afilada a la hora de reflejar el vaivén de la corrupción italiana.

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