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La delicada felicidad de la derrota… “Son como glaciares los barcos de acero”, de Cynthia Menéndez

¿Cómo se recuerda una derrota obrera? Publicada originalmente en gallego y ahora traducida por Pepitas, Son como glaciares los barcos de acero (2026), de Cynthia Menéndez, plantea una respuesta. Para ello, la novela vuelve sobre las movilizaciones de los trabajadores del naval de Vigo en 1997 frente al proceso de privatización de los astilleros. El objetivo es ambicioso y el libro está escrito con sensibilidad; el problema es que acaba desplazando el conflicto que, en principio, la sostiene, hacia un territorio mucho más cómodo, más amable: el de la memoria sentimental.

La narración se articula en torno a dos líneas temporales unidas por la figura de Pedro. En la primera, un Pedro niño presencia el impacto de la huelga en su entorno familiar y en la ciudad. En la segunda, ya adulto, trata de reconstruir su vida tras la muerte de Laura, su pareja. La conexión entre ambos planos es evidente: la pérdida individual dialoga con la pérdida colectiva. Sin embargo, otro problema: la trama contemporánea apenas añade complejidad al conjunto, pues, más allá de establecer paralelismos un tanto manidos entre amor y revolución, duelo íntimo y derrota histórica, cuesta –por lo menos a mí– encontrar una razón convincente para su peso dentro de la novela.

El núcleo del libro está en el Vigo de finales de los noventa y ahí es donde aparecen sus mejores páginas, aunque también sus principales limitaciones. Y es que el texto no reconstruye la huelga desde el interior de la experiencia obrera, sino desde la mirada de alguien que la contempla. La voz de Pedro lo cubre todo y, con ella, su recuerdo de aquellos acontecimientos como el niño fascinado que fue por los hombres de mono azul que llenaban las calles, ocupaban los bares y transformaban la ciudad a su paso. La elección de la mirada es legítima, claro; es más, permite mostrar algo interesante –cómo el conflicto impregna la vida cotidiana–, pero condiciona de manera decisiva la imagen que al final recibimos de ese conflicto quienes leemos. Me explico: la huelga aparece atravesada por la camaradería, los afectos y la pertenencia comunitaria. Es la mirada de un niño, así que a los trabajadores se los observa con admiración, las manifestaciones se describen como espacios festivos en los que “no se podía ver dónde empezaba y dónde acababa la revolución” y las escenas familiares son cálidas hasta el idilio. No hay fisuras. Tampoco hay contrapesos, y esa es la clave.

Sobre el conflicto… Las causas del conflicto están presentes, sí, pero rara vez ocupan el centro del relato. La privatización aparece nombrada y la derrota también. Sin embargo, se dedica mucho más espacio a los vínculos que genera la lucha que a los antagonismos que la hacen necesaria. Los sindicatos apenas tienen presencia, las consecuencias materiales de la derrota tan solo se esbozan y la conflictividad social termina diluyéndose en una atmósfera emocional que, por momentos, se interesa más por la comunidad que por el conflicto.

Quizá por esto último uno de los fragmentos más reveladores es uno del final, cuando el narrador expresa su deseo de conservar para siempre “la delicada felicidad de la derrota”. Creo que la frase resume bastante bien el movimiento general que opera la novela: la derrota aparece envuelta en una belleza melancólica que la vuelve recordable e, incluso, entrañable. La rabia, la incertidumbre o las fracturas que toda derrota produce quedan desplazadas por una memoria reconciliadora. Y la historia de Pedro y de Laura refuerza esa tendencia, insistiendo el relato en aproximar amor y revolución mediante una serie de equivalencias previsibles que simplifican, en lugar de complejizar.

Todo esto no impide que Son como glaciares los barcos de acero no sea una novela que recupere un episodio poco transitado por la narrativa y devuelva al primer plano una parte de la memoria obrera de Vigo. Lo hace. Lo que pasa es que acaba interesándose más por esa memoria que por lo que la produjo. Al terminar, cerramos el libro conociendo mejor cómo se recuerda la huelga que cómo se vivió. Y esa diferencia es, en mi opinión, la que separa el recuerdo del conflicto. O la memoria de la experiencia de clase…

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Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.

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