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Otro pueblo. Sobre “Pueblo blanco azul”, de Azahara Palomeque

Tras una temporada en el extranjero, Elaia vuelve al pueblo de sus orígenes para escribir una novela que cuente la historia de su familia, un entramado marcado por la guerra, la dictadura y las dificultades en el campo andaluz. Los grandes protagonistas de su historia son sus abuelos, Luciana y Antonio, y la historia transcurre en Villasueño de las Flores Secas (nombre ficticio). Como digo, la voz narradora retorna para recomponer las piezas de un puzle de la memoria que cierre heridas y, a la vez, escribir su propia novela. Hasta aquí, nada nuevo: habitar la casa familiar abandonada, reencontrarse con objetos y vecinos, alguna breve reflexión aquí y allá sobre los problemas con la escritura de la novela, etc. El sufrimiento de la guerra y la posguerra ocupan un lugar central en el texto, y luego, en menor medida, las luchas por el agua en territorios de sequía con grandes extensiones de regadío. El proyecto es, en su concepción, ambicioso: recuperar una memoria familiar y colectiva, reivindicar la ruralidad andaluza sin estereotipos, entrelazar el duelo personal con el histórico y exponer los problemas actuales de sequía. En ese horizonte, el libro tiene momentos brillantes, sobre todo cuando la oralidad se mezcla con el lenguaje poético y hace clic, porque todo encaja. Uno de los mejores es, en mi opinión, el discurso (o bronca, más bien) de José, el bisabuelo, a Antonio, el abuelo, recién estrenada la posguerra, una página apenas donde la oralidad se vuelve forma y sentido al mismo tiempo para expresar el dictado de una nueva ley de mundo: “a mí no me cuentes lo que prefieres o no prefieres, olvídate de tu vida anterior, ya no hay taberna ni casa ni mula ni mierdas más que lo que comemos, se acabaron las preferencias, se acabó la puta de la democracia, las elecciones, las huelgas, tus escarceos por las callejas, los postigos abiertos, el aire y hasta el sol; se acabó la tierra redonda, ¿me has entendido?, ahora es plana y nada de lo que digas va a cambiar eso” (p. 133).

Sin embargo, acabo la novela y me parece que Pueblo blanco azul no termina de cumplir lo que promete. El principal problema es estilístico (y ya sabemos que contenido y forma van de la mano): la prosa adolece de un engolamiento constante, como si cada frase aspirara a ser “literatura con mayúsculas” y, en ese empeño, se torna algo redicha. La adjetivación forzada, la subordinación excesiva, la terminología a veces rebuscada genera una prosa más exhausta que otra cosa. Las metáforas se acumulan todo el tiempo hasta el punto de ensombrecer el referente. “La madrugada transcurrió como una quema de rastrojos que arrasaba las callejas con la complicidad del paisanaje, barrido por el deceso de la habitante legendaria” (p. 20) o “me catapultó dos piedras desde sus ojos de almeja que, al rozar su objetivo, explotaron en terrones de azúcar” (p. 232) son solo dos ejemplos de una escritura que no confía en la imagen sencilla ni en la emoción directa, y que compensa esa desconfianza acumulando capas de lenguaje, cuando la literatura no es acumulación de figuras, sino precisión, justamente. En la misma línea —mismo problema— está por ejemplo el recurso a la mitología clásica como ornamento y no como estructura de sentido (referencias a la laguna Estigia y a Caronte, a los círculos infernales…). En un momento dado, incuso la voz narradora parece consciente del tic, cuando reconoce que “me limitaba a hilvanar una metáfora tras otra” (p. 222). Pues sí, pues sí…

Como en pequeñas mujeres rojas, de Marta Sanz, aquí algunos muertos enterrados fuera del cementerio hablan. Pero el recurso de las voces de la fosa es torpe y esquemático, suena a solución de urgencia, lejos de la orfebrería del coro de Sanz, un referente ineludible en esta tradición de novelas sobre memoria de la representación franquista más allá de las fronteras de la urbe y al que la novela rinde homenaje con una cita de apertura de capítulo.

Creo que hay, asimismo, un problema estructural. El libro tiene demasiadas páginas: condensado y sometido a una poda editorial más valiente, su propuesta sería más potente (el primer capítulo, por ejemplo, no aporta nada que tenga interés para el resto de la novela). Por otro lado, las incursiones del yo narrador desde el presente se sienten las más de las veces como entorpecimientos de la narración biográfica, pues no llegan a articular una reflexión genuina ni sobre el proceso de escritura ni sobre el problema de sequía/regadíos que asola el presente del pueblo. El enlace temporal, que el título promete con elegancia, no termina de funcionar, y una no puede dejar de pensar que esas digresiones están para justificar la actualidad del proyecto más que para enriquecerlo.

La novela ha cosechado elogios —si no me equivoco, la primera edición se agotó rápido— y es comprensible que el tema conecte con lectoras y lectores sensibles a la memoria histórica y a las narrativas de la ruralidad, pero, en su conjunto, acaba no siendo mucho más que un ejercicio de buenas intenciones.

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Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.

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