Con el espíritu ahogado bajo el agua. “La marca del agua”, de Montserrat Iglesias

por Ene 17, 2022

Con el espíritu ahogado bajo el agua. “La marca del agua”, de Montserrat Iglesias

por

Montserrat Iglesias, La marca del agua

Barcelona, Penguin Random House

272 páginas, 17,90 euros

La iglesia se salva en el alto, junto a la pared del cortado, como una isla rodeada de tejados sumergidos. No resistirá. Allí está para impedírselo el talud de la presa, mucho más alto que la torre, de un gris que parece un pariente descolorido por este camino inútil.

Marcos se equivocaba. La iglesia de Linares es lo único que en temporadas normales, sin mucha sequía, puede seguir viendo quien se asoma al pantano que hoy en día sigue ahogando al pueblo. Sin duda, mejor que acercarse un año seco y descubrir sus restos llenos de lodo y barro. Un pueblo, Linares del Arroyo, que en la primera novela de Montserrat Iglesias –La marca del agua (2021)– se convierte en Hontanar. La escritora, que con esta publicación se coloca como una nueva voz potente de la literatura española, ha firmado una estupenda obra sobre el dolor de la pérdida de la memoria. Dolor que toma de las vivencias de su propia familia, que tuvo que abandonar su vida en un pueblo segoviano para pasar a habitar La Vid, en la provincia de Burgos. Abandonar sus casas, sus tierras y sus muertos que, como las raíces de los vecinos de Hontanar, quedarán enterrados bajo el agua.

No sé lo que les van a decir a los muertos los que se han ido, quién les va a explicar que se quedarán ahí como los trastos que no se pueden llevar o vender. Yo, desde luego, no subiré a decírselo, aunque alguien tendrá que hablar con ellos. En ningún sitio está escrito que no atiendan a razones. 

Como Pedro Páramo en su regreso a Comala, Marcos utiliza la muerte de un familiar para recomponer la historia de su familia y, de paso, recordar los pasos que llevaron a su pueblo a la desaparición. En un espacio que recuerda al papel como protagonista que este ejerce las novelas de Delibes, este personaje debe iniciar un viaje hacia un nuevo destino para nada deseado en el que se aprovecha para rememorar el pasado que se ve obligado a olvidar. Porque ni siquiera es un migrante que va a echar de menos su lugar de origen. El desarraigo no puede ser mayor cuando es consciente de que no va a poder volver porque no va a haber un sitio al que regresar. De que todo se ha perdido la mañana en la que descubre dos marcas. Una de una soga en el cuello de su hermana Sara. Otra de una piedra que se empieza a hundir: la marca del agua. Ahí empieza su viaje. Ahí empieza el olvido de toda una vida, de todo un mundo. 

La novela de Iglesias invita a reflexionar sobre el daño que estas construcciones provocaron a habitantes de pequeños pueblos de toda España que, en nombre del progreso, vieron como más de quinientas localidades desaparecieron. Sobre cómo esto ha ayudado a provocar la desaparición del mundo rural que ahora se empieza a poner sobre la mesa. Sobre el dolor irreparable de miles de familias que tuvieron que trasladarse a pueblos de nueva planta completamente ajenos a lo que eran el resto de pueblos castellanos. Pueblos que nacían con el espíritu en otra parte, ahogado bajo el agua.