La lógica del mercado: mi propia lógica
Publicada originalmente en 1997 bajo el título de The Ax, la novela de Donald E. Westlake ha llegado a España como El despido (2026) de la mano de Muñeca infinita y en traducción de Ce Santiago. ¿De qué va? Su protagonista y narrador es Burke Devore, un hombre de mediana edad que lleva dos años en el paro tras haber trabajado durante dieciséis como encargado de producción en una fábrica de papel. Burke, fijémonos, no es un obrero sin cualificación arrojado a la calle por una reestructuración cualquiera: tiene estudios universitarios, una carrera laboral sólida a sus espaldas, una hipoteca y, hasta hace poco, vacaciones familiares anuales que han dado fe, durante décadas, de una vida cómoda y bien encauzada (la clase media). Ahora, sin embargo, todo es diferente, porque ni siquiera consigue que lo llamen para una entrevista. Su solución, atroz pero alineada con los términos del propio sistema, consiste en eliminar (sí: asesinar) a quienes compiten con él por el mismo puesto.
Empecemos por el momento de producción del texto. Escrita a finales de los noventa, la novela de Westlake registra el momento en que la externalización de funciones y la informatización de ciertos procesos productivos empiezan a extender –como tantas otras veces en la historia del capitalismo– aquello que Marx llamaba el ejército industrial de reserva, o sea, un excedente de mano de obra que, lejos de organizarse, se ve empujado a competir consigo mismo, degradando con ello las condiciones laborales de todos. El despido retratara bien este mecanismo y lo hace además desplazando el foco de los sectores más vulnerables hacia unos profesionales de clase media estupefactos, convencidos de haber cumplido todas las reglas del juego social propuestas.
Otro acierto: no eludir el desgaste cotidiano que el desempleo prolongado provoca en la vida del personaje y de su familia. El matrimonio se resiente, la relación con los hijos se transforma, la autopercepción se degrada y a todo ello se añade la humillación de tener que presentarse en cada entrevista de trabajo como una mercancía activa, esto es, como objeto que ha de venderse para sobrevivir en un mercado que ya no lo quiere. Esta dimensión doméstica y afectiva añade piezas indispensables para pensar la novela como una crítica abarcadora del modelo de producción, por cuanto no olvida esas otras violencias.
La primera persona de Burke Devore es fría, lógica y calculadora, muy consciente de sus actos. Nos desestabiliza conforme avanza la lectura, porque de repente nos sorprendemos riendo aquí y allá con nada más y nada menos que frases que describen, en realidad, una sucesión de asesinatos. Cierto horror surge de ahí, claro, y de comprobar que, sin darnos cuenta, hemos empezado a mirar a los otros personajes con los mismos ojos deshumanizados del narrador. “Ahí fuera somos demasiados, y tengo que aceptar el hecho de que no voy a ser la primera opción de nadie”, afirma en un momento dado. La puerta hacia el crimen está abierta: el trabajo ya no es un derecho, sino un premio que hay que arrebatarle al de al lado, porque “nadie te debe nada”. Y es que Burke cree identificar dónde reside la responsabilidad última de su situación; es decir, sabe, en realidad, que sus víctimas no son sus enemigos reales, pues “el enemigo son los jefes de las empresas. El enemigo son los accionistas”, sostiene, pero ¿de qué serviría matar a seis o siete de ellos? El sistema parece inalcanzable por definición y, aunque el problema es colectivo, la respuesta que a Burke se le permite imaginar es solo individual. De ahí la impotencia estructural convertida en aceptación personal: “no puedo cambiar las circunstancias del mundo en el que vivo. Estas son las cartas que me han tocado”. Todo pasa por (o deviene en) el yo. Por eso cuando el narrador se pregunta en qué se ha convertido y responde apelando a “la lógica de los accionistas, y la lógica de los directivos, y la lógica del mercado […] y, finalmente mi propia lógica”, la fusión se nos muestra completada: el capitalismo no actúa sobre el protagonista –ni sobre nosotrxs– desde fuera, sino que es (somos) una sola y misma cosa.
El despido es una novela que trasciende con creces el mero entretenimiento al que suele asociarse el género negro para traernos el diagnóstico crítico de una época –la nuestra, pero bajo otros ropajes– en la que el discurso de la meritocracia individual ha sustituido cualquier horizonte de acción colectiva. Yo creo que vale la pena leerla.
Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.
