“La Gran Novela Murciana”. Sobre “Ropasuelta”, de Santos Martínez
Santos Martínez: Ropasuelta
Xixón, Hoja de Lata
362 páginas, 22,90 euros
“La Gran Novela Rural Murciana”. Así publicita la editorial Hoja de Lata su más reciente novedad y esto mismo reza la faja de la novela en cuestión, titulada Ropasuelta y escrita por Santos Martínez. ¿De qué va? Sencillo: Santini (protagonista, 29 años) vuelve a su pueblo (Fuente Librilla, Murcia, 600 habitantes aprox.) en Navidad. Son tres hermanos, él es el pequeño. Dos detalles más: el primero, Santini se acaba de quedar en el paro; el segundo, hace diez años que se marchó del lugar sin apenas explicaciones –su padre no se lo ha perdonado (ergo relación problemática con el progenitor). A lo largo de sus más de 350 páginas, asistimos, entonces, al día a día de Santini en Fuente Librilla, desde la tarde-noche del día 24 de diciembre hasta la mañana del 7 de enero, con alguna que otra analepsis (en el encabezamiento de cada capítulo aparece el momento del día en que se desarrollan las acciones, de ahí mi concreción). Son, a priori, pocos días, sin embargo, pasan muchas cosas: las visitas a El Callejón, el bar-pub-cafetería del pueblo, con sus cervezas, partidas de futbolín y consecuentes resacas; las cenas familiares, los entrenamientos diarios con el padre (Ropasuelta) para la carrera de Año Nuevo, los encuentros con la vecina, el partido de fútbol… La novela, en este sentido, no para: es un continuo ir y venir de acciones y diálogos, un dinamismo al que deben sumársele, de un lado, el estilo (rápido: frases cortas, directas, cierto deje cinematográfico) y, del otro, las analepsis a las que me he referido, a través de las cuales accedemos a vivencias del pasado del protagonista: fragmentos de su corta vida universitaria (comienza estudios de periodismo, pero enseguida abandona), de su primera relación sentimental y de sus (precarias) mudanzas a Barcelona y Berlín.
La originalidad del texto está lejos de hallarse en la ubicación escogida (el número de novelas españolas recientes que se decantan por el medio rural como espacio sigue en aumento) o en su aparato formal (tradicional en su estructura externa, aprobado en el apartado estilístico), sino que está, más bien, en el tono o la mirada desde la que se narra. “Tres horas duró la ilusión de haber madurado lo suficiente en diez años para volver a casa y torearlo todo”, sentencia a las pocas páginas el personaje principal. Esta frase no es en absoluto baladí, pues de ella se desprende, como digo, ese tono o esa mirada: distanciada, irónica; ese ver y decir de quien mira y dice por encima del hombro porque no quiere reconocerse en lo que ve (porque le oprime); ese ver y decir de quien mira y dice por encima del hombro porque se marchó y solo ha vuelto porque no ha tenido más remedio. Ese es Santini, enclenque y bigotudo, una sombra con ínfulas de escritor y problemas de socialización, relaciones familiares asépticas, trabajos precarios y apenas lugar/red donde caerse muerto. Por suerte, las últimas partes del libro atisban cierto cambio. Y digo por suerte porque, si bien en esa mirada reside la gracia del relato, en ella está también uno de sus problemas. Y es que mantener ese tono durante toooda la novela es difícil, y ahí es donde, me parece, el texto patina, porque no lo sostiene, se agota. En otras palabras: sobran páginas, el personaje cansa por momentos y la trama se torna algo previsible. El trabajo de síntesis habría hecho emerger un texto con cierto poder de desestabilización, chispeante, tal vez incómodo. La extensión, en cambio (pero también algunos descosidos en forma de anécdotas prescindibles y comentarios repetitivos), termina deslavanzando un poco el relato.
Una última cuestión, esta sobre el conflicto principal que atraviesa la novela: Santini regresa al pueblo y el protagonismo de Fuente Librilla es palpable todo el tiempo –sus calles, sus gentes, sus maneras–. Esto, que parece evidente (perogrullada), no lo es en realidad, pues la cantidad de novelas ubicadas en el campo en las que este se configura al final como atrezzo no son pocas. Sin embargo, y aunque pudiera parecer contradictorio (creedme, no lo es), el texto en el fondo no se articula tanto en torno a las problemáticas particulares del pueblo como a la relación del protagonista con su padre, autoritario, violento y rencoroso. La sombra paterna es, en efecto, muy pero que muy alargada. La pregunta salta a la vista: ¿es esta figura algo así como resultado de las condiciones de vida y dinámicas dominantes en Fuente Librilla? Seguramente sí. ¿O quizá no? ¿Lo son acaso los demás (el Pakero y Alfredo, el Billy, don Sixto, Dionisio)? ¿Y el propio Santini y sus hermanos? ¿También Sara, la vecina? Dejo las respuestas al aire y cierro apuntando el amago de estudio sociológico que hay Ropasuelta y lo interesante que es esto mismo (solo hace falta prestar atención al comportamiento de quienes socializan en El Callejón); quizá, me atrevería a decir, es justo lo más interesante (que tampoco es poco).
Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.
