Ir un poco más allá, donde espera lo extraño. “La isla de los conejos”, de Elvira Navarro

por | Abr 1, 2019

Ir un poco más allá, donde espera lo extraño. “La isla de los conejos”, de Elvira Navarro

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Elvira Navarro, La isla de los conejos

Literatura Random House

160 páginas, 17,89 euros

Basta con que un día mire donde nadie repara. O que salga a casa a destiempo, pasando por una calle no habitual. O que siga a una persona que parece un tanto extraña. Todo ello le sirve a Elvira Navarro (Huelva, 1978) para mostrarnos que el mundo fantástico es una vuelta de la esquina de nuestra vida cotidiana.

¿Quién tiene el don de separar con claridad la realidad de la ficción? Existen mitos que, con una enorme viveza insuflada por sus promotores, se imponen a la realidad; de la misma forma que nuestra rutina esconde giros de lo más surrealistas. Tanto es así que la inspiración de la autora se confiesa surgida de las anécdotas, de los viajes y de alguna idea peregrina que con los años asentó en su cuaderno. Descansando en una pensión de Talavera surge la trama para el primer cuento, “Las cartas a Gerardo”, donde una mujer segura de querer dejar a su pareja se da una oportunidad inútil con él en un albergue incómodo y decadente.

Filósofa de formación, hace tiempo que Navarro se desprendió de sus estudios porque esa carga metafísica de lo abstracto le impedía hablar de lo concreto. Su quinto libro se presenta como un claro libro de relatos breves, que reúnen en común un toque mucho más fabuloso que sus obras anteriores. Sin embargo, no hay una diferencia tan clara en cuanto a que no podamos considerar sus cuatro anteriores obras como cuentos alargados, o como novelas a medias.

“La isla de los conejos”, el cuento que da título a esta colección de sueños, surge de una anécdota que llega a oídos de la creadora, quien se pone a materializar la idea de un amigo: llenar de una población de conejos un pequeño islote de los que asoman en el tramo del Guadalquivir. La ocurrencia acaba desencadenando tanto una distorsión en la cadena trófica de los animales como un rasgo oscuro que asoma en la personalidad del repoblador de la isla.

En un club de lectura de La Central de Callao que versa sobre este nuevo libro, Navarro se define como no partidaria de la verdad como fin cerrado, sino que abraza la Alétheia o concepto de “verdad como desvelamiento”, que únicamente dota de sentido al intérprete cuando se desarrolla ante sus ojos. Al dejar volar el inconsciente en vez de clausurarlo en una vitrina, es cuando mejor se entiende que las visiones narradas de la onubense encuentran comodidad al ligar el mundo conocido y predecible con un resquicio en la puerta entreabierta a lo insondable. La turbación surge espontáneamente cuando se duda de lo que siempre ha estado ahí, como esa otra forma de llegar al trabajo nunca explorada, que en “París Périphérie” se traduce en una calle que el peatón no puede atravesar para llegar al otro lado.

Lo inquietante también asoma en “Notas para una arquitectura del infierno”, donde el protagonista sigue las escapadas nocturnas del psiquiátrico donde retienen a su Hermano Mayor, cuyas psicosis satánicas se reflejan en las fachadas de las iglesias de un Madrid diferente al diurno; en la extraña metamorfosis que surge en la “Encía” de una pareja que se pierde entre los volcanes de Lanzarote para festejar la luna de miel de su falsa boda; o en la abuela de la Tamara de “Regresión”, que flota pegada al techo de una destartalada vivienda de la decadente periferia.  

O puede ir el misterio a contactar directamente con lo sobrenatural, como el acecho de la legendaria cabra-rata mallorquina que se creía extinta en “Myotragus”; la capacidad de la cocinera de hotel de “La habitación de arriba” para soñar los mundos oníricos de los que pernoctan cada noche en el edificio; la pata que sale de la oreja protagonista de “Estricnina”, o el espanto de la madre muerta que manda mensajes desde una cuenta de Facebook que nunca creó en “Memorial”.

Como ya vienen haciendo los grandes escritores de relatos desde Chéjov, en estos cuentos también se crean finales abiertos que sobrecogen las expectativas del lector. Demuestra Navarro que el cuento no intenta trasladar una realidad, sino que en sí mismo es una metáfora lejos de ser esclarecida. Por tanto, en la falta de claridad acecha la oscuridad de lo perturbador.

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