La muerte, el amor y la fe. “Catedrales”, de Claudia Piñeiro

por Ene 21, 2022

La muerte, el amor y la fe. “Catedrales”, de Claudia Piñeiro

por

Claudia Piñeiro, Catedrales

Barcelona, Alfaguara

332 páginas, 18,90 euros

En una nota final, explica la autora argentina (Burzaco, 1960) que extrae el título de la obra de un cuento de Raymond Carver, “Catedral”, al que se remite en el primer capítulo con un breve extracto de su contenido: un ciego le pide a su anfitrión que le explique cómo es una catedral; ante la imposibilidad de encontrar las palabras precisas, el ciego le sugiere que se la dibuje y que le deje poner su mano sobre la suya mientras la va trazando; ya al final, el vidente cierra los ojos y alcanza a trascender aquello que no podía describir. Se desvela, así, uno de los niveles de significación con que esta novela será construida: “hay mucha gente que no es ciega y, de todos modos, no quiere ver” (p. 43). Catedrales, al hilo de esta cita, se arma con continuas paradojas y es posible que la principal de ellas sea el modo en que Piñeiro logra subvertir los tradicionales esquemas de la novela negra, para obligar al lector a buscar más allá de las manidas pesquisas con que los más variopintos investigadores acaban descubriendo al culpable de un homicidio. Aquí habrá, sí, un criminalista al que se le otorgará voz en medio de una trama polifónica constituida por siete personajes que, treinta años después, irán evocando los hechos que cambiaron radicalmente sus vidas. Todos ellos se enfrentan al dilema o de buscar la verdad, huyendo de un mundo que ha quedado hecho trizas, o de tergiversarla, sirviéndose de falsos subterfugios para acallar su conciencia. Al lector se lo sitúa en un presente muy alejado del principal suceso, al que se remitirá una y otra vez desde la memoria de las figuras cuyas vidas habían quedado deshechas, tras aparecer, en un baldío, el cuerpo calcinado y descuartizado de Ana Sardá; la investigación llevada a cabo se había cerrado enseguida por presiones para no comprometer el buen nombre de la familia; todo parecía indicar que la joven de diecisiete años había sido violada y que el agresor había intentado destruir el cuerpo de la víctima para destruir cualquier prueba. Frente a esa versión oficial de los hechos, se alzarán las voces de los personajes que habían sentido de un modo más profundo esa terrible tragedia; impelidos a reaccionar, se apartan de quienes los apremian a asumir con resignación esa pérdida y a consolarse con razones religiosas que, para ellos, dejan de tener sentido. Rompen con un “peculiar sistema familiar” (p. 65) asentado en los dogmas inquebrantables de una fe vivida con obsesivo fanatismo. Lía, la segunda de las tres hermanas Sardá, lo proclama sin tapujos en el velorio con el que la familia y los allegados, entre rezos y silencios, se disponían a despedirse de Ana: “No creo en Dios” (p. 13). Movida por ese imprevisto resorte –una suerte de “llamado” o vocación a la inversa– rompe con todas las relaciones que la unían a ese mundo, trasladándose desde Buenos Aires a Santiago de Compostela, porque las dos hermanas –en sueños compartidos en el mismo cuarto– habían hablado en una ocasión de recorrer ese camino de peregrinación. Lía, instalada, al frente de una librería, rehecha en parte su existencia, mantenía una intermitente correspondencia con su padre, Alfredo, profesor de Historia, al que había prometido que regresaría en cuanto fuera descubierto el causante de aquel horror. No quería que le contara nada de su familia. Sin embargo, un día se verá sorprendida por la aparición de la hermana mayor, Carmen, y de su marido, Julián, un exseminarista. La tensa relación con que se trataban las tres hermanas vuelve de golpe a su memoria: “Carmen no sólo era la mayor, sino aquella persona a la que Ana y yo más temíamos en esa casa; un miedo que no sentimos por nuestros padres, ni siquiera por nuestra madre, que hacía muchos méritos para espantarnos” (p. 24). Pero ante los demás Carmen cambiaba: era agradable, cariñosa, seductora. Irrumpe este singular matrimonio en el espacio que Lía había logrado construir para apartarse de la “neurosis colectiva” (p. 20) en la que había crecido y en la que se enraizaba su familia, esa fe forjada con dogmas absolutos con los que comulgaban Dolores, su madre, y Carmen, su hermana mayor. Habían llegado hasta allí para buscar a su hijo, Mateo, que había desaparecido de repente, sin dar explicación alguna, rompiendo también, como Lía, con un mundo en el que se sentía asfixiado, por la continua catequesis a que sus padres lo habían sometido para educarlo; se sentían incapaces de entender los motivos de su huida. Carmen, la madre, se esfuerza por comprender ese hecho: “Es un chico muy sensible. Y a veces la gente demasiado sensible camina por una cornisa muy fina entre la realidad y sus pensamientos”  (p. 32). Son casi proféticas estas palabras, aunque se hallen muy desviadas de la realidad. Cuando Mateo cobre vida a través de su voz, en la segunda sección de la obra, sus razones permitirán unir el presente con el pasado, además de ofrecer una valiosa clave para interpretar los hechos: “Somos una cicatriz. Mi familia es la cicatriz que dejó un asesinato. Unos años antes de que yo naciera, descuartizaron y quemaron –en ese orden– a mi tía Ana” (p. 66). En el párrafo anterior lo había precisado con mayor crudeza; piensa en hipotéticos lugares en los que resultaría difícil sobrevivir y no lo duda: “En mi familia” (p. 65). Sólo lo habían salvado las conversaciones con su abuelo y las lecturas con que lo animaba a buscar otras verdades para poder descubrir su verdadero camino, no el de las vocaciones –religiosas o académicas– que sus padres procuraban inculcarle. Había llegado a Santiago, porque con su abuelo había trazado una singular ruta de peregrinación que, en ningún caso, sería religiosa, sino vital, que habría de dotarlo de la libertad de pensar por sí mismo, de permitirle desviarse de las imposturas y de las imposiciones con que había sido criado. Había además otro propósito: “El abuelo me hizo prometerle que, cuando él no estuviera, yo cumpliría el recorrido que dibujamos juntos, el de las catedrales más lindas de Europa. Ese camino me llevaría hacia donde él quería que fuera: al encuentro con la hija que más extrañaba” (p. 73). Viajaba Mateo con tres cartas que el abuelo le había entregado pocos días antes de morir: una para él, otra para Lía y la tercera para que la leyeran juntos, porque en ella les revelaba la verdad que, por fin, había logrado descubrir sobre la muerte de Ana. No toda, porque aun conociendo detalles significativos y el nombre de uno de los responsables no había podido llegar al verdadero fondo de las inicuas razones que habían precipitado aquellos terribles acontecimientos.

La verdad pendía del delicado hilo de una memoria perdida. La tercera voz de la novela corresponde a Marcela, la mejor amiga de Ana, que la había acompañado en todos los pasos del amargo camino de purgación a que se había visto arrastrada por un impulsivo amor de adolescente. Marcela sabía todo lo que había ocurrido, pero nadie le había hecho caso. No se cansaba de repetir lo que había sucedido y con esas palabras se abre el fragmentario relato de sus evocaciones: “Ana murió en mis brazos. No es posible matar a un muerto. Nadie muere dos veces” (p. 103). O lo que es lo mismo: Ana no había sido asesinada. Lo que afirma Marcela es enteramente cierto: Ana, en el límite de sus fuerzas, había ido a buscarla a casa y le había pedido que le acompañara a la iglesia parroquial. Aguardaba al hombre al que amaba, para que viniera a salvarla y que nunca apareció. Cada vez se encuentra peor, lentamente se va extinguiendo, pero poco antes de morir le obliga a Marcela a jurarle, delante del altar, que no revelara a nadie qué es lo que le había pasado, porque ante todo quería proteger a esa persona a quien amaba con tanto fervor. Marcela se encuentra, así, apresada por su juramento. Pero no por ello deja de insistir en la verdad en la que todos habían dejado de creer: “Nadie puede morir dos veces, ni nadie puede matar a un muerto. Buscaban a un asesino que no existía. Sin embargo, todos tenían respuestas. Las lagunas las completaban los otros, los que no querían ver. A mí no se me permitía inventar, o se me permitía pero subestimando mi relato, porque era la “amnésica”. O ‘la loquita’” (p. 127). Una nueva paradoja condena a Marcela a un mundo de sombras que la excluye como testigo fiable de los hechos que conocía porque los había vivido. Nadie podía creerla, porque diez horas después el cuerpo de Ana había aparecido quemado y troceado en un baldío. En la iglesia no quedaba rastro de la presencia de las dos jóvenes. Además, asustada por lo que había ocurrido, Marcela se había precipitado en busca de ayuda con la mala fortuna de derribar la estatua del arcángel San Gabriel y de recibir un fuerte golpe en la cabeza. A partir de ese momento, su vida se detuvo. Los especialistas le diagnosticaron “amnesia anterógrada”. Sólo podía recordar lo que había vivido antes de ese fatídico trance. Todo lo demás quedaba condenado al olvido. Anotaba en libretas lo más importante y su padre le había enseñado a guardar en el ordenador los datos más necesarios y a buscarlos para mantener una mínima trama de recuerdos referidos a su presente. Piñeiro con acierto ajusta la construcción del relato de esta tercera voz a estas circunstancias: sus evocaciones son apuntes muy breves, párrafos cortos, que se corresponden a lo que lee en sus cuadernos y a las dudas continuas con las que su pensamiento logra avanzar. Nunca está segura de qué es lo que ha contado y tampoco de si conoce o ha visto antes a las personas que la rodean. Pero no duda sobre la verdad fundamental sobre la que la novela gravita: Ana no había sido asesinada, había muerto en sus brazos, había sentido cómo dejaba de respirar. Pero lo que no sabe es a quién protegía Ana. Y ése será el hilo de la trama principal de la obra, el que otorga a la novela su principal valor: no se había cometido un asesinato –nadie había violado a la joven ni la había matado–, pero sí se habían perpetrado dos crímenes para acabar con ella. El primero la había arrastrado hasta aquel altar para convertirla en víctima propiciatoria de un sacrificio inmolado en nombre de una fe absoluta, que exigía, y sería el segundo delito, que ese cuerpo fuera descuartizado y quemado. O al menos, así lo sentía alguien que pensaba que sólo de esa manera tan “brutal” (p. 275) –término al que su conducta se ajusta– podría salvar las creencias que alentaban su vida.

Siete voces, en suma, se suceden en este itinerario de caminos que conducen a catedrales no levantadas por los humanos, sino por las mentiras o las verdades con las que cada cual forja sus vidas. El orden en la disposición de esos relatos posee una precisión asombrosa y faculta al lector para entrar y salir de las conciencias de esos personajes con el fin de descubrir no tanto a los autores de ese doble crimen –nunca asesinato-, sino de desvelar las falacias con las que justificaban sus actos. En última instancia, Ana había sido sacrificada en nombre de una fe que precisaba cobrarse una víctima para seguir erigiéndose –falsa catedral– como única e inquebrantable realidad. No extraña, en fin, que la novela, subvertiendo los principios canónicos del género en el que se inscribe, haya ganado, en julio de 2021, el premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón.

¿Te ha gustado el artículo? Puedes ayudarnos a hacer crecer la revista compartiéndolo en redes sociales.

También puedes suscribirte para que te avisemos de los nuevos artículos publicados.