La palabra es la estirpe. “La dulzura del ornitorrinco”, de Andrea López Montero
Andrea López Montero, La dulzura del ornitorrinco
Madrid, editorial Piezas Azules
138 págs, 13,50 euros
Lo que Andrea López Montero (Madrid, 1989) ofrece entre las páginas de este libro es una sospecha de hueco. La poeta confiesa que “mi vientre escaso afila sin el hijo” y así, con la escritura como torno, amasa una fórmula con la que apaciguar o alimentar el deseo, todavía insatisfecho, de ser madre.
López Montero divide su angustia en dos grandes partes, Abecedario y Alumbramiento. Subdivide, a su vez, éstas en otras secciones más pequeñas: tres gestaciones interiores y un proceso de incubación de diez días. Como si así, por trozos, el desánimo de la espera fuese más soportable: “el agotamiento es una connotación estética”.
Hay una necesidad de categorización en los duelos: quizá encontrar un sentido o, al menos, una hipótesis en la que refugiar el dolor. Así se sostiene, con sus poemas ordenados, primero, alfabéticamente y, después, numéricamente. Y es que en este libro se conoce bien la materia expectante del paso lento, pero irreversible, de las agujas del reloj y de las cruces en el calendario.
En cuestiones de tiempo somos todos iguales. La poeta nos recuerda una y otra vez en estos versos que somos seres interdependientes y necesitados de afecto: “la piel sin otra piel / solo es coraza”. Nadie quiere sentirse solo. El abandono es algo artificial. Pasan los años y terminamos buscando, de un modo u otro, un lugar en el que sentirnos a salvo y queridos. Nos cuenta la autora, cómplice de curiosidades, que el ornitorrinco hembra, tras el parto, divide su madriguera en dos. Separa, de esta forma, a las crías de la pareja. Guiados por la autora, observamos con cuidado al animal en su intimidad y comprendemos “que conocer al otro es conocerse en la caída”.
Así como el ornitorrinco es estricto en las divisiones de su hogar, López Montero trabaja el lenguaje como una orfebre. Sus manos se guían por pulsos eléctricos. Forman un mosaico de imágenes imprevistas. Pactan con el lodo e hilvanan la espuma. Construyen raíles a medida de la infancia. Inquietas, han heredado el hábito del enjambre. Cultivan una imagen inconclusa, dispuesta a crecer levemente fuera de quicio. Subrayan: “Todo poema tartamudea”. Tropiezan con la miel del pantano y así se erigen en un calambre fértil, transformando la llaga en gruta y la gruta en nido. Imparable, nos pregunta. “¿Existe un hambre bondadosa?”
No puede pasarse por alto la relación de la autora con el aforismo. Joyas como “La luz en la pupila es un zarpazo” o “el llanto es arrecife de agua clara” se esparcen a lo largo y ancho del poemario como luciérnagas encendidas. Trazan un camino hacia el centro mismo de la duda: “ordeño las preguntas, recolecto las preguntas / son los frutos.” Ganadora del X Premio Internacional de Aforismos José Bergamín, la mirada de López Montero es flecha y bisturí que practica la ternura.
“Yo veo distinto porque miro”, afirma la poeta. “Mirar es entusiasmo, ¿sabes? / A veces se me olvida.” Y con su mirada no nos desvela la resignación ante las circunstancias poco favorables, pero “sí el deseo de un útero cabrío, / todo el llanto y el aullido de leche.” A través de sus pupilas, contemplamos cómo se engendra una lengua nueva. Una lengua que lame las esquinas de los óvulos y los reinventa.
Sin embargo, toda esperanza se construye sobre un temblor: “el latido es un abismo que se acaba”. Leyendo La dulzura del ornitorrinco me cuestiono la resistencia del musgo ante los residuos. En un mundo voraz, sin espacio para el descanso, para la digestión, para la limpieza, para el gorjeo traslúcido de lo que aún no es, pero podría ser, ¿cómo salir al encuentro del futuro?
Andrea López Montero nos responde con un torrente (a veces esdrújulo, a veces tímido, siempre febril de ecos) que asume “con gusto los latidos de astillas”. Mientras traspasa la tristeza, habita sus fronteras y así atisba las posibilidades del cambio. Ve concavidades que podrían ser cunas, ve estirpes de nanas todavía por cantar y las convoca. “Dictándome impura / al grito / sobrevengo.”

Iria Fariñas
Iria Fariñas (Madrid, 1996) escribe, performa y estudia Filosofía. Ha publicado varios poemarios y libros de relatos, siendo los últimos títulos Atravesar una gota con una aguja (Urdimbre, 2025) y La nieve brota en cautiverio (Valparaíso, 2024). Ganó el Premio Incendiario de Poesía con Quién extrajo el hueso (L’ecume, 2022), el Premio de Literatura Breve de Mislata con Formas de quedarse en el borde (Ayto. de Mislata, 2023) y el Premio Energheia con el relato Nido de aviones (Quimera, 2024).
