El eco sentimental del alfabeto. “Amor divino”, de Ángela Segovia

por | Mar 13, 2019

El eco sentimental del alfabeto. “Amor divino”, de Ángela Segovia

por

Ángela Segovia, Amor divino

Segovia, La Uña Rota

224 páginas, 18 euros

Feria del libro, 2018. Una lectora se detiene frente al estand de la editorial La Uña Rota, señala La curva se volvió barricada (2016), de la poeta Ángela Segovia, y dicta sentencia: “Este libro es un engaño, un timo”. No comprende el significado de las palabras de la poeta, no encuentra un mensaje claro ni una historia reconocible por su imaginario, si es que la hubiera. Ante tal acusación, otro lector contesta con brío: “La poesía es una búsqueda continua, un ejercicio; de esto trata esta profesión”, y defiende así su lectura. El debate continúa y sigue por otros derroteros, pero se pierde entre el murmullo de la feria, las prisas de los compradores y la vergüenza de seguir escuchando una conversación ajena.

 No sabemos si aquella mujer desconocía que La curva había sido Premio Nacional de Poesía Joven 2017, y si le hubiera parecido inaceptable una distinción de este calibre para una obra tan “engañosa”. Lo que sí sabemos es que sentiría el mismo rechazo hacia Amor divino (2018), un nuevo poemario en el que la autora seguiría los pasos del anterior y continuaría “hablando” sobre rupturas y límites del lenguaje, sobre utilizar las palabras contra órdenes establecidos y utilizar este código para que diga libremente lo que nunca antes ha expresado. Porque la poesía de Ángela Segovia es búsqueda, ir más allá de lo conocido, llegando a veces a una conclusión, y otras a solo vislumbrar un camino borroso y lejano.

 En Amor divino se habla de amor, pero sin utilizar las palabras que normalmente se han usado para expresar los sentimientos, sin recurrir a convencionalismos y aun así creando el perfecto retrato de nuestro reflejo. Su propuesta se detiene ante la belleza de las palabras por su mera sonoridad, ante nuevos usos de objetos y acciones tan cargados de significados en nuestra sociedad, porque un anillo puede verse dentro de un nueve, en el cielo o en las propias venas; un corazón se puede ver enunciándolo por su significante o reproduciendo su sonido “pa pam pa pam”; la fe se puede demostrar perfilando una casa hecha de hilos, amenazada por un cuchillo que está por llegar.

 La experimentación en su poesía le lleva a cuestionar la lógica de la estructura del lenguaje soñando con la desaparición de las reglas gramaticales y con el derrocamiento del discurso cerrado con historias que no contienen una finalidad (si acaso un vago sentir sobre la poesía o un sonoro “No lo sé, quizás”). Su estilo mezcla géneros, registros, le hace reflexionar sobre palabras en otros idiomas, les da su espacio en nuestra lengua y las despieza, las matiza y nos muestra su belleza; pone en tela de juicio la institucionalidad de una lengua que no se encierra en palacios, que pertenece libremente a los hablantes.

 Amor divino nos demuestra que necesitamos que nos narren otra forma de amar, otro ángulo del amor, que nos devuelvan la virginidad ante la poesía de este género, ante el amor contenido siempre en los mismos cajones. Debemos repensarnos desde otro enfoque y resurgir con un nuevo aprendizaje, ya que siempre nos hemos leído con las mismas lentes, viendo las mismas formas, pecando de falta de profundidad, encerrados en un mismo círculo del que difícilmente podremos escapar si no derribamos las fronteras. Porque, como cantaba Massiel, “el amor desbarata tus grandes ideas” y no permite ningún corsé preestablecido.

 Ante el descontento de aquella lectora, solo queda mostrarle una frase de la misma autora: “estamos atados a una búsqueda sin final posible”, y si nos perdemos entre las palabras durante el camino no será por falta de ganas de encontrar una respuesta al amor fuera de los límites conocidos.   

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