El crimen no descansa nunca

por | Oct 15, 2019

El crimen no descansa nunca

por

Eduard Palomares, No cerramos en agosto

Barcelona, Libros del Asteroide

364 páginas, 19,95 euros

“Antes, Barcelona quedaba desierta en agosto. Todo el mundo tenía vacaciones porque las empresas y las tiendas cerraban, así que quien más quien menos se largaba el mes entero al pueblo o alquilaba un apartamento por cuatro duros. Ahora, en cambio, todo permanece abierto por exigencias de la economía global y a ello se añaden la precariedad, el paro, los contratos temporales y las familias que no pueden permitirse desconectar ni unos días. Aparte del explosivo éxito turístico de la ciudad, claro. Como consecuencia, la ciudad ya nunca se queda vacía.”

Este fragmento de No cerramos en agosto describe a la perfección la Barcelona estival de los últimos años: calurosa hasta la asfixia pero repleta de gente. Sin perder de vista esa escena, el joven Jordi Viassolo se enfrenta a lo que durante tanto tiempo ha deseado: ser un detective de verdad y resolver un caso. En la agencia de detectives Private Eye, para la que trabaja como becario durante los meses de verano, recibe un primer –aunque no parece que último– encargo y lo afronta con entusiasmo: debe resolver la desaparición de Sara Dalmau. Se trata de una madre y esposa ejemplar, en apariencia, que ha escrito una carta de despedida a su marido en la que, sin embargo, algo parece no encajar: la palabra cariño. Y como las desgracias nunca vienen solas, a esa desaparición seguirán, como en toda buena obra policial, más desapariciones, asesinatos, violencia… E ingenio, mucho ingenio.

Eduard Palomares (Barcelona, 1980) recoge en su primera novela el testigo de los grandes escritores del género negro y policial, detectivesco. Abiertamente declarados ávidos lectores de los títulos, ya clásicos, de Manuel Vázquez Montalbán, Georges Simenon, o Raymond Chandler, autor y protagonista recurren a todo lo aprendido durante sus horas con los libros para pasar a ponerlo en práctica: uno en la escritura y otro en el primer caso real que se trae entre manos. Palomares ha sabido crear con cuidado a un personaje creíble pero diferente al arquetipo al que las novelas del género nos tienen a sus lectores acostumbrados: un chico joven, inexperto y no siempre con mucho olfato, que vive con sus padres y no acostumbra a meterse en líos pero, eso sí, con ganas de aprender y de verse cara a cara con el mundo real que lo rodea, lejos ya de las páginas de los periódicos y libros que ha leído. Viassolo resulta ser un detective moderno, contemporáneo, con una mirada muy acorde a los tiempos que corren: es la actualización de un personaje muchas veces encasillado y se aleja de los tópicos para resultar verosímil y hacer que los lectores puedan ubicarlo sin problemas en su propio plano espacio-temporal. Por el contrario, Recasens, el viejo sabueso de la agencia de detectives, que se convierte en el escudero fiel del protagonista, sí se enmarca en los parámetros típicos del policía literario: de aspecto desaliñado, carácter solitario y con un sexto sentido envidiable; ampliamente experimentado en la investigación y en casos de todo tipo; con cierta tendencia al alcoholismo y asiduo cliente de variopintas tabernas; con un pasado y un presente en gran medida desconocido –puede que hasta turbio– incluso para quienes trabajan con él; etc.

A través de los pasos de estos dos detectives, el autor refleja a lo largo de las más de trescientas páginas que conforman su relato una Barcelona real y, sobre todo, actual y se mantiene fiel a una de las claves de la novela negra: representa a la perfección los claroscuros de la sociedad y se sirve de sus personajes para resaltar sus problemáticas, en especial la precariedad laboral y las dificultades que tienen los jóvenes para sumarse al mercado del trabajo y la vivienda digna. Y todo ello con un lenguaje claro y sencillo, no por ello descuidado, que facilita la lectura de las aventuras de un protagonista que parece haber llegado al panorama literario español para quedarse. No queda otra que dar merecidamente la bienvenida a autor y personaje.

 

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