Rebeldía adolescente, pueril rebeldía

por | Oct 7, 2019

Rebeldía adolescente, pueril rebeldía

por

Javier Calvo, Piel de plata

Barcelona, Seix Barral

320 páginas, 19 euros

Ya veinteañero, parcialmente a salvo de excesos adolescentes y de su enfermedad psiquiátrica y residiendo en una idealizada Nueva York, Pol se pone a narrar su travesía por el lado salvaje de la vida en Barcelona seis años atrás. Lo había llevado de la mano una joven llamada Bronwyn ante la que cae fascinado. Ella comparte su gusto por la literatura pulp de ciencia ficción, lo inicia en la lectura de la poesía de Juan Eduardo Cirlot y en el consumo de drogas y alcohol y lo pone en contacto con círculos nazis de la ciudad. Sobre estas bases argumentales, Piel de plata reincide en la fijación del estereotipo de la adolescencia y la juventud, a las que identifica con la búsqueda de un ideal y el rechazo del adocenamiento y del gregarismo. Las diferencias entre el Pol de la historia y el Pol que ahora la narra son, en este sentido, las que van de la pureza inconsciente de la adolescencia a la resignación y mezquindad adultas. Y, sin embargo, en la evocación de uno y en las acciones del otro, el retrato del adolescente resulta artificioso, sustentado más que en experiencias y palabras auténticas, en una continua intencionalidad apriorística.

Las cuatro o cinco ideas que Piel de plata quiere decir a través de la historia de su protagonista son, de hecho, bastante explícitas. Quizá demasiado. Que la adolescencia es una etapa de privilegiada lucidez que está condenada a la abolición y la caducidad; que la adolescencia también puede implicar a menudo un proceso de autodestrucción; que la plenitud que proporciona el arte no se alcanza sin un proceso doloroso de emancipación de la norma y de la convención; que el mundo está limitado por la idiotez y que esta es congénita a la maduración de la persona; que lo que socialmente se considera locura no es sino un contraataque de esa misma sociedad, que se protege de ello a través de normas morales, psiquiatras y policía; que las drogas son peligrosas pero permiten acceder a una rara lucidez. Ninguna de estas ideas resulta demasiado original, pero se las oímos decir al narrador y a algunos personajes como si fueran grandes descubrimientos que han realizado y que esta novela ofrece en primicia. Por si fuera dudosa la intención de Calvo, algunos de los personajes comprenden las tribulaciones de Pol y otros lo juzgan y condenan, lo cual establece en la novela una dualidad perniciosa para la potencialidad artística de la novela.

Javier Calvo (Barcelona, 1973) ha elegido un tono a ratos humorístico para la evocación que Pol, el protagonista, hace de lo que ocurrió seis años atrás. Sobre todo, pretende ser cómico el comportamiento decidido y heroico de Oli, la hermana de Pol, su pasotismo bonachón, sus malentendidos con dos lesbianas a las que conoce, sus relaciones ocasionales… Pero resulta nuevamente un contrapunto excesivamente buscado y carente de gracia. A menudo prevalece la banalización sin mucho sentido; no terminan de justificarse algunas cosas, como la fascinación de Pol y Bronwyn por la sagrada trinidad que para ellos hacen uno las novelas de ciencia ficción de Cooper Crowe y sus distopías futuristas, la poesía de Cirlot y la música de Death in June. Los tres le revelan a Pol verdades que pretenden ser profundas en una noche de alucinación causada por las drogas y el alcohol. Otros excesos retóricos lastran también el resultado de la novela. El lector se aburre de los exabruptos culturalistas que no tienen sentido en esta novela; al escribir “rizomático” o “autotélico” no se revela sino pereza para expresarse con claridad.

Al final, aquellas ideas quedan muy matizadas. A Calvo le ha salido una novela más bien reconfortante en la que la travesía al fin de la noche que hace el personaje se resuelve satisfactoriamente para sosiego de lectores timoratos. Tras pasear por el filo de la insania, las drogas y la violencia, hace que el protagonista se encuentre a sí mismo, se distinga de los demás ―que son imbéciles (es lo único que le enseña su madre)―, y se reconcilie con su familia y consigo mismo y encuentre un lugar en el mundo, un poco tibio y desencantado pero tranquilo y placentero. El relato acaba complacientemente, como una película comercial, en Nueva York, donde todo parece estar bien, salvo por una leve nostalgia por la pureza adolescente.

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