Lectura en tránsito: Virginia Woolf, “El estrecho puente del arte”

por Dic 20, 2023

Lectura en tránsito: Virginia Woolf, “El estrecho puente del arte”

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En un texto sobre “La narrativa moderna”, Virginia Woolf afirma que: “No está del todo claro que, en el transcurso de los siglos, aunque hemos aprendido mucho sobre la fabricación de coches, hayamos aprendido algo sobre la creación literaria. No llegamos a escribir mejor; lo único que podemos decir que hacemos es seguir moviéndonos, ahora un poco hacia esta dirección, ahora hacia aquella, pero con una tendencia a movernos en círculo si viéramos todo nuestro recorrido desde un pináculo con la suficiente altura”. Resulta curioso que una autora como ella, un clásico en sí misma y sin duda una de las revolucionarias de la prosa del siglo pasado, cuestionara las posibilidades de la literatura de aquel entonces de crear algo nuevo, de “avanzar” (el término es problemático, lo uso solo para continuar la línea que la autora expresa). Lo realmente sorprendente, sin embargo, es otra cosa: la actualidad de esta noción. No es algo nuevo, el filólogo parece sentirse desalentado por las novedades editoriales. ¿Qué hay de nuevo en las librerías? ¿Para qué buscar a narradores y poetas actuales, cuando podemos volver a los clásicos?

En realidad, antes que curioso, la idea me resulta irónica. He encontrado esa cita en el nuevo volumen publicado por Páginas de Espuma, El estrecho puente del arte (2023). Recoge una colección de su prosa de no ficción, con una traducción de Rafael Accorinti. El texto se centra en el arte, como lo sugiere el título, con énfasis en lo literario. Se divide en dos: “El arte del ensayo” y “El arte de la biografía”. Pero volvamos a la ironía. En un primer nivel, encontramos la paradoja expresada antes: Woolf es hoy un clásico, conocida por haber revolucionado la literatura de su época. El segundo nivel tiene que ver con que ella era una editora, se dedicaba a buscar novedades que pudieran ser de interés. Como lectora, entonces, tiene una mirada privilegiada de su presente. En el volumen al que me refiero se encuentran ejemplos interesantes. Del Ulises (1920), James Joyce, la inglesa afirma que fue “una catástrofe memorable: inmenso en su audacia, tremendo en su desastre”.

Cierro el grueso volumen (tapa dura, 692 páginas) y me levanto para cambiar de línea de metro. Y esta es la fuerza de la actualidad, la potencia de un lector contemporáneo: ese movimiento en círculo no es solo de la cultura, del arte, sino de quienes lo consumimos. El lector polvoriento que pasa sus días en un sillón, junto a una chimenea, es una especie en extinción (una caricatura anticuada, en realidad). Escuchamos música con cascos, vemos exposiciones de arte en nuestros móviles y leemos en un vagón del metro.

Hoy por hoy, la imagen del tren como metáfora del progreso es tan tópica que no necesita explicación. Ahora, incluso esta ha sido deconstruida por una rutina que anula cualquier potencia simbólica. No avanzamos a toda velocidad como los trenes del siglo XIX. Redundamos en torno a las mismas rutas, giramos alrededor de los mismos lugares. Entonces, ¿por qué mirar al pasado?

Mark Fisher acertó hace más de una década, en Capitalist Realism (2009), al comentar que el capitalismo tardío se ha encargado de absolutizar el presente: elimina la memoria y, al hacerlo, desarma la posibilidad de imaginar un futuro (personal, social, político). El mismo autor rescata, en su ensayo, la importancia del pasado y la tradición en el arte, recogiendo lo que dicen Harold Bloom y, antes que él, un contemporáneo de Woolf, T. S. Elliot. Lo nuevo solo puede existir en diálogo con el pasado, la innovación es una respuesta a lo clásico. Por esto, concluye Fisher, la cuestión no es solo preservar la cultura, como al objeto de un fetiche, sino aprehenderlo, hacerlo propio, obligarlo a responder a la actualidad en que lo consumimos.

Es por esto que El estrecho puente del arte es tan importante. El traductor recoge el pasado y lo actualiza. Busca cierta fidelidad y, al mismo tiempo, hace un trabajo creativo. Como el mismo Accorinti reconoce (en un breve encuentro en el que comentó el proceso de traducción), su trabajo apunta al lector contemporáneo. La labor es doblemente difícil. Debe preservar, efectivamente, el sentido original (cabría preguntar si es posible, pero este no es el lugar para hacerlo). Al mismo tiempo, no puede ignorar que está produciendo un volumen que irá a las librerías, a personas que viven en ciudades ajetreadas y que leen, como yo, sentados en un vagón de metro. El texto publicado por Páginas de espuma se presenta como una novedad. Recuerda que el trabajo de edición es, también, creativo. El resultado es un libro unitario, que compila textos y los acomoda para darles un sentido. No solo, al presentar una nueva traducción, revela la insignia personal de quien traduce. Esta es, quizá, una de las cuestiones más relevantes. Accorinti no se limita a leer los trabajos de Woolf, revisa otras traducciones, incorpora voces de coordenadas diversas. Ha sido un trabajo de un año y se refleja en el volumen. El resultado es, no solo una nueva traducción, sino una lectura renovada de los originales y de toda una tradición crítica (la marca más evidente de esta característica es el uso del “nosotras” para traducir el neutro “we” del inglés).

Vuelvo a abrir el libro. “Horas en una biblioteca” inicia aclarando la diferencia entre dos tipos de lectores. Primero, la “persona erudita, propensa al sosiego, la reflexión y la soledad, espera descubrir en los libros un atisbo de verdad”. El otro sería quien lee por el puro placer. Este último sabe que quien se sumerge en un libro con el único objetivo de aprender y hacerse conocedor en la materia (cualquiera sea) “pone en riesgo una de las pasiones más humanas que hay, como los es el hábito desinteresado y sincero de la lectura”. Es inevitable cuestionarme a mí mismo, preguntar qué hago revisando ensayos sobre literatura en un metro de Madrid, entre una parada y otra, yendo de un trabajo al siguiente.

Un clásico como Virginia Woolf tiene esa virtud. Su lectura nunca es ingenua. No puede serlo. No es extraño que recientemente se haya censurado una representación teatral de su Orlando (1928). También, por esto mismo, la lectura de la obra de Woolf parece fundamental. En el mismo texto sobre “Narrativa moderna” que cité al iniciar, afirma la inglesa sobre su literatura contemporánea: “Hay algo en el presente que no lo cambiaríamos por nada, ni siquiera si nos ofrecieran la posibilidad de elegir cualquier época pasada en la que vivir. Y la literatura moderna, con todas sus imperfecciones, ejerce sobre nosotras la atracción y la misma fascinación”. Lo realmente curioso, retomando lo dicho al empezar, es que Woolf, aun siendo clásica, conserva ese atractivo moderno.

Ya lo ha dicho Octavio Paz, la vanguardia es una tradición paradójica, que se define en la constante innovación. Es cierto que esta forma de hacer literatura ha recorrido un largo camino y, a veces, parece haber sido agotada (esta es la causa del posmodernismo autorreferencial y autoparódico, incapaz de asumir positivamente la posibilidad de una ruptura absoluta con el pasado). Aun así, la fuerza de escritoras como Woolf está en cómo siguen mostrando la potencia de esta manera de hacer arte. La leemos como un clásico, uno de esos que ella misma leyó como cerrados, pertenecientes a un pasado al que ya no volveremos. Al mismo tiempo, habla al lector actual. El valor de un volumen como El estrecho puente del arte está en cómo recoge ese sentido paradójico, interpelándonos y obligándonos a reformular las lecturas que hacemos a los clásicos. Un trabajo como el de Accorinti, que se arriesga a renovar el texto, sin dejar que se pierda el sentido del original, es la expresión de esa paradoja que Mark Fisher sintetizó. Leemos a los clásicos para recordar cómo hay que moverse hacia adelante, y no limitarse a dar vueltas en círculos.

Cierro el volumen y me bajo del metro.