Conflictos del yo en el campo. Sobre “La seca”, de Txani Rodríguez

por May 1, 2024

Conflictos del yo en el campo. Sobre “La seca”, de Txani Rodríguez

por

Txani Rodríguez: La seca

Barcelona, Seix Barral

271 páginas, 19 euros

El descorchador (o corchero) forma parte de un gremio muy especializado de trabajadores dedicado a la extracción del corcho de los alcornoques durante los meses de verano. España es uno de los mayores productores (y exportadores) de este producto –de hecho, es una de las fuentes principales de ingresos del sector primario andaluz–, y el Parque Natural de Los Alcornocales, entre las provincias de Cádiz y de Málaga, es la masa forestal de alcornoques más grande del mundo (además del único bosque subtropical de Europa). La última novela de Txani Rodríguez se ubica en un pueblo en el interior de este Parque Natural, concretamente en la serranía de Ronda, y si se titula La seca es sobre todo porque así es como se llama –la seca– una enfermedad que, en forma de hongo en el subsuelo, afecta a los alcornoques produciendo su decaimiento y eventual muerte. Las razones de la existencia del hongo son múltiples: desde la sequía y el cambio climático hasta el tipo de suelo o la longevidad el árbol. En cualquier caso, esta enfermedad constituye una seria amenaza socioeconómica para lugares como el pueblo protagónico de La seca, donde parte de su población sobrevive de la saca del corcho.

Es el verano de 2020 y al pueblo diegético arriban Nuria y Matilde, hija y madre. No son meras veraneantes, se trata del pueblo familiar: allí nació Matilde, vive el hermano de esta y ha pasado buena parte de los periodos vacacionales Nuria. Los días en el pueblo son, en primer lugar, una reflexión en torno a la soledad; en segundo lugar, la textualización de una relación madre-hija conflictiva por cuanto se ha visto condicionada por los cuidados; en tercer lugar y finalmente, una aproximación sucinta a la situación actual de la industria corchera y a ciertos conflictos entre subsistencia y sostenibilidad. El problema de la novela es que el orden de los elementos referidos no es casual, sino que responde al nivel de importancia concedido a cada uno de ellos en el texto. Vuelvo a ello enseguida.

El hilo narrativo es por lo demás sencillo: por un lado, la convivencia entre Nuria y Matilde, con altibajos que no terminarán de resolverse hasta el final, cuando Nuria por fin afloje las cuerdas; por el otro, las incursiones de la hija en el pueblo y sus alrededores. A estas dos líneas se le añade a partir de la segunda mitad del texto una más, relacionada con una suerte de leyenda que circula por el pueblo.

Nuria es la protagonista indiscutible del relato, una mujer solitaria y de carácter agrio (más bien insoportable) de la que lentamente iremos conociendo vivencias pasadas que explican –¿justifican?– su comportamiento y personalidad enojadiza. Podría hablar del miedo a la soledad del personaje y de cómo este afecta a los ámbitos afectivos de su vida: su dificultad para las relaciones sociales bebe de ese miedo y hunde sus raíces en algunos traumas infantiles/adolescentes. Podría hablar del paisaje descrito en la novela, de Montero, de Milo, de la propia Matilde o del loco del hacha que, desnudo, sale de vez en cuando a violentar la tierra porque está enferma, está seca, está condenada. Podría hablar de las excavadoras que están destruyendo el río tal y como lo conoce Nuria y de lo estético y admirable que es el trabajo centenario del corchero. Y digo que podría hablar de todo esto, porque esto está, en efecto, en la novela de Rodríguez. Sin embargo, y porque la literatura se construye con lo que se dice y, por lo tanto, también con lo que no se dice, prefiero en esta ocasión hablar de lo que no está, de lo que sutil o descaradamente desplaza La seca para ofrecer un relato desproblematizador o, como poco, despolitizador del hábitat rural concreto de la zona.

La novela, como he dicho, está ubicada en un pueblo de alrededores plagados de alcornoques y en el que residen trabajadores del corcho, aunque cada vez son más los árboles afectados por la enfermedad que da título a la novela, por lo que –se entiende– la profesión corre peligro. Hasta aquí, estupendo. ¡Hurra! Al fin una novela rural en la que aparece el trabajo en/del hábitat rural. La emoción, sin embargo, se desvanece conforme avanza la lectura y nos topamos con una narración que, si bien presta en algunos momentos especial atención al trabajo del corchero, lo hace para romantizarlo o mitificarlo. La desmaterialización del trabajo es cuando menos sorprendente: el trabajador del corcho es un “pájaro gigante” con capacidad de subirse a las ramas de los árboles armado con un hacha. Una imagen, la de estos hombres sobre los árboles, “poderosa y antigua”, sin duda, fruto de un cuerpo y de un conocimiento admirables. Sin embargo, más allá de unas manos manchadas de negro y de unas jornadas, en el pasado, de quince días fuera de casa y sin apenas descanso, el trabajo brilla por su ausencia. Y me refiero al trabajo en sí y a sus condiciones materiales y físicas. Porque en La seca no hay ni cicatrices, ni dolor, ni accidentes (corrijo: hay uno, al final, pero más bien fruto de algo así como el karma), ni explotación, ni crisis del sector, ni sueldos, ni exportación, ni desajustes, ni problemas para encontrar trabajadores con ese nivel de especialización, ni, en definitiva, explicitación de condiciones laborales ni luchas por su posible mejora. La dureza de la vida en el campo se barre para construir un relato sobre otros asuntos.

El vacío es enorme en una novela que el lector abre con la esperanza de encontrar al fin un relato rural que ponga sobre la mesa parte de los problemas del campo y llame a las cosas por su nombre, y termina encontrándose un texto protagonizado por una mujer en realidad excluida de la vida comunitaria en el pueblo (apenas cruza dos palabras con casi nadie del lugar, a excepción de Montero), pero aun así con la superioridad moral del foráneo concienciado con el medio ambiente y el cambio climático que se arroga la potestad de dar lecciones o juzgar el comportamiento de los oriundos. En lo concerniente a lo rural, la novela se despliega en dos direcciones (ninguna de ellas protagónica): los alcornoques y el trabajo de extracción del corcho, asunto al que ya me he referido, y la cuestión medioambiental, relacionada con las obras en el río del pueblo y la plantación de aguacates en distintas tierras colindantes. Nuria cree en la necesidad de encontrar maneras sostenibles de habitar la naturaleza, por eso le molesta tanto lo que está ocurriendo en el río y que Montero haya plantado aguacateros en tierra de sequía. Esta concienciación, sin embargo, no es óbice para el inmovilismo lacerante de la protagonista. Ni se señalan las causas de las excavaciones ni parecen importarle a nadie más aparte de ella (insisto: personaje sin agencia). La novela roza ciertos desajustes, pero es que con mostrarlos levemente, a estas alturas, ya no es suficiente. Sí, tal vez la autora esté conformando un retrato de denuncia de la actitud de la mayoría de los veraneantes que habita los pueblos hoy, pero cuesta de sostener, porque, igual que la dureza de la vida del/en el campo no aparece salvo a través de dos o tres comentarios superficiales, el conflicto que articula en fondo y forma el texto ni es el campo ni se aproxima a él. El campo es la ambientación de la narración, el escenario que le permite al narrador extradiegético detenerse en el paisaje y romantizarlo, mitificar el trabajo del corchero y trazar dos pinceladas sobre la confrontación entre la necesidad de sobrevivir en el campo y la sostenibilidad, porque el conflicto que atraviesa y articula la novela, el elemento que dota de tensión al texto es lamentablemente otro: uno personal, psicológico, solipsista.

Txani Rodríguez firma un relato que acierta apuntando algunos elementos, pero se queda muy lejos de atreverse a colocar en el centro los problemas socioeconómicos de Los Alcornocales. Los toca de soslayo y con distancia, subordinándolos siempre a unos conflictos de corte personal que nada tienen que ver con el espacio y que parecen resolverse o, por lo menos, mitigarse mágicamente en el trayecto de vuelta al origen.