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Insectos, horrores y Dios. “Hijos de la ira”, de Dámaso Alonso

La poética de Dámaso Alonso resulta la culpa, la impotencia y la rabia contra el género humano, contra sí mismo, contra Dios. Pero también sus versos son de alabanza a lo pequeño, a lo inadvertido, a aquello que le hace seguir viviendo, pese a las circunstancias.

La edad de los cuarenta y cinco años le pesa constantemente a un autor que se siente «piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo, […] / orujo exprimido en el año de mala cosecha». Los cruentos horrores de la guerra le han pasado por encima y, no contentos con eso, también ha decidido vivir la posguerra en sus carnes, que él considera ya viejas y flácidas, deseantes de muerte. Así nos los comunica a quienes le leemos en De profundis, poema en el que resuenan los ecos sinceros de un Oscar Wilde maltrecho en la cárcel, y al que pertenecen los versos anteriores.

Pero no es a odiarse a sí mismo a lo único a lo que dedica estas páginas. También da en ellas testimonio del panorama gris que le circunda, de cómo el hedor a muerte le acompaña constantemente. En «Preparativos de viaje» aborda el trayecto que debe hacer un infante fallecido desde que exhala su último aliento hasta que es acogido en compañía de Dios, mas visto por aquellos que le rodean. Así expresa, con gran dureza: «…Oh sí, las madres lo saben muy bien, cada niño / se duerme de una forma distinta». Y después interpela a los que se han ido: «Ah, muertos, muertos, ¿qué habéis visto / en la esquinada cruel, en el terrible momento / del tránsito? / Ah, ¿qué habéis visto en ese instante del encontronazo / con el camión gris de la muerte?». El deseo de Dámaso por morir y acabar con su propio sufrimiento es tan solo equiparable a su duda por conocer qué hay Más Allá.

Prueba de ello son sus poemas en los que, como ya hizo Machado, trata de buscar a Dios entre la niebla y expresa su enfado contra el Creador con versos como «También los espacios odian, también los espacios / son duros. / También Dios odia». Trata de buscar en Dios respuestas a su enorme sufrimiento y por ello su actitud hacia Él fluctúa de la rabia e incomprensión al deseo más absoluto. Dámaso ya solo busca una cosa, y es la muerte para poder reencontrarse con aquel que le dio la vida: «Sí, ámame, abrásame, deshazme. / Y haz que sea yo isla borrada de tu océano».

Otra característica fundamental de la poesía del autor madrileño es el diálogo con lo inanimado. Su pluma se deja llevar hacia elementos sin conciencia para dotarles de ella, haciéndoles partícipes de las angustias del régimen franquista y haciéndonos conscientes también a nosotros. En «Voz de árbol» (personaje al que también recurrirá un exiliado Max Aub) cuestiona a uno de ellos qué es lo que quiere decirle, cómo puede comunicarse con él, pues la guerra le ha acallado. El árbol, que antes podía parlamentar con un joven e infantil Dámaso, ahora calla, como los hombres, cuyo grito nunca podrá ser entendido por el cielo. «No sé qué altas señales / lejanas, de un amor triste y difuso, / de un gran amor de tierras y luceros, / traer querría tu ramita verde / que, con el viento, ahora / me está azotando el rostro. / Yo ignoro su mensaje / profundo. La he cogido, la he besado. / ¡Más no sé qué quieres decirme!».

Esta conversación continúa con los insectos, que en varias ocasiones son usados como metáfora de lo putrefacto que se siente el autor, tanto por fuera en su cuerpo como por dentro, en lo más profundo e ignoto de su alma. El poema «Los insectos» viene acompañado por una nota preliminar en la que Dámaso contesta a una dama que se quejó de la explicitud del mismo, pues sus versos ofrecen una detallada descripción de todo tipo de coleópteros, hemípteros, neurópteros y otros tantos que, según él y como a un cadáver, le están royendo vivo. En esta nota no se disculpa, antes se regodea en lo que ha hecho, ya que fueron esos insectos los que despertaron su creatividad una madrugada de 1932 y los que atraviesan, como una nube de moscas, todo su poemario.

Y a insectos y criaturas de la noche sigue haciendo referencia el pobre Dámaso, pues en los versos de «Monstruos» compara a los hombres que le rodean con estas criaturas horrendas. Es más, se equipara él mismo a un monstruo, un monstruo que desea con todas sus fuerzas respuestas a los horrores vividos y a los que le quedan; a la amarillez de sus carnes, a su profundo anhelo de desaparecer. No ve más salida que los rezos a Dios, pero ni siquiera con ellos es suficiente.

Por ello, lo único que le calma es escribir; o, como él lo llama, “cantar”. Así es como cierra este angustioso poemario: con una oda al poder de la canción y la poesía en «Dedicatoria final (Las Alas)». La última y dorada gota de esperanza en mitad de la oscuridad. Dámaso Alonso nos recuerda que tanto él como sus compañeros perdieron la guerra, que muchos tuvieron que marcharse para no volver, pero que, al final, siempre les quedaría la poesía como medio de resistencia ante el miedo y el horror.

Ay, hijo de la ira

era mi canto.

Pero ya estoy mejor.

Tenía que cantar para sanarme.

De este modo, sanemos con él nuestras heridas. Colmémoslas de la luz divina que nos aporta el verso y no tengamos ya más miedo a mirarlas, pues fueron fruto de una época ya pasada. Démosles forma con la poesía y afrontemos su curación con esperanza, sin temor y, sobre todo, con alegría.

Fotografía Contrapunto Jimena González Gimena
Jimena González Gimena

Jimena González Gimena (@pintorapalabras) se considera letraherida desde que tiene uso de razón. Estudiante en el Grado en Estudios Hispánicos por la Universidad de Alcalá, bajo su pluma surgen historias donde la ficción, la Historia y el rigor documental se dan la mano. Es autora del ensayo “Cantareras de Mota del Cuervo. Las Magas del Barro” y de relatos publicados en varias antologías de carácter nacional.

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