Los extraños engranajes de “Devs”

por | Jun 29, 2020

Los extraños engranajes de “Devs”

por

Devs

Showrunner: Alex Garland

Reparto: Sonoya Mizuno, Nick Offerman, Allison Pill, Jin Ha, Stephen Henderson

8 episodios, 43-57 minutos c/u

No es que la exploración del determinismo en ciencia ficción sea algo nuevo. Tampoco que el cristianismo, la hubris o el espionaje industrial sean elementos ajenos al género. No nos sorprenden ni el revival de la Guerra Fría, ni la mezcla entre sagrado y profano, ni la posibilidad de universos paralelos. Se podría decir que, por separado, el uso que Devs (2020) hace de cada uno de sus elementos resulte decepcionante, hasta escaso. Podemos encontrar antecedentes próximos que los aprovechan más en Black Mirror y su excepcional San Junipero, en la añorada Fringe o en Mr. Robot. Pero presenciamos una extraña relojería que encaja las piezas de la serie de forma que supera, y con mucho, a sus partes.

Es muy posible que la clave sea la visión estética de Alex Garland, que hibrida lo natural y lo tecnológico de una manera tan armónica como disonante, al igual que la banda sonora de Geoff Barrow. Su mezcla de sonido es extraña: genera la sensación de que el mundo narrativo que nos presenta nos está ocultando algo. Quizá el espectador desconfiado tenga que pausar alguna vez la reproducción para asegurarse de que no tiene un electrodoméstico roto.

El inicio es lo suficientemente high-concept para resultar intrigante: un informático ruso es admitido para trabajar en la misteriosa división Devs, en un proyecto desconocido. Inmediatamente, muere. Su novia, Lily Chan (una espídica Sonoya Mizuno), recoge pronto el testigo como protagonista y el misterio en torno a la muerte de su pareja, sus alianzas e intenciones sirven como hilo conductor. Pero lo que nos interesa es, claro, qué hacen en la división.

Devs mantiene al espectador en un permanente estado de alarma, en una tensión que anticipa los grandes giros dramáticos con los que otras ficciones configuran su modus vivendi sin llegar a ejecutarlos. Los puños que lanza su guion vienen acompañados de avisos. Y por eso golpean más fuerte. Ayudan los diálogos, que deberían sonar a estas alturas de la ciencia ficción como clichés trasnochados, pero que brillan gracias al reparto: la mirada vacía de Alison Pill y la voz grave y profunda de Stephen Henderson escarban un hueco en la mente del que mira. No hay secundario malo, y, aunque de vez en cuanto la trama flojee, los actores están para recogerla. La fotografía, que bebe de la limpieza y la pose tecno-naturista de un filtro de Instagram, bastaría para justificar la invención de Garland, pero los intérpretes la elevan. Es gracias a ellos que se consigue un equilibrio notable entre thriller tecnológico y viaje mítico hipnótico.  Devs no renuncia a ninguna de las dos vertientes, aunque sea la última la que se imponga: todo en la serie invita a investigar, a poner atención al detalle, a no perder de vista lo dramático, a descubrir cuál es el molde narrativo por el que se va a decantar. Engancha que da gusto.

Tardamos bastante en reconocer los moldes de la historia que quiere contar. Garland parece, juzguen ustedes, obsesionado con el Génesis. Si ya en Ex machina (2014) su plasmación del jardín robótico del Edén tenía mucho de actualización del relato, este nuevo testamento funciona como variación de leitmotivs parecidos: la libertad. La ruptura con un pasado determinista. El modelo no se esconde, y parece claro, una vez la serie ha echado el telón, el rol de cada cual. Es precisamente su pureza a la hora de reescribir el mito lo que resulta tan sugestivo. Las figuras mesiánicas de Forest y Nathan (de Ex machina) pueden parecer diferentes (en parte, debido al distinto perfil y al buen hacer de Nick Offerman y Oscar Isaac), pero sus similitudes son profundas. Ambos son, al cabo, dioses vacíos. El magnate de la tecnología puntera como demiurgo, a medio camino entre el científico loco y el dios megalómano, es una fuente de preguntas interesantes que Garland explota con interés, por omisión en Ex machina y explícitamente en Devs. Pone sobre la mesa la ausencia de gobierno (y de los gobiernos) en el desarrollo tecnológico, la desindividuación, los parecidos preocupantes con los déspotas del pasado. En la trayectoria del director, Devs puede que no sea el proyecto más acabado (esa sería la fascinante Annihilation), pero sí es el que honra más a sus influencias.

Es cierto que hay alguna trama que queda un poco deslavazada, que la relación entre la protagonista y su ex resulta un tanto problemática y que el episodio final es anticlimático y extrañamente apresurado (uno de los puntos flacos, en opinión del que escribe, de la producción como guionista de Garland). Que no se dude: tiene fallos, pero en un camino lo suficientemente extraño y magnético para que no importe demasiado.

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