Luisa Carnés: feminismo republicano

por | Mar 14, 2019

Luisa Carnés: feminismo republicano

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En cualquier autor o autora, la biografía y la trayectoria literaria tienen una relación intrínseca; pero en el caso de Luisa Carnés esto es todavía mucho más evidente: su activismo político, esencial en su vida, se va a reflejar constantemente en su obra.

Luisa Carnés nació un 3 de enero de 1905 en Madrid y creció, de manera casi profética, en el barrio de las letras. Pertenecía a una familia numerosa y pobre, lo que conllevó que a los once años tuviese que abandonar la escuela para dedicarse al trabajo manual. Su primer trabajo consistió en ser obrera en un taller doméstico situado en la calle de Moratín (esta experiencia se verá reflejada con posterioridad en Peregrinos de calvario y Natacha). Pero no se va a sentir realizada personalmente, necesita evadirse de su realidad y para ello se refugiará en la lectura, en primer lugar, y en la literatura, después. Esto es, se va a ir formando de manera autodidacta y continua.

En 1926, con apenas 21 años, se publica por primera vez uno de sus cuentos, “Mar adentro”, en La Voz. Para la primavera de 1929 ya había publicado cuatro en total, algo extremadamente raro para alguien ajeno a ese mundo. Parece que, debido a este éxito, su actividad literaria como escritora va a ser imparable y le robará horas al sueño para dedicarlas a escribir.

Su primera novela publicada es Peregrinos de calvario, publicada por la CIAP (Compañía Iberoamericana de Publicaciones) en 1928. Esta se compone de tres novelas cortas: “El pintor de los bellos horrores”, “El otro amor” y “La ciudad dormida”. Iliana Olmedo (una de las principales estudiosas de Luisa Carnés) asegura que estas novelas cortas reflejan las preocupaciones de Luisa Carnés. En la primera, se estudia la personalidad del creador y sus conflictos; en la segunda, se hace una crítica al matrimonio tradicional; y en la tercera, se comienzan a perfilar las líneas que reflejarán sus próximas novelas. Con esta publicación la autora reafirma su seguridad en sí misma.

Poco después, entre 1928 y 1929, redacta la novela que se publicará bajo el nombre de Natacha (que próximamente se va a reeditar en Renacimiento). En sus páginas ya se ve por dónde van las influencias recibidas por Luisa Carnés: entre otros leyó a Tolstói y a Dostoyevski; parece que la novela rusa se adaptaba a los postulados de la autora. La protagonista es una joven madrileña, pobre, que trabaja en un taller para ganarse la vida (recuerda tanto a la vida de la autora como a Matilde, la protagonista de Tea rooms. Mujeres obreras). Las principales reivindicaciones de esta obra son las difíciles condiciones de las que gozan las mujeres trabajadoras y los obstáculos económicos, laborales y sociales que deben afrontar. En la contraportada adelantará información sobre dos obras que tenía ya en marcha: La Aurelia y El secreto de Teresa Rey; la primera la acabará de escribir en México y la segunda se convertirá en un proyecto fallido.

Con estas publicaciones, Luisa Carnés ya se ha ganado la fama de críticos, en artículos como el de Juan López Núñez (1930: pág. 9) o el de Fidel Cabeza (1930: pág. 5). Sin embargo, en la primavera de 1931 las menciones a Luisa Carnés desaparecen de cualquier medio; es posible que se deba a la crisis que acaba con el cierre de la CIAP, la cual empezó con una suspensión de pagos y acabó por derrumbarse. ¿Qué tiene que ver esto con Luisa Carnés? Pues que la CIAP era el principal grupo editorial español e influyó enormemente en varias carreras editoriales, como de la esta autora.

Esto provocará que, tanto ella como su compañero Ramón Puyol (que trabajaba para el mismo grupo editorial) se quedaran sin trabajo, y junto con el nacimiento de su único hijo, hará de la situación algo insoportable. Se mudarán a Algeciras, junto con la familia de Puyol, donde Luisa Carnés seguirá escribiendo sin descanso. Pero el cambio no dio resultado; en tierras gaditanas tampoco había trabajo y hubieron de volver a Madrid, donde entró a trabajar como camarera-dependienta, experiencia que supondrá la inspiración principal para Tea rooms. Mujeres obreras. Esta obra es la reflexión de la autora sobre la desigualdad entre las mujeres y los hombres, tanto en el ámbito laboral como en el personal. Es una novela social femenina que supone el lanzamiento final de Luisa Carnés como autora principal de la narrativa de esta época. En este, la autora traza rasgos de personajes transgresores, los cuales se van a cuestionar la normativa de género que estaba impuesta socialmente.

En 1933, Luisa Carnés se posicionó definitivamente en relación con la mujer. La publicación de su última novela supuso un punto de inflexión en su trayectoria social y en su compromiso político y con la mujer. Poco antes de las elecciones, firma el artículo “Las mujeres no han votado”, en relación con el sufragio femenino. Los últimos tiempos, según la autora, la mujer ha introducido la política en sus temas de charla. Pero para ella esto no es suficiente: la implicación de la mujer con la política no debe ser pasiva, sino activa: la mujer debe investigar por su propia cuenta y liberarse de toda influencia. ¿A qué influencias se refiere? Principalmente, la del padre, el marido, el patrón de la fábrica o incluso el jefe de la oficina.

En su activismo político, Luisa Carnés mostró simpatía hacia Clara Campoamor, pues ambas coinciden en varios temas: tienen orígenes obreros, son socialmente frágiles pero de claras convenciones, se introducen en un mundo ajeno, hacen solas todo el camino, son muy buenas en sus respectivos campos y obtienen un gran prestigio y reconocimiento en su trabajo. Ambas apuestan por la dignificación de la mujer y por la justicia en la equidad de géneros. Nuevamente, utiliza la portada de su novela (Tea rooms. Mujeres obreras, en este caso) para adelantar próximos proyectos, como Pequeña burguesía y Madrid negro, de los cuales no tenemos noticias hoy en día.

La buena recepción de la crítica con Tea rooms. Mujeres obreras le permite a Luisa Carnés dedicarse a una de sus grandes pasiones, el periodismo. En marzo de 1934 ya aparece como colaboradora del Estampa, una de las publicaciones en las que ya había aparecido con uno de sus cuentos. En la competencia, en Crónica, la que publica es Josefina Carabias (1908-1980), quien, junto con Magda Donato (1898-1966), se cree que fueron los dos modelos que siguió la autora en su labor periodística. Con cada nueva colaboración asume un mayor compromiso político y firma un manifiesto, junto a muchos intelectuales españoles, para liberar a Ersnt Thaelmann, un dirigente alemán que permanecía detenido por los alemanes nazis. La mayoría de los intelectuales de la época adoptaron posiciones comprometidas socialmente. Luisa Carnés no será una excepción y desde épocas tempranas se la vincula con el PCE. Va a formar parte de un grupo de mujeres intelectuales que despuntará desde antes de los años veinte por su labor literaria y periodística.

Con la irrupción del Frente Popular, se implicó aún más en la acción política, lo que la llevó a apoyar mejoras sociales y políticas del nuevo gobierno que buscan la equidad. Clara Campoamor, como presidenta de la Unión Republicana Femenina en las Cortes Constituyentes defendía la igualdad en lo político y en lo civil de ambos sexos. Era apoyada por “María Martínez Sierra, Concha Espina, María de Maéztu, Matilde de la Torre, Matilde Muñoz, Consuelo Berges, Magda Donato, Halma Angélico, Rosa Arciníegas, Matilde Huici, Rafaela Jiménez de Quesada, Elena Fortún, Victoria Durán, Matilde Ras, Luisa Trigo, Eulalia Vicenti, Josefina Carabias, Carmen Karr, María Teresa León, Trudy G. de Araquistán, Consuelo C. de Gordón Ordax, María Eugenia Hernández Iribarrin, Benita Asas Manterola, Isabel Martínez de Albacete, Nieves Pí, Teresa M. de Suárez Riva y Luisa Carnés.” (Carnés, 2017: 235).

La protagonista de Tea rooms. Mujeres obreras es una joven madrileña, pobre, que trabaja en un taller para ganarse la vida. Las principales reivindicaciones de esta obra son las difíciles condiciones de las que gozan las mujeres trabajadoras y los obstáculos económicos, laborales y sociales que deben afrontar.

El golpe de Estado del 18 de julio coincide con la estancia de Luisa Carnés en Madrid y, junto a su trabajo en Estampa y Ahora, empezó a colaborar con Mundo Obrero, del PCE y con Altavoz del Frente. La actividad militante de los intelectuales se canalizó a través de la cultura y de sus diversas manifestaciones con una clara función propagandística del régimen republicano; Luisa Carnés colaboró tanto con su labor literaria como con la periodística.

Temiendo la caída de Madrid, el gobierno cambió la capital, primero a Valencia, y después a Barcelona; y la autora viajará junto al mismo. Sigue colaborando en esta época con Estampa, Ahora y Frente Rojo intentando dar una visión diversa del universo femenino. Escribe sobre varios asuntos, pero se centra en aquellos relacionados con la mujer. Es un tema recurrente junto con la preocupación por los alimentos, la vida de los refugiados y la situación de los niños. Empieza a colaborar con La Hora (publicación valenciana) y probablemente también con Verdad (órgano valenciano del PCE). Se mantiene en la capital catalana hasta apenas unas horas antes de la entrada del ejército de Franco.

En su libro de memorias (Carnés, 2017) va a describir las condiciones, lamentables, en las que los republicanos españoles avanzan hacia la frontera con Francia. Habla de comedores colectivos, fortificaciones, de la presencia de moros en Barcelona y, sobre todo, de la gente con la que compartió el viaje y la experiencia.

Finalmente, tras una época en un campo de refugiados en Francia, el gobierno mexicano da visados sobre todo a intelectuales exiliados españoles. Así, Luisa Carnés llega a México junto a su marido e hijo. En el país centroamericano empezará a colaborar en publicaciones del exilio, como Romance, Ultramar o Ars; y en publicaciones relacionadas con el PCE como España Popular, Reconquista de España, Nuestro Tiempo, Mujeres Españolas, España y la Paz y Juventud de España. Entre 1933 y 1939 se han contado unas trescientas colaboraciones de la autora.

En 1945 publicó una biografía de otra gran autora española, Rosalía de Castro (Carnés, 2018); el título de la misma habla de las conexiones entre ambas autoras: “la raíz como elemento que une intensamente al ser que aflora en la superficie con las oscuras y vastas profundidades que le proporcionan alimento, la pasión como fuerza motriz para una actividad constante de creación e intervención en la realidad y en las estructuras invisibles que tejen la comunidad, y pueblo como representación de amor al otro colectivo que transforma a la artista en intérprete o traductora de los anhelos de tantos seres anónimos que no tienen ni tendrán jamás voz en la Historia” (Carnés, 2018: 11). La publicación de esta obra probablemente se deba al proyecto de colección editorial de “Vidas Españolas e Hispanoamericanas” de la editorial Rex.

Dos años después, entre 1947 y 1948, escribe Juan Caballero, que no publicará hasta 1956; esta se centra en la acción guerrillera de los republicanos de la retaguardia del Estado franquista. Entre 1939 y 1951 trabaja en varios libros, como La camisa y la virgen (1930-1947), el cual se compone de cuatro relatos cortos: La camisa y la virgen (1954), La Aurelia (1930-1947), Ana y el gitano y Un día negro (1941). También seguirá con Olor a santidad, la cual comenzó entre 1931 y 1936, y que acabó en el exilio.

Siguió escribiendo cuentos constantemente. En 2017 la editorial Hoja de Lata publicó una recopilación de estos (Carnés, 2017), que se dividen en cuatro grupos: los referentes a la República, que son “Los mellizos”, “Una mujer fea” y “[Olivos]”; los de la guerra y la posguerra, que son “En casa”, “La chivata” y “Sin brújula”; los de temática mexicana, que son “El álbum familiar”, “La mulata” y “El ujier”; y los de temática internacional, que son “Momento de la madre sembradora”, “Aquelarre· y “El señor y la señora Smith”; además utilizaron una de sus publicaciones de La Voz, “En el tranvía”, como preludio. Más recientemente, se ha publicado los cuentos completos en la editorial sevillana Renacimiento.

La situación de Luisa Carnés, y de todos los exiliados en México, empezó como algo temporal y mantenían la esperanza de poder volver a casa. Pero los pactos de septiembre de 1953 acabaron con estas esperanzas (la de la vuelta de los exiliados, por un lado, y de la democracia, por otro, a España). La autora se resigna a seguir en el exilio y continúa escribiendo. La época entre 1951 y 1964 (fecha de su muerte) fue de gran productividad.

A esta época pertenece la que es la producción dramática de Luisa Carnés (Carnés. 2002). Esta se compone de tres obras: Cumpleaños (1951) trata temas como el adulterio, el matrimonio y la maternidad; Los bancos del Prado (¿1953?) refleja a través de sus personajes los aspectos de la realidad franquista; y en Los vendedores de miedo (¿1951-1953?), la autora trabaja la responsabilidad colectiva en la lucha en contra de sistemas políticos.

Muchas de las obras de esa época seguían inéditas hasta hace poco (la editorial Renacimiento ha editado en dos volúmenes todos sus cuentos [Carnés, 2018 a y b]) como La puerta cerrada (1956), que trata sobre la revolución mexicana, y que quedó como un fragmento. El eslabón perdido (1957-1958) fue la primera obra de Luisa Carnés editada en España. Desde 1960, la autora se centra en temas como la segregación racial, la condición de la mujer y el antibelicismo.

Un accidente de tráfico el 12 de marzo de 1964 en México nos privó de una de las mejores prosistas de la literatura española reciente.

Luisa Carnés, autora y protagonista del reportaje «Una mujer busca trabajo», en el número del 5 de mayo de 1934 de la revista Estampa

Una de las obras más interesante y representativa de esta autora es Tea rooms. Mujeres obreras y no hay mejor concepto por el que empezar a hablar y a analizar una novela que los leitmotiv que la atraviesan. Los leitmotiv principales de la novela son tres: la sociedad española de los años 30, la política y la situación de la mujer.

El tema de la sociedad se puede vislumbrar a partir de varios apartados, que a su vez podrían comprender un estudio antropológico de la misma a través de la perspectiva de una camarera. Desde un principio, Luisa Carnés menciona los signos de la pobreza, como cuando habla de los “pies […] mojados” o el “paraguas sin puño” (Carnés, 2017: 13) o dice que “los zapatos de Matilde son dos depósitos de agua llovediza” (Carnés, 2017: 15). Por otro lado, comenta cómo se educa a los niños, tanto en la casa como en la escuela, comparando a aquellos niños cuyos padres se pueden permitir mandarlos a un buen colegio, “una escuela higiénica” (Carnés, 2017: 18). Las condiciones que sufren las personas de clase obrera les obliga a trabajar muy pronto, tal y como le sucedió a esta autora, y eso lleva a la juventud perdida de todos esos hombres y mujeres, lo que hace que Matilde sienta nostalgia cuando ve a unos jóvenes paseando y hablando en voz alta (Carnés, 2017: 24), totalmente despreocupados y ajenos a todas las inquietudes a las que la gente como ella tiene que hacer frente todos los días; todo esto provoca en ella una sensación de amargura y de añoranza por las oportunidades perdidas. Esta misma situación, la comparativa de la gente que pasea por la calle con su propia experiencia, lleva a Matilde a sentir una inseguridad provocada por la pobreza en la que vive ya que, según sus mismas palabras, hay una chica que “se levanta y camina con una gracia de movimiento, de seguridad en sí misma, con que Matilde no ha caminado nunca” (Carnés, 2017: 25); esto bien puede tomarse como símbolo de las inseguridades propias de las mujeres. Otro de los temas sociales que podrían servir de estudio antropológico es la división del público entre aquel “público bien” y el “público de los días festivos” (Carnés, 2017: 35) según el cual se les va a ofrecer uno u otro servicio, unos u otros dulces, etc. Pero Luisa no solo hace esta división en cuanto al público, sino que la hace en cuanto a la sociedad en general, el “ellos” frente al “nosotros”: “ellos” se valen de “nuestra” necesidad para ponernos entre la espada y la pared en un caso de huelga (Carnés, 2017: 39); “Ricos y pobres. Siempre dos polos” (Carnés, 2017: 43); “su definición de la sociedad: «los que suben en ascensor y los que utilizan la escalera interior», se ha consolidado” (Carnés, 2017: 77).

Un retrato de la sociedad que marca la autora es el de las costumbres como impulsoras de la estaticidad de la sociedad, cuando habla de los “aforismos tradicionales, encargados de convencerla de su error y de la inmutabilidad de la sociedad hasta el fin de los siglos” (Carnés, 2017: 43), por lo ya comentado se demuestra que esto no es algo en lo que Luisa crea. Las malas condiciones laborales que se mencionan a lo largo de la novela invitan a pensar en un término muy común hoy en día, el pluriempleo, pues el personaje de Esperanza es el que va a servirle a Luisa para ejemplificar este hecho ya que esta tiene que trabajar tanto en la pastelería como limpiando en unas oficinas de Gran Vía con lo que apenas saca para vivir y opta por robar algunos restos con los que alimentarse en la pastelería, y algún material de oficina que colocar en el barrio (Carnés, 2017: 49). Algo común en las obras de muchos autores y autoras de la literatura universal es la importancia de las apariencias que se dan en ciertos estratos de la sociedad, como cuando Luisa habla de una madre y su hijo, la primera “ante todo es una señora distinguida y sabe cubrir las apariencias como cumple a una persona de su condición” (Carnés, 2017: 64), o como cuando la madre de Laurita justifica que esta entre a trabajar como castigo por no estudiar, pero es en realidad porque no pueden pagar los libros y las academias, algo que jamás aceptarían en público (Carnés, 2017: 91) o, incluso, cuando ante un caso de aborto que se ha complicado lo que más le preocupa a la madre de la fallecida es lo que diga la gente y no que su hija se haya muerto (Carnés, 2017: 202). Algo que apenas se nombra pero que está presente en casi toda la obra son las relaciones sociales, ilícitas, que tienen algunos personajes, no es hasta que Matilde descubre la realidad de una de estas que se dice, “¿Pero tú creíste en serio que el viejo es su padre?” (Carnés, 2017: 84), “es difícil acostumbrarse a ciertas cosas” (Carnés, 2017: 87), y aun así no se llega a mencionar ninguna palabra explícita. Algo que va a perdurar, a pesar de todo, en la novela es la esperanza, y esta se ve cuando a casa de Matilde llega una carta con una propuesta de trabajo “al atardecer a abrir una amplia perspectiva en la mente de estos pobres niños” (Carnés, 2017: 16) o cuando la autora dice que “a la oscuridad le brotan resplandores de luz” (Carnés, 2017: 107).

Además de la sociedad, otro de los temas que más preocupa a Luisa Carnés y que va a constituirse en un leitmotiv de Tea rooms. Mujeres obreras es la política. Tal y como se ha mencionado anteriormente, la autora fue una militante activa y fueron políticos los motivos que la hicieron exiliarse; y todo esto se va a reflejar en su obra. Se ve ya desde un principio cuando la propia autora copia las palabras de los revolucionarios “«¡Viva Rusia!», «¡Obreros!» Preparaos contra la guerra imperialista” (Carnés, 2017: 14); a pesar de las opiniones de algunos personajes sobre la gravedad del asunto, Luisa Carnés, a través de su alter ego Matilde, deja entrever que no considera tan serio el asunto y que es legítimo que se pueda entonar La Internacional en público. Otra de las apariciones de este tema se da cuando la autora va a hacer una crítica a la situación de la clase trabajadora “«Una» no tiene más que medio día cada semana, es decir, cinco horas de asueto por cada sesenta y cinco de trabajo” (Carnés, 2017: 36); o como cuando reivindica las condiciones laborales, en “Lo único eficaz sería elevar a la dirección una protesta colectiva” (Carnés, 2017: 42). Por otro lado, critica la falta de acción de la misma clase trabajadora, la pasividad de los empleados, en “Los problemas de orden «material» (social) no han adquirido aún bastante preponderancia entre el elemento femenino proletariado español” (Carnés, 2017: 43); o en “Ya no falta más que rebajen los salarios y aumenten la jornada de esclavitud; y contando con la pasividad de las empleadas es de temer que lo intenten el mejor día” (Carnés, 2017: 59); pues, tal y como dice Simone de Beauvoir: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Esta pasividad no es total, por supuesto, y Luisa está dispuesta a comentar cada uno de los intentos de los obreros por mejorar sus condiciones, como el intento de rebelión por parte de los trabajadores de la pastelería cuando “Se habla de elevar una queja a la Dirección. Probablemente, todo se quedará en palabras” (Carnés, 2017: 55). Pero si hay algo que Luisa Carnés tuvo siempre muy claro, y que Matilde como su alter ego (con más o menos pasividad) también conoce es su propia situación, “Matilde siente como nunca el peso de su condición de explotada” (Carnés, 2017, 81), y es esta misma conciencia de la situación la que va a llevar a la autora a actuar en la militancia.

Se reflejan en la obra las escaramuzas revolucionarias típicas de la época, como en “Lo cierto es que el público que salía de un cine, de asistir al estreno de una película soviética, ha dado gritos subversivos… – Nada de gritos subversivos; no se ha hecho otra cosa que dar un viva Rusia y comenzar a entonar La Internacional. – ¿Le parece a usted poco?” (Carnés, 2017: 95); y al igual que estas escaramuzas, se persiguen las ideas avanzadas, “Su hijo único, un joven de veintitantos años, profesa ideas políticas «avanzadas», por lo cual sufre innumerables persecuciones” (Carnés, 2017: 105). Pero, dentro de las condiciones laborales precarias de los trabajadores, hay algunos que cuentan con ciertos privilegios, “Se le conceden ciertos privilegios sobre el resto de los empleados de la casa; goza de una bonificación en el jornal, y de cuatro horas de asueto por cada cuarenta y ocho de trabajo” (Carnés, 2017: 106). Otro tema es el de la cárcel, que ya llevaba un tiempo siendo el hogar de muchos por motivos políticos, “«No te apures, papá; ya ves que estoy bien. Saldré pronto. Cuídate tú, que hace mucho frío”; y aquí vemos que los presos no eran auténticos criminales, pero pensaban distinto que el gobierno que mandaba en la época.

Y por último, pero no menos importante, leitmotiv se encuentra el tema del género, y como tal la situación de la mujer en general, y de la mujer obrera en particular. Desde un principio, Luisa Carnés va a hablar de “Mujeres de los más varios tipos y edades” (Carnés, 2017, 11), lo que lleva a la multiplicidad de roles que existen en el ente que hasta el momento se había denominado “mujer” y que, desde la tercera ola del feminismo, se ha comenzado a denominar “mujeres”, pues somos muchas y plurales. Preocupada por el trato que recibían estas, desde un principio señala las circunstancias que viven, por ejemplo, en entrevistas laborales “Señorita: Le agradeceré me envíe su retrato y me diga su edad, si tiene familia y si ésta reside en Madrid” (Carnés, 2017; 16) y muestra su rechazo ante estas, “Fíjate bien: para escribir a máquina hace falta tener una edad determinada y un cuerpo bonito: ¿crees que una mujer independiente está más capacitada para resolver un problema aritmético que una hija de familia? ¿No adviertes que ese M. F. internacional lo que desea es una muchacha para todo?” (Carnés, 2017: 17); y es que, a pesar de todo, existe un machismo interiorizado que afecta a hombres y mujeres, “Sí dices eso, madre. Contra tu propia voluntad, contra tu añejo concepto de las cosas, dices, sientes eso” (Carnés, 2017: 17). Uno de los rasgos del machismo es la reclusión de la mujer en la cocina, tanto dentro como fuera del hogar, “Mujeres: la que friega los platos y vasos; la que prepara los «emparedados», la que atiende los pedidos de los camareros” (Carnés, 2017: 27). Y uno de los métodos en contra del machismo es dar voz a las mujeres, como en algunos fragmentos en los que la voz de la narradora deja paso a la voz de algunos de los personajes femeninos, “Es lo que va una a sacar en limpio” (Carnés, 2017: 49) o en “Todo el mundo hace lo mismo. El que no roba es porque no tiene de dónde” (Carnés, 2017: 49), que puede no parecer muy importante pero que significa un cambio importante en la visión que se tiene de las mujeres, que estaban en una posición pasiva (eran personajes a los que les ocurren cosas) y pasan a una postura activa (van a ser personajes que muestran por su propia voz sus pensamientos). Desde el pensamiento machista se ha hablado siempre de la mujer como un ser notablemente sensible, vinculado a la naturaleza, y esto se refleja en la obra cuando Luisa nos habla de que “[la mujer] no posee sobre la tierra otro patrimonio que sus lágrimas, y por eso tal vez las prodiga” (Carnés, 2017: 43), y del cual la protagonista se va a desmarcar, “Matilde constituye una de esas raras y preciosas desviaciones del acervo común” (Carnés, 2017: 43).

Si hay algo que el feminismo ha criticado desde sus principios son los peligros que corren las mujeres por andar solas, “una mujer joven que transita por las calles a tales horas se expone a ser víctima de innumerables incidentes en estos países donde se cultiva la prostitución” (Carnés, 2017: 56) y, por lo tanto, el marido (la compañía masculina protectora) se convierte en una figura de poder respecto a la mujer, “antes de formular el pedido en firme al camarero solicitaba con los ojos al esposo un signo de aprobación” (Carnés, 2017: 63), lo que incide muchas veces en la infantilización de las mujeres, como seres incapaces de decidir por sí mismas. Luisa Carnés cree que todo esto debería cambiar, pero es muy complicado cuando en tantos espacios la mujer se presenta como un ser subordinado al hombre, “En las oficinas y en las fábricas y en los talleres y en los comercios, y en todas partes donde haya mujeres subordinadas a hombres” (Carnés, 2017: 88). Por otra parte, el enfrentamiento entre mujeres por un hombre es una constante en las obras (literarias, musicales, cinematográficas) y esto es solo un reflejo de una realidad que culpa antes a una mujer que a un hombre, como en el caso del adulterio de Cañete hacia su mujer y la reacción de esta, que se salta al susodicho, y va a por la encargada de la pastelería, “La mujer de Cañete está tan pálida como la encargada. Sus ojos, secos, brillan de indignación. Titubea al hablar. Es la esposa legal de Cañete, y la otra, la querida de su marido, le pregunta simplemente: «¿Qué quiere?»” (Carnés, 2017: 98); o en “¡Esa puta! ¿Sí, una puta! ¿Una tía golfa!” (Carnés, 2017: 140) y es que es más fácil culpar a la otra que enfrentar al hombre del que dependes social y económicamente.

En conclusión, leamos a aquellos que han sido invisibilizados, por un motivo o por otro. Veamos nuevas perspectivas que nos enseñen a apreciar los hechos desde un punto de vista diferente.

 

Bibliografía

  • Almanzora, Juan de (seudónimo de Juan López Núñez): “Mujeres de hoy [Luisa Carnés]. La novelista que, por ahora, gana su vida escribiendo cartas comerciales”. Crónica, Madrid, 20 (30 de marzo de 1930), p. 9.
  • Cabeza, Fidel: “Luisa Carnés, la novelista más joven de España”. El nuevo día, Cáceres, 29 de abril de 1930, p. 5.
  • Carnés, Luisa: Cumpleaños. Los bancos del Prado. Los vendedores de miedo, Publicaciones de la Asociación de Directores de Escena de España, Madrid, 2002.
    • De Barcelona a la Bretaña francesa. Memorias, Biblioteca del exilio, Sevilla, 2017.
    • Trece cuentos (1931-1963), Hoja de Lata, Asturias, 2017.
    • Rosalía. Raíz apasionada de Galicia, Hoja de Lata, Asturias, 2018.
    • Rojo y gris, Ediciones Espuelas de Plata, Sevilla, 2018.
    • Donde brotó el laurel, Ediciones Espuelas de Plata, Sevilla, 2018.

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