“La espía roja”. Se acabó el juego.

por | Jun 7, 2019

“La espía roja”. Se acabó el juego.

por

La espía roja

Dirección: Trevor Nunn

Reparto: Sophie Cookson, Judi Dench, Tom Hughes, Stephen Campbell Moore

Duración: 103 minutos

Cuando Melita Norwood se levantó de la cama el 11 de septiembre de 1999, en el jardín de su casa había periodistas de todo el mundo haciendo guardia. “Se acabó el juego” pensó la jubilada, mientras bajaba las escaleras para prepararse el desayuno. Para sus asombrados vecinos de Bexleyheath (Londres), Norwood era solo una frágil abuela de 87 años. Para sus supervisores de la KGB en Moscú, que la conocían con nombres en clave como Hola o Tina, era algo muy distinto: una de las espías más longevas que jamás habían tenido a su servicio —permaneció en activo entre 1937 y 1973—, y la mujer responsable de proporcionar a la Unión Soviética todos los secretos relativos al programa atómico británico. Como ella misma confesó en cuanto su historial salió a la luz, no lo hizo por dinero, sino por ser una ferviente defensora de las mejoras sociales que el experimento soviético prometía y porque pensaba que era inaceptable que Occidente tuviera una ventaja tan grande sobre la URSS como la posesión exclusiva de armas nucleares. Su vida y sus motivaciones han sido la inspiración esencial de La espía roja, un drama protagonizado por la actriz y escritora británica Judi Dench. 

La película de Trevor Nunn ambienta buena parte de su relato en los primeros compases de la Guerra Fría, partiendo de un personaje real, la funcionaria y espía Melita Norwood, enteramente ficcionado ya por la intermediación literaria de la novela Red Joan de Jennie Rooney. Nace, de esta manera, Joan Stanley, personaje que es representado desde la primera escena como una adorable anciana con la que el espectador no tardará en intimar a través de la narración de su juventud. Es necesario advertir que hay un gran proceso de trasvase de la realidad histórica en la novela y, por lo tanto, en la pantalla. La historia parece adaptada para que los receptores traten de entender mejor a la espía y se orienta en temas tan humanos como la devastación de las bombas nucleares y la supremacía de la vida por encima de las patrias. La película trata de justificar, de esta manera, una historia intentando desvirtualizarla de cualquier ideología, volviéndola, quizás, más mansa y tratable hoy en día.

El drama se compone de los saltos temporales que realiza la acusada de espionaje para tratar de montar su defensa alegando las circunstancias emocionales que pudieron alentarla en su día. Movida por el amor y la humanidad de una joven que tan solo quiere salvar vidas a través de la ciencia, y no quitarlas, conforma la biografía de un personaje que, alejando en este punto completamente la historia real de la ficticia, en ningún momento se mueve por ideologías o creencias irracionales. Propone, de esta manera, un debate que parece haber estado vigente desde los comienzos de la humanidad. Y este no es otro que los desastres de la guerra, y la falsa creencia de que una potencia como puede ser un país tiene que establecer su hegemonía mediante la muerte y destrucción de las personas con una nacionalidad diferente. Se puede entender también como un grito por parte del mundo de las ciencias contra la utilización de sus descubrimientos para causar horror en la población. La ciencia, según Joan, tan solo tiene que servir para hacerle la vida mejor a las personas, no para quitársela.

Tendrá el apoyo de distintos personajes, pero también el engaño de muchos. Se advierte a lo largo de la trama un cambio de roles entre sus amigos de la Universidad y a quienes ve como sus enemigos al comienzo de su vida laboral. La obra conforma un numeroso grupo de personajes redondos que, gracias a los acontecimientos históricos en los que se verán sumergidos, modificarán sus pensamientos y sus propósitos.

La espía roja, por lo tanto, supone el rescate de una vieja historia que saca a la luz debates del siglo pasado que, más que solucionados, han quedado apartados. La película parece gritarnos una y otra vez que quizás ya sea hora de que, como seres racionales, le pongamos fin de una vez por todas. 

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