Milímetros es igual a verdad. “Girasoles silvestres”, de Jaime Rosales

por Nov 6, 2022

Milímetros es igual a verdad. “Girasoles silvestres”, de Jaime Rosales

por

Girasoles silvestres

Dirección: Jaime Rosales

Guion: Bárbara Díez y Jaime Rosales

Reparto: Anna Castillo, Oriol Pla, Quim Àvila, Lluís Marqués

Duración: 107 minutos

Quien esto escribe llegó a la obra de Jaime Rosales en 2014 viendo Hermosa juventud, y volviendo otras dos veces a la sala, los dos días siguientes, para ver de nuevo aquello que tanto le había impactado esa primera vez. Sí, no podía creerse que aquella Ingrid García Johnson y aquel Carlos Rodríguez hubieran mimetizado hasta la excelencia los modos de hablar y los modos de ser de esos a quienes interpretaban, a saber, jóvenes anónimos —cualquier Natalia, cualquier Carlos, respectivamente— en un barrio obrero azotado por la crisis económica, y entonces luchando ambos por estirar el cuello y coger algo de aire entre las confusiones del amor veinteañero, sobre todo cuando este está zarandeado por la dependencia familiar, el desempleo, el desamparo y la necesidad de delinquir.

Rosales contaba la verdad: la verdad del gesto, la verdad del habla, la verdad de las miradas, la verdad del llanto, la verdad de la violencia, la verdad de la buena o de la mala comunicación, y finalmente la verdad de la fuerza pese a todo. Para quien esto escribe, Hermosa juventud supone la cima del cine español de este siglo, junto al cortometraje Suc de síndria (2019), de Irene Moray. Ambas cintas nos hablan de la verdad tanto personal como social desde un punto compartido, esencial: los sentidos. Ambas obras se exponen mediante unos modos narrativos siempre pendientes del detalle y del instante, pues sus autores están convencidos de que es desde ahí, desde lo concreto —la piel, la carne—, desde donde de verdad pueden empezarse a pensar los problemas, y así sus soluciones. Cine muy bueno y muy valioso.

Girasoles silvestres (2022), la nueva película de Rosales —y de Bárbara Díez: coescritura, producción—, nos conduce de nuevo hasta la mezcla de amor joven y precariedad, hacia las trincheras, los abismos y las redenciones de dicha mezcla en la España actual, ahora la del feminismo: aunque aún presente, en la narrativa del nuevo film pierde contorno el fantasma de la crisis de 2008, dando paso al marmoleo octópodo del machismo.

Sin embargo, pese a ese cambio de trasfondo, el mosaico de clarividencia mimética continúa, porque Rosales es un director obsesionado por el ser coloquial, y ahora todo el poder de esa visión lo centra en la matización transcendente de las masculinidades tóxicas: los gestos y la dicción del egoísmo, de la autoindulgencia, de la manipulación, del desentendimiento, de los celos, de la violencia. Rosales y Díaz afrontan —sin la explicitud de una tesis, es decir, se cuenta el problema social con equilibrio entre la idea teórica y la ejecución lírica— la escurridiza anotación de las miniaturas psicológicas y físicas del machismo. Al respecto, es claro el magisterio que desde su estreno en 2003 ejerce Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín.

En la cinta de Bollaín latía una idea clara: la cotidianeidad transparenta el problema, es decir, si se estudia el milímetro gestual de los implicados —nos lo permite el cine, la literatura—, descubriremos el centímetro psicológico, y así sucesivamente hasta llegar al metro de la vida personal y familiar y ya al kilómetro de la lacra social. Laia Marull dio entonces la medida del sufrimiento, y Luis Tosar la del cortocircuito mental del agresor machista. En Girasoles silvestres, también los actores son el núcleo del relato: hay que atender al milímetro de sus interpretaciones, pues en esa sucesión de milímetros está la historia que se cuenta, mucho más que en los mismos progresos de la trama. Por encima de una historia, se quiere una psicología. Así pues… milímetros de mirada, milímetros de mueca, milímetros de voz, milímetros de silencio, milímetros de grito, milímetros de caricia. El milímetro es igual a la verdad.

Anna Castillo borda la feminidad de Julia, y Oriol Pla, Quim Àvila y Lluís Marqués bordan las masculinidades respectivas de sus personajes, tan distintos, cada uno ofreciendo un espectro psicológico diferenciado. En especial, la interpretación de Oriol Pla queda en la retina: es sorprendente cómo consigue integrar, y así entregar, los matices concretísimos de la masculinidad más compleja y radical de la película, la de un lobo feroz canónico, a saber, alguien que va de la melosidad —autoengañada, enferma, basada solo en la conveniencia y en un romanticismo podrido— al mordisco —asqueroso, sin más—. La interpretación por parte de Pla de esa primera mitad —la de la melosidad conveniente— es escalofriante por exhaustiva, y a quien esto escribe le gustaría charlar con el actor, para saber cómo ha llegado a semejante cota de perfección con un papel así —qué hombres ha estudiado, qué tipo de notas ha tomado—. Estos cuatro intérpretes, junto a Rosales y Díaz, han construido una película consciente, certera y reveladora.