Narrar el desconcierto. “Tiza roja”, de Isaac Rosa
Isaac Rosa, Tiza roja
Barcelona, Seix Barral
409 páginas, 19,50€
Aunque muchas de las principales voces narrativas actuales se hayan gestado en el ámbito del relato corto, las novelas siguen colonizando las mesas de novedades de las librerías y la producción de los autores. Tiza roja es el primer libro de cuentos de Isaac Rosa (Sevilla, 1974), escritor con ocho novelas en su haber y conocido por su prolífica actividad como columnista. La huella de estas dos labores, en las que el autor se maneja con fluidez, se hace patente en los cincuenta relatos que componen este volumen.
Tiza roja constituye una selección del extenso conjunto de narraciones que el escritor publicó durante varios años en dos medios de comunicación digitales. La influencia del periodismo se extiende más allá del contexto de creación de los relatos y de su organización, semejante a la de las secciones de un diario (Política, Sociedad, Sucesos, Economía…). Definidos como “cincuenta intentos por contar qué nos pasa”, el mundo posible que construye cada cuento invita al lector a una reflexión profunda sobre las vicisitudes de la contemporaneidad. La obra se fundamenta en la noción de que la ficción proporciona una nueva óptica desde la que mirar la realidad, por lo que la reflexión resultante del ejercicio de la lectura sea quizás el primer paso para cambiar el mundo.
El relato que da título a la obra adelanta su evidente voluntad crítica. En “Tiza roja” encontramos una defensa del poder real del activismo y de su capacidad para generar un debate social fructífero, una de las ideas centrales del libro, presente también en el argumento de “Movimiento de las estatuas”, “Tengan ustedes un buen día” e “Instrucciones para cerrar El Corte Inglés en día de huelga”.
Pero, ante todo, los relatos de Rosa destilan interés por hacer visible lo invisible, por promover la conciencia ante la sinrazón de las injusticias y las debilidades de un sistema que ya nadie parece cuestionar. Los personajes y las situaciones que Rosa construye sorprenden precisamente por la cotidianidad con la que asumen la excepcionalidad de su condición vital. El impacto tiene lugar cuando el lector reconoce la cercanía entre lo aparentemente inverosímil de lo narrado y su violenta realidad. En las páginas de Tiza roja habita todo un crisol de seres anónimos (muchos de ellos, además, carecen de nombres y apellidos) y perfectamente reconocibles por el lector: trabajadores humillados por sus superiores (“Toda esa furia” y “Gracias, amigo invisible” retratan los abusos del mundo laboral) e ignorados por gran parte de la sociedad (las empleadas del hogar de “Confianza” y el portero de “Finca con portero”); mujeres desbordadas y necesitadas de hermandad y aliento (destaca el conmovedor final de “Patio de luces” y el hambre de comprensión de la protagonista de “Ropa limpia”); hombres superados por los atascos interminables con los que han pagado el sueño de la clase media (es impactante la indolencia del padre en “Bus-VAO”); parados incapaces de afrontar su condición (“Check out”); familias ahogadas en la imparable precariedad habitacional (esbozadas entre el humor y la tristeza en “Home” o en “Céntrico, dos habitaciones, fenómenos paranormales”).
Rosa nos regala todo un acervo de personajes de una normalidad extraordinaria y denuncia a través de ellos algunos de los conceptos y polémicas más recientes, como la cuestionable legitimidad y veracidad de las opiniones en las redes sociales y el poder de los ofendiditos (a Lucía Lijtmaer, que utilizó este apelativo como título de un brillante ensayo, le encantarían “¡Que le quiten el lazo!” y “Somos gente pacífica”), la vileza de Occidente frente al drama de la inmigración en «Se ha perdido un niño», uno de los cuentos más emotivos; o el machismo como lacra social, tema del brillante “Cata a ciegas”. Se trata de cuestiones no abordadas por la narrativa contemporánea con la potente intención crítica con la que Rosa las plantea. Tiza roja se sitúa, por tanto, en la misma línea de combate que sus novelas más recientes, especialmente La mano invisible (2011) y La habitación oscura (2013).
No es este el único nexo existente entre los relatos y la producción novelística. El autor demuestra su talento poniendo en juego técnicas narrativas empleadas en sus obras anteriores. La presentación en forma de enumeración acumulativa que aparece en “Movimiento de las estatuas” sustenta también la estructura de los capítulos de La mano invisible, y el narrador en segunda persona que apela directamente al lector, presente en varios cuentos, es el mismo tipo de voz que construye La habitación oscura. Igualmente, “Cuento de miedo” propone el mismo tema que la novela El país del miedo (2015), el terror como negocio y su injerencia en la vida de una familia de clase media. Por su parte, el juego de voces narrativas identificadas mediante los paratextos que leemos en “Check out” y “La seducción”, así como los movimientos bancarios como metáfora de un recorrido vital, aparecen en Feliz final (2018).
Señala Rosa en el prólogo a Tiza roja que “la llamada ‘crisis’ de la última década ha sido también una crisis de relato (individual o colectivo), la pérdida de una narrativa propia que contarnos”. No es casual que otros títulos reseñables del 2020 discurran por estos mismos senderos. La protagonista de Un amor, de Sara Mesa, considerada por la crítica como la mejor novela del pasado año, busca desesperadamente un discurso perdido. Por su parte, Irene Vallejo reclama en El infinito en un junco, Premio Nacional de Ensayo 2020, la necesidad de reencontrar en los clásicos los relatos inmortales que el mundo actual parece haber olvidado. La realidad reclama a la ficción más que nunca porque los tiempos convulsos necesitan un discurso que los narre, e Isaac Rosa nos ofrece en sus cuentos una colección de ficciones que nos aproximan a la ilusión de encontrar la palabra justa en la desesperanza.
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Clara Pablo Ruano realiza el doctorado en Estudios Lingüísticos, Literarios y Teatrales sobre narrativa del siglo XXI en la Universidad de Alcalá, donde también imparte docencia. Es profesora de Lengua Castellana y Literatura y de Literatura Universal en el IES Rey Fernando VI de San Fernando de Henares.

