Recordar claramente como nunca fue. «Los nombres propios», de Marta Jiménez Serrano
Marta Jiménez Serrano, Los nombres propios
Madrid, Sexto Piso
232 páginas, 17,90 euros
Decía Virginia Woolf que la palabra yo no es más que un término útil para referirse a alguien que no existe. Con esta cita es con la que abre Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) su opera prima: Los nombres propios (Sexto Piso, 2021). A priori pudiera parecer que la autora pretende advertir la lejanía que existe entre los hechos reales y su novela, tratando de alejarse de comentarios o reseñas –como esta– que puedan meterla en el tan denostado saco de la autoficción. Sin embargo, esta cita tan poco inocente adelanta desde el principio uno de los aspectos por los que pasará la novela: ¿quién es yo sino un conjunto de infinitas identidades?
Arranca de esta forma una novela inusual, con una elección de voz narrativa más que acertada. Esa segunda persona que utiliza Belaundia Fu –la amiga invisible de la protagonista– le aporta al texto una riqueza significativa permitiendo la involucración del lector en lo que funciona a veces como un sinfín de acusaciones. Acusaciones al personaje, Marta, por las veces que se equivoca o se acerca a quien no debe. Acusaciones al lector, que no puede dejar de sentirse interpelado al recorrer esos lugares comunes de la infancia por los que se ha movido toda una generación. Jiménez Serrano se atreve a entrar sin protección en lo que todo el mundo conoce pero pocas veces nombra, dentro de toda esa conciencia infantil que, sin ponerle nombre propio, todos compartimos.
El tiempo de la narración aparece perfectamente medido. La novela comprende la vida de Marta –o más bien de ese sinfín de Martas que la componen– arrancando en la infancia, cuando es tan solo una princesa destronada por sus dos hermanos pequeños. Pronto esa niña se convierte en la adolescente demasiado preocupada que trata de sobrevivir con sus contradicciones –“El amor y la adolescencia: escuchar durante horas música que detestas con obsesión ciega.”– y que todavía no ha logrado ponerle el nombre exacto a las cosas, que aún sigue descubriendo cómo debe actuar en cada momento. Este proceso de conocimiento llega a su fin en el momento en el que la protagonista, ya adulta, siente que debe dejar todo atrás y reconocer lo que ha estado conociendo hasta ese momento en el que las opciones se le han agotado. El desamor y la muerte de un ser querido terminarán por empujar a Marta hasta ese punto de no retorno en el que los intereses que hasta entonces resultaban apasionantes han desaparecido.
Los nombres propios es una novela de aprendizaje compleja. Irónicamente su punto fuerte es el uso de la simplicidad de un discurso que se acerca sin tapujos a la ternura de la infancia. No solo se advierte la madurez del personaje a lo largo de las páginas, sino que se entrevé un largo proceso de gestación de la novela, demostrando en cada capítulo los años que han pasado desde las primeras anotaciones al texto que se ha publicado. Madurez que dentro de la ficción se advierte con el cambio de narradoras: la desaparición del principal apoyo de la protagonista, la amiga que hasta ahora se ha encargado de narrar su vida. Desaparece una vez que Marta pasa a ser Marta-Marta, una vez que logra advertir cuál es el nombre propio de las cosas. A pesar de que su significado vaya a variar muchas otras veces.
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Enrique Álvarez Villalobos es graduado en Estudios Hispánicos por la Universidad de Alcalá. Coordina la sección de Alrededores, de narrativa traducida, en esta revista. Actualmente cursa el Máster en Formación del Profesorado por la Universidad de Cantabria y el Máster de Formación e Investigación Literaria por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centra su trabajo investigador en literatura hispánica contemporánea.
