Voces y voces y voces. Sobre “Vibración”, de José Ovejero

por Mar 21, 2024

Voces y voces y voces. Sobre “Vibración”, de José Ovejero

por

José Ovejero: Vibración

Barcelona, Galaxia Gutenberg

363 páginas, 21,00 euros

José Ovejero firma con Vibración una novela sin duda interesante, por lo menos para mí, claro, que soy quien esto escribe. Y digo que es interesante por dos motivos: el contenido y la forma. Parece una tontería, ¿verdad? Pues no lo es. Contenido y forma… las dos caras de una misma moneda, la de la novela, la de la literatura, indivisibles y ambas ideológicas (a veces, ¡hasta políticas!). Decía Walter Benjamin en “El autor como productor” que los escritores revolucionarios son aquellos que entienden que su misión no es dar cuenta de la realidad, sino combatirla; o sea, no hacer de espectadores de la realidad, sino intervenir en ella (no se trata de reproducir situaciones, sino de descubrirlas). Y para participar en la realidad (para transformarla) hay que romper con los discursos y con las formas hegemónicas o, en otras palabras: revolucionar la forma literaria. No hay una manera otra de mirar la realidad (o el pasado) que no implique una manera asimismo otra de contarla, ¿verdad? También podemos sentenciarlo al revés: decir de otro modo es ya la transformación del objeto mismo de estudio. Pues eso, inseparables, contenido y forma, por mucho que cierto academicismo se empeñe en lo contrario. Benjamin decía muchas otras cosas en ese texto, como por ejemplo que la literatura mayoritaria –esa, sí, la anestésica– tiene la función “de encontrar en la situación política siempre nuevos elementos de entretenimiento para el público” o, en otro lugar, que el historiador materialista debe “disparar a los relojes” para “hacer saltar por los aires el continuo de la historia” y rescatar así las contradicciones, las rupturas y las tensiones borradas de la historia por el poder dominante.

Y es que yo pensaba en Benjamin mientras leía Vibración, porque su primera parte –la mejor con diferencia y, por suerte, la más larga (la novela está dividida en tres)– es algo así como la puesta en orden (o en desorden) de los objetos del trapero. Unos objetos estos en forma de capítulos cortos que, como fogonazos –fragmentos rescatados del olvido, pedruscos constituyentes de eso que llamamos ruinas, ¡qué bueno es, precisamente, el episodio titulado “Historia”!–, van creando una memoria colectiva como puntos de una constelación. Ovejero opera con los procedimientos básicos de la investigación histórica, recopilación y montaje, para mediante el ensamblaje de fragmentos reactivar el pasado e interrumpir el presente, poniendo ciertas convenciones de nuevo patas arriba (el progreso, je, je, como ilusión del franquismo desarrollista, cuando –¿seguro que ya lo sabemos?– fue sinónimo de catástrofe para muchos). Por eso no hay una reconstrucción lineal de la historia del pueblo protagonista de Vibración, sino –otra vez– montaje de “imágenes dialécticas” construidas con palabras; voces y voces y voces de muertos y vivos, de quienes se fueron y de quienes se quedaron, de quienes están y de quienes se marcharon, pero han vuelto; voces y voces y voces de un lugar en todos sus tiempos.

Voy a ser un poco más clara: Ovejero ha escrito una novela sobre un pueblo (más que sobre “una joven pareja con una niña [que] se instala en un pueblo del interior de España”, tal como reza la contraportada), que puede ser cualquiera de esos pueblos de la España vaciada a los que se prometió central nuclear, desarrollo, FUTURO, y luego no. Un pueblo próximo a un pantano, también, en cuyas profundidades –ay– se dice que hay un cementerio antiguo (con sus piedras, sus huesos y sus voces; unas voces que, como todo sonido, se propagan por ondas que generan oscilaciones: sí, vibraciones, por eso en esta novela todo vibra, porque todo habla, porque el pasado no se va, está siempre aquí, aunque lo aneguen miles de hectómetros cúbicos de agua; solo hay que acercar la oreja a las paredes y callarse un momento, escuchar). Un pueblo que es, al fin, un pueblo, con sus gentes y sus costumbres, sus historias y sagas familiares, sus violencias, sus vencedores y vencidos, sus ladrones y sus muertos, sus cicatrices, la culpa y su peso, generación tras generación, pero también el trauma fruto de la derrota, la humillación, el rencor (por supuesto de clase), generación tras generación. Un pueblo con fuerza centrípeta, que agarra y no suelta, que arrastra de los pies con manos desenterradas de uñas largas y sucias, que grita silenciosamente –y al vacío–, porque el abandono parece inminente –la moda mal llamada neorrural no cuaja– y restan muchas historias por contar. Voces y voces y voces. Vibración perpetua.

Ovejero se suma al carro de la novela rural, pero sin buscar en ella esos elementos de entretenimiento para el público de los que hablaba Benjamin. No, Ovejero se suma al carro de la novela rural, pero por fin aparece una novela que, en lugar de operar por desplazamiento, lo hace señalando algunos problemas y ciertas contradicciones; por fin atendiendo a la complejidad de unas vidas y de unos lugares con memoria, haceres y trabajos propios (aunque en la novela eche yo de menos un papel más protagónico del trabajo y de sus condiciones en el campo hoy); por fin por lo tanto dejando de lado el hábitat rural como mero aderezo –tomen nota, por favor, la mayoría de las novelas recientes supuestamente rurales–, y por fin abriendo fisuras, porque los pueblos desaparecen lentamente –algunos abandonados, otros al menos tal y como los conocíamos–, y con ellos su historia, que es también la del presente y la nuestra, un nosotros urbanita que por no saber no sabe (ni se pregunta) de dónde vienen esas patatas por las que paga cada día un poco más en la cadena de supermercados.