La vida como teatro. Luis Landero, “La última función”

por Mar 23, 2024

La vida como teatro. Luis Landero, “La última función”

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Luis Landero, La última función

Barcelona, Tusquets

224 páginas, 20,50 euros

Luis Landero (Albuquerque, 1948) siente fascinación por personajes cuyos anhelos exceden sus verdaderas posibilidades o su fuerza de voluntad y, por ello, depositan en la fantasía su verdadero yo. La dialéctica entre una existencia mediocre y convencional y la aspiración a la grandeza (en las artes, en el amor, en la fama…) urde el numeroso acervo de vidas inauténticas, tal vez ridículas, pero no por ello desechables, que pueblan sus novelas. Estos personajes terminan por perpetrar una gesta que los supera, pero que rompe con la monotonía de sus biografías y las dota de sentido. Así son la mayoría de los protagonistas de Landero desde Faroni, el de su primera novela, de 1989, Juegos de la edad tardía; Tomás en Hoy, Júpiter, Emilio en El guitarrista, Matías en El mágico aprendiz, Hugo en La vida negociable, Lino en Absolución, Marcial en Una historia ridícula… La mirada de Landero ante esta pequeñez está invariablemente tocada de un suave humanismo estoico, comprensivo y admirado más por los esfuerzos de la voluntad y por la capacidad para la imaginación que por los verdaderos logros que alcanzan.

Con este esquema ha producido magníficas novelas y sirve también para caracterizar esta última. Sin embargo, la parquedad de esta fábula hace que en La última función se resalte el carácter reiterativo y un tanto esquemático de ciertos motivos. La historia que se narra es la de Tito y Paula, pero, sobre todo, la del primero, un niño de pueblo convertido en titular de una gestoría por designio paterno, trabajo que aborrece, pero que no le hace abandonar su inclinación a la bohemia y la vocación por el teatro, para la que está dotado de una portentosa voz. Por descontado, nunca llegará a triunfar sobre las tablas ni como dramaturgo, pero una imprevista vuelta a San Albín le dará la ocasión de llevar a cabo una última función antes de quemar para siempre los cartuchos de su esplendor. Esa posibilidad de redención final radica en un descomunal proyecto de puesta en escena colectiva, un gran esfuerzo para salvar de la anulación no solo al protagonista y a su inesperada compañera, Paula, sino al pueblo entero, que languidece empobrecido y despoblado desde hace años. Pese que ese renuevo de esplendor se revelará efímero e inútil, no todo es devastación en la novela. Landero salva a sus personajes a través de la memoria colectiva que queda de esa última función y, sobre todo, por el honor de Tito al haberlo intentado una vez más, inasequible a la rendición ante la obstinada realidad.

Desde su mismo título, la novela tiene un carácter intencionalmente teatral. Landero manifiesta una extraordinaria habilidad para tejer la narración de su historia a partir del relato que brinda un grupo de jubilados del pueblo que han asistido como espectadores de la vida de Tito. El teatro funciona como metáfora de la vida, lo cual vincula a Landero, una vez más, con el pensamiento barroco y cervantino: la imposibilidad de discernir las apariencias y la realidad, el valor estético y moral de la voluntad derrotada o la apoteosis de la idea y la imaginación como estandarte frente a la medianía de la realidad vuelven a vehicular su pensamiento literario. La historia de Tito y de quienes lo rodean deviene en una especie de alegoría: como en el teatro, también en la vida representación y realidad se confunden y es más real acaso lo fingido que la propia existencia. A esa conclusión llega Paula, la otra protagonista, que inopinadamente se ve convertida en protagonista de esta última función y acepta su papel en ella (aunque no se llama Claudia, como todo el mundo piensa, ni es actriz) porque considera que toda su experiencia vital hasta entonces ha sido inauténtica y porque necesita una oportunidad que la libere de sí misma. Esa oportunidad la brinda el teatro al permitirle fingir que es otras personas: Claudia, la actriz con la que la confunden, y el personaje de la Santa Niña Rosalba, que protagoniza la última función.

La novela tiene su moraleja porque se impondrá la realidad al final y el pueblo no saldrá de su marasmo ni tampoco la vida de Tito se sobrepondrá a la medianía. Pero ha quedado una gesta en la memoria, una gesta de esfuerzo y ansia, que, como queda ya dicho, es lo que a Landero le parece más propiamente humano.