Cuando la naturaleza custodia. “Canto yo y la montaña baila”, de Irene Solà

por | Sep 7, 2020

Cuando la naturaleza custodia. “Canto yo y la montaña baila”, de Irene Solà

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Irene Solà, Canto yo y la montaña baila

Traducción de Concha Cardeñoso

Barcelona, Anagrama

200 páginas, 16,90 euros

En un pequeño pueblo catalán del Pirineo llegó aquella guerra que tanto terror sembró. Tiempo después, los niños se entretienen desenterrando balas oxidadas y granadas que perdieron su pólvora para coleccionarlas como juguetes. Es la misma tierra cuyas cicatrices son ahora redibujadas por los cultivos de sus padres y abuelos, donde surgen frutos que no han sido bombardeados. Allí, alrededor de las escasas casas que viven separadas del pueblo, los bosques abrigan y sirven al misterio de las familias que se suceden bajo el mismo cielo. Hay algo en esa encantadora aldea, lo saben no solo los humanos, sino los perros, los corzos y los fantasmas que se olvidaron de irse. Todos ellos son una voz coral que aúlla al aire, trazando estelas que se acaban enlazando. Estos locutores vivos y muertos, de todos los reinos, empapan el ambiente con una poesía que se desliza a través de las memorias que se creyeron perdidas. No hay nada mágico en esa ladera de la montaña, es justo lo que dicen hoy las brujas a las que quemaron en la villa hace siglos. De allí quedó esa incierta maldición que abraza a las genealogías, condenadas a buscarse entre ellas por mucho que intenten separarse.

Aunque los protagonistas son multitud en esta novela, la mayoría de las voces murmuran sobre la casa Matavaques, donde están Mia y su hermano pequeño Hilari. No tuvieron buena entrada en el mundo. A su padre Domènec le cayó un rayo que le entró por la cabeza y salió por los zapatos que ardían. La viuda Sió, que ya no podía dar de mamar al pequeño Hilari porque la leche le salía salada, compensó su honda pena al ver crecer a los niños, quienes ya de adolescentes se hicieron amigos del gigante Jaume para patrullar los tres juntos el vasto bosque. Bordeando el río, teniendo cuidado de los osos, llevando una escopeta por si se puede cazar algún corzo o liebre, buscando metales… Y ajenos a los espíritus que vigilan bajo la corteza de los pinos que se desprende al año siguiente, esas cuatro hermanas que saben tanto del pasado que se resisten a abandonarlo.  

Irene Solà (Malla, Barcelona, 1990), una prometedora artista que ya ha mostrado sus confiados pasos, recibe por esta novela el Premi Anagrama de novel·la en català de 2019 y recientemente el Premio de Literatura de la Unión Europea de 2020. Anteriormente había aparecido su libro de poema Bèstia en 2012 y su primera novela Els dics en 2017, la cual también muestra un coro de voces de humanos y animales superpuestos. Ahora, en Canto jo i la muntanya balla, la autora habita dentro de la orquesta que traza las dimensiones de este pueblo cercano a Camprodon, participando dentro de la metamorfosis de cada narrador.

El capítulo siguiente puede trotar a la carrera de un corzo que huye por temor a ser disparado. También puede ser que un niño muerto, con su enorme sensibilidad, componga poemas para los que aún está vivos. O, quizás, pueda contar lo que ocurre a través del sentido del olfato de una perra que tiene predilección por los intensos cambios de olor que vienen de los humanos. En esta agradable confusión entre novela y colección de cuentos, se desarrolla una estética que conjura una notable alabanza al poder de la naturaleza, pero que a la vez es profundamente humana por cuanto revela sobre nuestras pasiones, a las cuales no importa el paso del tiempo porque son reticentes a evolucionar.

El estilo de este relato, cargado de belleza a la par que sencillez, se atreve a describir esta inquieta naturaleza a base de atisbos que van dejando una huella que se infiltra en la tierra porosa. El tremor de las palabras se deja notar, va acumulando su incipiente tectónica que cada vez es más rugido, hasta levantar imponentes cordilleras que impactan en la psicología de los personajes, haciéndoles buscar la necesidad de ser comprendidos como único refugio.

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