«El instante de peligro» (2015) y «El dolor de los demás» (2018): el tiempo y la memoria en la novelística de Miguel Ángel Hernández

por | Jul 17, 2019

«El instante de peligro» (2015) y «El dolor de los demás» (2018): el tiempo y la memoria en la novelística de Miguel Ángel Hernández

por

El instante de peligro
Miguel Ángel Hernández
Anagrama, Barcelona
232 páginas, 17’90 €

El dolor de los demás
Miguel Ángel Hernández
Anagrama, Barcelona
312 páginas, 18’90 €

La dedicación principal de Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) ha sido el estudio de la historia y la crítica del arte contemporáneo, disciplina en la que sobresalen multiplicidad de ensayos. Sin embargo, se ha ido consagrando como escritor con relatos como «Infraleve: lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte» (2004) y «Cuaderno […] duelo» (2011), así como con la publicación ya de tres novelas: «Intento de escapada» (2013), «El instante de peligro» (2015) y «El dolor de los demás» (2018). Lo característico es que logra aunar sus dos dedicaciones, pues, en sus novelas, queda reflejada la conexión entre el arte y la literatura. Es más, la dimensión visual se observa con la intercalación de algunas imágenes entre los escritos. Asimismo, el interés por la exploración de la memoria y la rememoración del pasado es una pieza clave en la construcción del tejido narrativo de sus escritos, pero articulado desde una óptica personal, con lo que intenta profundizar en su propia persona, casi a modo de autobiografía, pues el autor y el narrador se funden en un solo ser; el caso más claro de esta confluencia de voces se encuentra en su última novela, «El dolor de los demás».

«El instante de peligro», finalista del Premio Herralde de Novela, es una novela de autoficción que comienza con la aceptación del proyecto que Ana Morelli le lanza al protagonista, Martín Torres, desde la compañía del Clark Institute lugar no desconocido para el mismo, pues ya había residido allí doce años atrás—. Su cometido principal es crear una historia para una serie de películas encontradas por Ana en un baúl sin autor y sin correspondencia significativa histórica, a priori, de los muros en ruinas junto con un hombre parado que albergan las grabaciones. Sin embargo, posteriormente se descubre toda la historia latente en esas fotografías y grabaciones gracias a que el hijo del artista les desvela la verdad: su autor es Jackson Hart, hizo las grabaciones en Folck’s Mill, no por su carga histórica, que resultó que también la tenía, sino porque allí fue donde conoció a su esposa. No obstante, es verdad que, cuando esta muere, decide deshacerse tanto de las imágenes de su pasado con ella como de los vídeos de ese lugar simbólico amoroso. Por tanto, cada uno escoge una historia diferente, una perspectiva personal: una forma de recordar el amor para Jackson, una manera de poder tener recuerdos de sus padres a través de las imágenes para el hijo del mismo, una técnica artística refinada e innovadora para Martín, o una forma de conocimiento de las historias que encierran una fotografía tomada en un momento preciso para Ana, una artista con una visión compleja sobre el arte. Esta última se dedica a borrar las fotografías, una vez que estas le cuentan su historia, de manera que la memoria de las mismas se pierde para siempre.

Es una novela dedicada desde la primera página, en forma de epístola personal, a una tal Sophie —mujer que conoció en el Clark en su otra estancia y que fue su amante de adulterio cuando Martín estaba casado—. Podría afirmarse que es, en esencia, un libro insistente en la temática sentimental y en el concepto del arte y de la memoria que se establece, una persistencia obsesiva hacia los recuerdos del pasado, que son los que condicionan la manera de concebir el mundo presente. A su vez, el libro responde al proyecto que se le pide en el Clark; es la historia en sí misma. Por tanto, se solapan de forma continuada dos planos temporales, con los que se van abriendo y ampliando paradigmas de la memoria: el del pasado, que sirve para explicar al lector los sucesos sentimentales y académicos del protagonista en su anterior aventura en el centro, y el presente, con las continuas investigaciones por parte del protagonista para sacar hacia delante su proyecto, las “aventuras” con sus nuevos amigos y sus amoríos con Ana —a lo que cabe decir que no faltan las descripciones sexuales—. En cierta medida, este tiempo ayuda a conectar con los recuerdos del pasado, debido a que ambos planos temporales se desarrollan en el mismo espacio narrativo.

Cabe destacar, de igual manera, la crítica inmersa en el libro hacia la rutina, la diplomacia, las obligaciones excesivas y las ataduras de la sociedad, de las que nos es difícil escapar una vez que se ha caído en su juego, todo ello motivado por la experiencia del autor como docente en la universidad. A su vez, se ponen en juego diferentes conceptos de la teoría del arte, que arrojan luz sobre el proyecto principal del protagonista, aunque finalmente todos sus postulados son inútiles, pues los fotogramas de las ruinas con el hombre estático ya tienen su propia historia. Esto nos lleva a la idea principal que el personaje defiende a lo largo de la narración: la historia es una creación ficcional del ser humano para otorgar un sentido determinado a una serie de hechos —o imágenes en este caso— apoderándonos del recuerdo de un determinado “instante de peligro”. En definitiva, la mayoría de los postulados se enmarcan bajo la estela de las tesis de la historia de Walter Benjamin; incluso cada uno de los cinco grandes capítulos se abre con una pequeña sentencia del estudioso.

Por otro lado, «El dolor de los demás» (2018) es una obra autobiográfica en la que fluye la conciencia y la memoria del autor, pues este pretende sacar a la luz una historia traumática de su infancia después de veinte años, cuando está preparado —o cree estarlo— para revivir el trágico suceso que lleva como lema la siguiente sentencia, en torno a la que gira toda la novela: “hace veinte años mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco”. En cuanto al tiempo narrativo, vuelve a encontrarse una sucesión de dos voces alternas, aunque esta vez distinguidas de forma clara: la del pasado, que nos informa sobre el tiempo en el que Miguel —personaje principal y autor de la novela a la vez— vivía en la huerta de Murcia. Siempre son capítulos breves, sin indicación numérica y escritos desde una segunda persona, aunque se refieren a sí mismo. No obstante, el otro tiempo es el del presente, desde el que se examina toda la creación de la novela en tiempo real, todas las pesquisas que va realizando Miguel para crear su novela, un pasaje de su propia vida, que lo atrapa hasta tal punto que no le deja descansar su conciencia; es una paradoja en la que el autor queda anclado en el personaje de su propia historia. En otras palabras, es, en parte, una metanovela en la que se explica el proceso de escritura de la misma, se reflexiona sobre cada uno de los pasos que ha llevado a cabo, la forma en la que sería mejor escribirla, pero, sobre todo, es una obra con un corte profundo, trágico y frustrado. Además, todos estos capítulos se enmarcan dentro de seis unidades mayores y un epílogo.

De igual manera que en su anterior novela, ofrece reflexiones de gran interés sobre la concepción de la escritura, como una forma para fijar lo que se ha olvidado, una manera potente de vivir o de revivir, con la rememoración de esos recuerdos que es doloroso arrancar del olvido de la memoria, pero que arden para el autor, de manera que “estaba dispuesto a abrasarse para contarlos”. Además, se lanzan algunas disquisiciones sobre la opinión y los reproches de la gente rural cuando este dejó su lugar natal, así como de la licencia, por su parte, para poder profanar la historia de los demás contándola, ahondar en esa herida íntima del pasado, en el dolor de los demás, de la que se ofrecen diversos testimonios de los vecinos y testigos del caso de Nicolás, su mejor amigo, que hacen concebir la historia desde una dimensión totalizadora, de tal forma que se conoce una versión desde la parte de una de las amigas de la hermana de Nicolás, la Rosi, con lo que se despierta para el protagonista ese dolor olvidado.

El objetivo de la escritura de esta novela, finalmente, no es conocer la verdad de la historia, sino saber si el propio autor podía afrontar volver al pasado, asumir la verdad de la historia que siempre había intentado evitar, conocer si se puede tener aprecio a alguien que cometió un acto atroz y conversar con otras personas que tienen también ese mismo dolor dentro de sí, ya que, cuando se pone en común esa zona de oscuridad que se intenta esquivar, se alivia la herida con una compasión mutua. En definitiva, se explican todas las investigaciones, pero no se pretende escribir una historia una vez que se ha recogido la información, lo que le había traído hasta el final es la esencia de la misma, esto es, cuando para otros escritores verían el principio, para él era el final.

En conclusión, en estas dos novelas se observa cómo el autor conjuga y entremezcla el pasado y el presente, con lo que se consigue una retroalimentación temporal que encaja todas las piezas del relato. Asimismo, el dolor y la tristeza están presentes, con una visión lúgubre, desanimada, que se adueña de los protagonistas en muchas de las ocasiones. Son novelas innovadoras de la memoria, de la reflexión y con una sensibilidad que fácilmente atrapará al lector. En pocas palabras: Miguel Ángel Hernández es un joven escritor que viene pisando fuerte.

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