El lenguaje de la madurez. “Nada que decir”, de Silvia Hidalgo

por Feb 5, 2024

El lenguaje de la madurez. “Nada que decir”, de Silvia Hidalgo

por

Silvia Hidalgo, Nada que decir

Barcelona, Tusquets

217 páginas, 18,50 euros

Quizás para el público adulto la llegada a las librerías de Silvia Hidalgo (Sevilla, 1978), avalada por el prestigioso Premio Tusquets, haya sido más una irrupción que una aparición. No se trata, sin embargo, de una escritora desconocida en el panorama literario juvenil, pues Jimena, protagonista de su primer libro, Dejarse flequillo (Pezsapo, 2016) lleva algunos años haciendo vibrar a los adolescentes de nuestro país. Tristemente descatalogada, la novela corre de mochila en mochila y resulta ya difícil de encontrar en las plataformas de venta de segunda mano. Jimena es uno de los personajes más profundos y realistas de la reciente narrativa para jóvenes (el mejor retratado hasta la fecha, a juicio de quien escribe). Rabiosa, mordaz, insatisfecha y tierna, parece la versión adolescente de las mujeres que protagonizarán los dos siguientes textos que Hidalgo publicará orientados al público adulto, Yo, mentira (Tránsito, 2021), y la reciente Nada que decir (Tusquets, 2023).

La protagonista de la última no tiene nombre, y esta carencia de identidad lingüística constituye el eje simbólico de la obra. Aunque los paratextos se orienten a destacar del argumento el uso que hace su protagonista de las aplicaciones de contactos, la historia versa sobre la pérdida y la recuperación de un lenguaje, y, con él, la narración del renacimiento de quien tiene que volver a nombrarse para resemantizarse, para regresar desde un no ser a un quizás soy. De hecho, el título de las dos partes esboza este recorrido, desde «Señal de peligro por tránsito de ciervos» (lo icónico) hasta «Protocolos de comunicación» (lo verbal ahora recuperado, aún sujeto a normas de realización oral y escrita).

Nada que decir relata la peripecia de una mujer cuya vida ha saltado por los aires. El repentino enamoramiento de un compañero del trabajo de su marido pone toda su realidad en entredicho y decide divorciarse, firmar un régimen de custodia compartida para la crianza de su hija, aún pequeña, y abandonar una lujosa urbanización familiar para regresar al barrio obrero en que vive su madre viuda, todo ello, además, afrontando un ascenso laboral inesperado. Este seísmo personal lleva al personaje a bucear en la inconsistencia de aquellas decisiones tomadas por la inercia de la comodidad, y a recorrer algunos de los momentos fundamentales de su biografía reciente, como el nacimiento de su hija o la enfermedad y el fallecimiento de su padre.

Si Jimena en Dejarse flequillo cuenta el abandono de la infancia mediante la destrucción de la figura mítica de los padres, el personaje de Nada que decir relata el desgarro que supone la legitimación de la vida adulta a partir de sus vivencias más desoladoras. El texto nos regala pasajes de bellísima crudeza, como la escena del fallecimiento del padre, la firma en el notario de los papeles del divorcio o el reencuentro con el exmarido y su nueva pareja, una chica mucho más joven que la protagonista. Convertirse en adulto, transitar por los verdaderos rituales de la madurez (los reales, aquellos que quiebran las emociones hasta los tuétanos), implica el aprendizaje de un nuevo idioma, el de la verdadera vida, que exige, además, una pronunciación adecuada cuando la realidad más dolorosa así lo impone. Quien no ha vivido, quien no ha sentido, no tiene aún nada que decir, tal como le sucede a la protagonista antes de su ruptura. Así relata la protagonista la conexión con su bebé recién nacida, después de que esta haya sufrido un peligroso episodio de ahogamiento en que ha experimentado un miedo sobrecogedor: “Sobresaltada, en mitad de la noche, creyó que se había quedado dormida con la bebé encima, o peor aún, debajo. Sintió el cuerpecito fantasma, como a veces creía notar la mano de él que la tocaba. (…) Se despertó, si es que estaba dormida, y vio que la niña estaba en su capazo y a su izquierda un hombre con otras manos, un gigante, un Gulliver secuestrado junto a ella. (…) Cuando le pareció que abría un ojo, le explicó que esa tarde en la ducha y también después había aprendido un idioma nuevo, entre el hambre y la ternura, y que por fin había entendido qué era eso del amor o lo que no era el amor para ella” (pp. 75-76).

Silvia Hidalgo construye un universo de gran complejidad desde la sencillez formal, otorgado al lector en capítulos cortos de agilísima prosa. La novela resultará especialmente cercana a quienes superen por poco los treinta años y hayan ya experimentado, con más o menos secuelas en el alma, algunos de los pellizcos emocionales que regala la obra. Resulta casi obligado, pues, permanecer atento a la evolución de una de las sorpresas literarias del último año.