«El que no está conmigo está contra mí» (Mt 12: 30, Lc 11: 23). “Réquiem por un campesino” y “El cura de Almuniaced”

por May 5, 2021

«El que no está conmigo está contra mí» (Mt 12: 30, Lc 11: 23). “Réquiem por un campesino” y “El cura de Almuniaced”

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Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, y El cura de Almuniaced, de José Ramón Arana, son dos relatos encuadrados dentro del marco de la narrativa del exilio. Una de las preocupaciones principales de estos narradores, como exiliados que son, es legar una historia de España en la que estén presentes los vencidos. De ahí el especial cuidado por el modo en que se cuenta esa historia. En este caso, ambos relatos presentan un argumento ubicado temporalmente en la guerra civil española y lo hacen a través de una perspectiva muy particular: la de la Iglesia y la del sacerdote, en definitiva, la del cristianismo. Partiendo de este punto, cabe preguntarse por qué deciden estos autores configurar su discurso mediante dicha perspectiva y qué aporta esta a una historia de vencidos. Asimismo, hay que tener en cuenta que el cristianismo nos ofrece por medio de la figura de Jesucristo una renovación del concepto de Dios, dado que ya no se habla de un dios castigador y furioso sino de un dios del amor que aboga por poner la otra mejilla. De modo que es inevitable preguntarse por quién tomará partido este Dios en una «guerra de caínes». Por ello, a continuación, determinaremos cómo se articulan los conceptos de religión y religiosidad en ambas novelas y analizaremos la función que cumple la figura del sacerdote y los elementos religiosos presentes en ellas.

En primer lugar, comenzaremos atendiendo al contraste entre mosén Millán y Paco en Réquiem por un campesino. La contraposición de estos dos personajes muestra la disociación de religión y religiosidad; la religión se asocia al poder de la Iglesia como institución frente a la religiosidad que se concibe como los valores individuales de las personas. Así pues, mosén Millán, que ha sido uno de los responsables del fusilamiento de Paco, no encarna propiamente los valores cristianos del Evangelio, sino que, por el contrario, representa a esa Iglesia como institución participante de los intereses franquistas. Su cargo de sacerdote sirve para definirle dentro de una jerarquía de poder, pero su moral no se corresponde con la propiamente cristiana. Incluso podemos observar que su posición parece acercarse a la de Judas, dado que traiciona a Paco revelando su paradero y haciendo que se entregue. En cambio, Paco, a pesar de ser un hombre cualquiera del pueblo que permanece alejado de la religión, pues su único contacto cercano con esta es a través de mosén Millán, representa los valores propios del pensamiento cristiano. De hecho, dentro del mundo de la novela se construye como una figura análoga a la de Jesucristo en los Evangelios, dado que ambos comparten el origen humilde y la preocupación por los más desfavorecidos. Algunas de las ocasiones que reflejan dicha preocupación claramente son el episodio en el que Paco, de niño, acompaña al sacerdote en la visita a los enfermos de las cuevas y cuando ya como concejal busca solucionar los problemas de los sectores más pobres. Además, Paco también actúa como salvador al morir, al sacrificarse, por su pueblo.

Igualmente, podemos observar la relación que se da en ciertos momentos entre la historia y algunos pasajes bíblicos. Por ejemplo, la negativa de mosén Millán a aceptar que don Valeriano, don Gumersindo y el señor Cástulo paguen la misa de réquiem, lo que viene motivado por el sentimiento de culpabilidad por la muerte de Paco, se puede relacionar con la devolución que hace Judas de las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes. Siguiendo esta línea, también podemos asociar con el beso de Judas el momento en el que mosén Millán va a las Pardinas y convence a Paco para que se entregue diciéndole que si lo hace no le matarán. Además, la irrupción del potro en la iglesia tiene un significado similar al velo del templo que se rasga. En los dos casos nos encontramos con una exhibición de la injusticia que se ha cometido al matar a un inocente y se busca dar a conocer la verdad. También se puede señalar que el número de fusilados y el de crucificados es el mismo. A esto podemos añadir que la forma en la que se estructura el discurso en función de los sacramentos puede relacionarse con la secuencia de hechos que sigue la vida de Jesús. En primer lugar, el bautismo es lo que le permite a Paco formar parte del pueblo, al igual que sucede con la presentación de Jesús en el templo. La comunión está relacionada con la visita que hace Paco a las cuevas acompañando a mosén Millán, donde ya demuestra que su trabajo en el pueblo se orientará a luchar por los más desfavorecidos. Esta temprana conciencia de lo que se debe hacer recuerda a la visita de Jesús al templo de Jerusalén con doce años. En este pasaje, Jesús manifiesta un conocimiento indudable de cuál es su misión en el mundo: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». La boda de Paco está asociada a su posterior elección como concejal, de modo que supone el inicio de su actividad en favor de los más pobres. Esto es similar a las bodas de Caná, dado que en estas Jesús inicia su actividad al realizar el primer milagro. Por último, como ya hemos mencionado, encontramos en la muerte de Paco algunas similitudes con la pasión.

En relación con El cura de Almuniaced, lo primero que podemos destacar es que mosén Jacinto es una figura antagónica a la de mosén Millán. Partiendo de la división ya planteada anteriormente entre la Iglesia como institución de poder y los valores cristianos, observamos que, en este caso, la condición de sacerdote de mosén Jacinto no es representativa de una determinada posición de poder, sino que muestra su actitud de servicio al pueblo. Nos encontramos con un sacerdote que se preocupa por las necesidades tanto de sus feligreses como de aquellos que no lo son, es un «pastor de almas», y participa activamente para intentar mejorar las condiciones de los más desfavorecidos:

Por entonces se le vio con la sotana arremangada, ayudando en sus faenas a los de mayor necesidad. Vinieron años malos y prestó dineros para comprar aperos y simientes, sin cobrar un céntimo de rédito; predicó contra la explotación, contra la usura […]. (Arana, 1979: 17)

Este comportamiento supone una amenaza para aquellos que se encuentran en una posición de poder y así lo señala don Froilán: «peligran las buenas costumbres» (Arana, 1979: 18), las buenas costumbres impuestas a costa de la miseria de la población trabajadora. Igualmente, mosén Jacinto es crítico con la actuación de la institución eclesiástica, la cual se mueve por intereses de poder, aunque esto conlleve alejarse de los valores que se deben difundir y, por tanto, alejarse también de las personas: «lo que llenóle de amargura fue, más que la tremenda injusticia, la sequedad de alma de la burocracia eclesiástica» (Arana, 1979: 20).

En cuanto a la guerra, frente a una Iglesia que la justifica como defensora de los intereses de Dios y como cruzada contra el ateísmo, mosén Jacinto muestra un claro rechazo a esta, pues supone una completa incoherencia predicar a un Dios que es amor mientras se apoya la violencia, y así lo manifiesta: «soy ministro de una religión que es todo amor y caridad, toda misericordia; prohíbe expresamente la venganza, y cuyo quinto mandamiento es no matarás» (Arana, 1979: 23-24). Estounido a su preocupación por los desfavorecidos, es lo que le lleva a ser rechazado por los suyos, los franquistas, y a ser aceptado por los republicanos, independientemente de que él no quiera posicionarse en este bando: «Bueno, usted no querrá ser de los nuestros, pero como si lo fuera. De los otros no es… Ni ha sido nunca. Nosotros lo tenemos por nuestro» (Arana, 1979: 50). De hecho, resulta significativo que, aunque los republicanos quemen figuras de santos, no lo hagan con la de Jesucristo: «Compañero, éste es de los nuestros. Respétalo» (Arana, 1979: 68). Esto muestra que, en realidad, sí comparten valores del pensamiento cristiano como la caridad y la justicia.

Al mismo tiempo, se puede apreciar que mosén Jacinto, al igual que sucedía con Paco en Réquiem, es un personaje análogo a Jesucristo. Por un lado, encontramos que la idea que manifiesta mosén Jacinto en esta cita: «La guerra era el camino, el único camino hacia la verdad» (Arana, 1979: 36) es equivalente a la presente en la siguiente cita del Evangelio: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No sino división» (Lc 12:49-53). Ambos expresan que en la búsqueda de la verdad y la justicia es necesario el conflicto, no en términos de violencia que tanto la novela como los evangelios la rechazan, sino en términos de renuncia, renuncia a la mentira y al mal. Asimismo, mosén Jacinto muere fusilado por querer evitar que fusilen a Juan, a don Jerónimo, a Francisco y, en definitiva, a cualquier persona inocente. Muere por defender a su pueblo como Jesucristo al ser crucificado. Pero, es más, a mosén Jacinto «¡Lo han matado los suyos, los suyos! …» (Arana, 1979: 93), como también Jesucristo fue crucificado y traicionado por sus discípulos y por el pueblo judío.

Llegados a este punto podemos observar que tanto en Réquiem por un campesino como en El cura de Almuniaced hay un héroe que defiende los intereses del pueblo y practica los valores propios de la moral cristiana: la caridad, la justicia y la búsqueda de la verdad. Cuando este héroe muere, también lo hace en cierto modo el pueblo, pues queda sometido al poder de los vencedores. Además, hemos podido establecer en ambas novelas algunas similitudes entre la historia y los acontecimientos narrados en los evangelios. No obstante, hay que tener en cuenta la diferencia fundamental que distingue estos dos relatos: el tipo de sacerdote. Sender nos muestra un sacerdote que es representante de una institución, de una jerarquía de poder, y que, como vencedor, carga con la culpabilidad de seguir viviendo a costa de otros. Sin embargo, Arana nos presenta a un sacerdote que ante todo es persona, que cuestiona su propia religiosidad y que está al servicio del pueblo. Además, el personaje de mosén Jacinto problematiza la tajante división entre los dos bandos de la guerra, pues, por un lado, él mismo rechaza la posición de la Iglesia al lado de los franquistas, pero, por otro, su cargo como cura le impide ser reconocido como republicano. Ahora bien, esto se resuelve si pensamos en términos de vencedores y vencidos, pues mosén Jacinto ha sido fusilado como un vencido. Este problema no lo tiene mosén Millán, para el que sus valores como sacerdote van a coincidir con lo que la Iglesia establece. 

A modo de conclusión, podemos sintetizar el contenido de estas dos obras en la cita: «El que no está conmigo está contra mí» (Mt 12: 30, Lc 11: 23). Los narradores exiliados están contando una historia que tiene en cuenta la posición de los vencidos. Ahora bien, ellos mismos, como exiliados, también son vencidos, de modo que necesitan validar su historia de alguna forma frente a los vencedores y, en este caso, lo hacen con la religión. No obstante, al margen de que se busque o no en la religión una forma de validación, lo que queda claramente de manifiesto es que los valores del cristianismo aparecen representados por los vencidos, mientras que la actitud de los vencedores es opuesta a estos, de modo que se puede deducir que están contra Jesucristo. Así se expone y denuncia la hipocresía de la Iglesia católica que, en el conflicto entre poder y valores, atenta contra sus propios principios con el fin de mantener su autoridad.

 

Bibliografía:

Sender, Ramón J.: Réquiem por un campesino español. Barcelona, Bibliotex, 2001.

Arana, José Ramón: El cura de Almuniaced. Madrid, Turner, 1979.

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