¿Hacia dónde queremos ir? “Mujer al borde del tiempo”, de Marge Piercy

por | May 20, 2020

¿Hacia dónde queremos ir? “Mujer al borde del tiempo”, de Marge Piercy

por

Marge Piercy, Mujer al borde del tiempo

Traducción de Helen Torres

Bilbao, Consonni

507 páginas, 23,50 €

Durante la segunda oleada feminista, concretamente en Estados Unidos en 1976, fue publicada Mujer al borde del tiempo, cuarta novela de la activista Marge Piercy (Michigan, 1936). Sin embargo, las lectoras y lectores hispanohablantes han tenido que esperar cuarenta y cuatro años para poder disfrutar de su traducción al español, que ha sido posible gracias a Helen Torres y la editorial bilbaína Consonni.

Tras intentar salvar a su sobrina Dolly de las mortíferas garras del proxeneta que la maltrata y explota, Connie Ramos vuelve a ser encerrada en una institución mental neoyorkina al ser injustamente acusada de reincidir en sus ataques de violencia psicótica. Sin embargo, Connie consigue mantenerse en contacto con el exterior gracias a Luciente, una persona del futuro que la ayudará durante su largo periplo hacia la libertad. Con esta trama Piercy elaboró una historia de espacios infinitos que le permitió reflexionar sobre muchos de los problemas presentes en la sociedad estadounidense de la época (muchos de ellos aún vigentes y extrapolables a otros países), dejando muy clara su posición al respecto.

Los sucesos que acontecen en el espacio del sanatorio sirven a la autora para denunciar los abusos que tradicionalmente se han cometido en este tipo de instituciones con el fin de «curar» o, más bien, neutralizar a sus pacientes. Mediante la explicitación de estos abusos Piercy consigue criticar la creación de jerarquías en torno al poder y la autoridad, la precariedad sufrida en sus capas más inferiores y, por supuesto, la experimentación médica en seres humanos contra su voluntad. Todo esto contrasta considerablemente con los ideales defendidos en el segundo espacio de la novela: Mattapoisett, lugar en el que se encuentra la aldea futurista desde la que Luciente establece su conexión mental con Connie. Allí no existen las jerarquías autoritarias porque los cargos públicos son rotativos, de manera que todo persona se encuentra implicada en la vida política. Allí se cuida a la comunidad como se cuida a la naturaleza porque ningún ser es prescindible, a no ser que su voluntad sea renegar de ella, atacar al bien común o a la integridad de cualquier individuo. Allí los bienes materiales no son codiciados y no existe la propiedad privada.

La apariencia rural de Mattapoisett hace creer a Connie que la humanidad, en lugar de evolucionar, ha involucionado porque lo que ven sus ojos no coincide con el imaginario futurista generalizado de los años setenta. Sin embargo, todo lo anterior y la ausencia de los tres grandes problemas que ella ha sufrido durante toda su vida (sexismo, racismo y pobreza) conseguirán que pronto deseche esta idea. En este tiempo futuro han desaparecido el machismo y el sexismo gracias a la abolición del género, una de las consignas más importantes del feminismo radical que nació en la segunda oleada feminista. En su traducción, Helen Torres ha sabido resolver inteligentemente los problemas lingüísticos que esto genera en el español sustituyendo los pronombres por la palabra «persona» o su abreviación «per». El racismo tampoco existe en esta comunidad porque al «mezclar los genes de toda la población [y] mantener identidades culturales separadas […] rompimos el vínculo entre genes de cultura» (141). Por último, la pobreza tampoco es posible por las características comunitarias señaladas en el párrafo anterior. Además de esto, el amor y cariño que Connie acaba sintiendo por Luciente y sus familiares, provoca que no claudique en su lucha contra los científicos que quieren experimentar en ella y sus compañeros y compañeras del hospital, ya que la consecución de sus objetivos pone en peligro la existencia de Mattapoisett, propiciando un futuro en el que sólo un ínfimo porcentaje de la sociedad, el adinerado, sobrevive más de treinta años, en el que el sexo, la violencia y el miedo se conjugan para mantener a las élites y en el que las mujeres son esclavas sexuales. Así es el otro espacio futurista al que Connie consigue acceder tras haber desarrollado lo suficiente su capacidad de vinculación.

Mezclando una utopía envidiable, un presente aterrador y una distopía aún más terrible Piercy no trata de predecir el futuro, como ella misma dice, sino intentar «influir en el presente a través de la extrapolación de tendencias actuales [para] que la gente pueda imaginar qué quiere y qué no quiere que pase y, quizá, hacer algo al respecto».  Además, como novelista consigue atrapar a los lectores y lectoras en la tensión de unos sucesos cuya veracidad queda en vilo desde los primeros capítulos: ¿existe Luciente o es una invención de Connie para escapar de la cruel vida que le ha tocado sufrir? Quién sabe. Al fin y al cabo, toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

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