La urbe como huella: “La ciudad ausente” de Ricardo Piglia

por | Mar 26, 2019

La urbe como huella: “La ciudad ausente” de Ricardo Piglia

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El título anuncia una urbe, solo para negar, simultáneamente, su presencia. Esta situación paradójica determina la lectura desde las primeras páginas, en las que conocemos a Junior, el protagonista, un hijo de ingleses que ha sido abandonado por su mujer, separado de su hija y que, emulando a sus antepasados viajeros, prefiere vivir en hoteles. Es, además, periodista y es su búsqueda, cuyo origen se encuentra en la misteriosa llamada de una mujer, la que estructura la obra de Ricardo Piglia (Adrogué, 1941-Buenos Aires, 2017). La novela construye, por tanto, un discurso semejante al del relato policial, género por el que el autor mostró un interés que se concretizó en textos como, por ejemplo, Blanco Nocturno (2010) y la reciente publicación póstuma Los casos del comisario Croce (2018). En síntesis, el texto gira en torno a un interrogante que el personaje central busca resolver. Esta labor, sin embargo, resulta harto compleja, casi imposible. Al realizarla, Junior perfila ese no-lugar que es la esencia de La ciudad ausente (1992).

De forma concreta, esta ciudad, una versión sórdida y casi distópica de Buenos Aires, está constituida por historias. Por un lado, tenemos las de quienes habitan la urbe. Recordemos, por ejemplo, las narraciones y explicaciones de Emilio Renzi, espejo autoficcional de Piglia, quien introduce a Junior y sus peculiares circunstancias en el primer capítulo, pero que no pierde la oportunidad para referir anécdotas familiares. Por otro, y más importante, la novela contiene los relatos producidos por una máquina. Invención del ingeniero Russo y de Macedonio Fernández —el escritor deviene ficción en la diégesis—, el misterioso aparato está guardado en un museo y vigilado por un japonés, Fuyita. Se ha convertido en un objeto de interés gubernamental y es el eje de las investigaciones de Junior. Luego, si la obra se estructura a través de las búsquedas del periodista, no sorprende que se intercalen a la trama los (meta)textos producidos  por la máquina. El resultado es un discurso fragmentado, que simula un alto grado de intertextualidad. Esto es reflejo del explícito carácter palimséstico de La ciudad ausente, cuyos guiños a la literatura universal, desde James Joyce hasta Jorge Luis Borges, sin olvidar a Macedonio Fernández y tantos otros, no pasan desapercibidos al lector atento.

Más allá, estos relatos intradiegéticos son una reflexión en torno a la realidad y, de forma concreta, a la relación del lenguaje con el mundo. No se debe perder de vista que la metaficción, aunque subraya la artificialidad del texto al exacerbar su carácter ficticio, no deja de ser, en última instancia, un cuestionamiento a lo real. Esto adquiere distintos matices en la novela de Piglia, la autorreflexividad es capaz de interpelar al lector en distintos niveles. Cabe resaltar, desde este punto de vista, el metatexto “La nena”, centrado en Laura, una chica que sufría una extraña condición por la cual pensaba que el “mundo era una extensión de sí misma”. Como consecuencia de estas “extravagancias de la referencia” —así denominan su sistema de alucinaciones en un informe científico—, la niña pierde la capacidad de hablar. La recupera años más tarde, al escuchar y memorizar las historias que le cuenta su padre.

“Los nudos blancos”, relato intradiegético clave en la novela, por su relación con la trama y por la maestría con la que se construye, posee una clara analogía con “La nena”. Una mujer llega a una Clínica para tratar su paranoia. El trastorno deforma la realidad, hasta al punto de hacerla irreconocible. El discurso narrativo es capaz de seguir las elucubraciones paranoicas de la protagonista: la narración se hace confusa, los personajes cambian el papel que juegan en el mundo de la mujer, incluso alteran su propia identidad. El mundo, en resumen, pierde un referente fijo.

No podemos pasar por alto, desde la perspectiva del cuestionamiento del lenguaje, el metatexto “La isla”. En este se describe una isla en la que el lenguaje es inestable  y, a veces, inaprensible. Para sus habitantes, el Finnegans Wake, de Joyce, es un “libro sagrado, porque siempre pueden leerlo, sea cual fuere el estado de la lengua en que se encuentren”. En este relato metaficticio se aprecia a la perfección cómo un cuestionamiento de carácter literario, con clara referencia a una tradición, deviene en una interpelación a la realidad intra y extratextual.

Las metaficciones, estas y otras que no citamos por razones de espacio, son reflejo de la consciencia que habita la máquina. La invención de Russo y Macedonio Fernández tiene el propósito, descubre Junior, de conservar la mente de la esposa del segundo, Elena Obieta. Frente a la inminente y prematura muerte de la mujer, el escritor decide darle vida eterna, lo que acaba siendo una condena. Ella tendrá que pervivir la desaparición de su esposo y su existencia quedará confinada a los engranajes de la máquina.

No sorprende que el capítulo final sea un monólogo de Elena —o de lo que queda en su consciencia—. Ella, aparentemente silenciada a lo largo de la narración, es el centro de la novela. Pero esta ausencia, como la de la ciudad, es paradójica. Su voz se filtra en las historias creadas por los mecanismos de la máquina: Elena está sin estar. El cierre del libro es un desvelamiento. Es, también, un guiño intertextual al monólogo de Molly que cierra el Ulises (1922) de James Joyce.

Pero la consciencia de Elena no es la única silenciada. La máquina también recoge las voces de los habitantes de la ciudad, personas oprimidas por los mecanismos gubernamentales. De ahí el interés que muestra el gobierno por el aparato: altera el orden impuesto, quiebra el discurso oficial. Finalmente, el museo será clausurado y la soledad de la consciencia atrapada en los engranajes será definitiva. Esto refleja, sin duda, el contexto en el cual se produjo La ciudad ausente. Aunque indirecta y tácitamente, el texto reflexiona en torno a la dictadura de Jorge Rafael Videla y sobre la transición hacia el neoliberalismo que, en la Argentina de los noventa, adquirió una de sus formas más agresivas. En resumen, la metaficción no sirve solo como un cuestionamiento a la relación de la realidad y el lenguaje, apunta, al mismo tiempo, a una reflexión de corte político.

La fuerza del discurso, incluso en su aspecto crítico, está en la autorreflexividad y en su carácter autorreferencial. Más que construir una postura ideológicamente comprometida, la novela de Piglia articula un cuestionamiento general a la realidad y a la sociedad en la que vive. La ciudad ausente señala a ese espacio paradójico en el que el mundo parece desaparecer. Como la huella descrita por Jaques Derrida, las historias contenidas en el libro, tanto la de Junior como las creadas por la máquina, son una ausencia presente, el recordatorio de que la realidad se construye, no solo a través de lo que existe de forma actual, sino también por lo que creemos perdido. Dicho de otro modo, en esta urbe, las voces silenciadas son tan importantes como las que se escuchan. Es en este sentido que se puede afirmar que la ciudad que recorren los personajes, como las que habitamos los lectores, es, tal como se anuncia en el título, una ausencia.

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