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El sueño como resistencia. «Las buenas noches», de Isaac Rosa

Las buenas noches, Isaac Rosa

Seix Barral, 2025

254 páginas, 18,90 euros

Isaac Rosa ha venido construyendo, a lo largo de su obra, un territorio literario atravesado por hechos tan comunes entre nuestros contemporáneos, como son la precariedad, el desgaste emocional y la producción incesante, que es difícil no reconocernos en sus tramas; ejemplos son novelas como La mano invisible (2011), La habitación oscura (2013) o Lugar seguro (2022). Las buenas noches (2025) continúa esta línea: una novela que retrata el ritmo desbocado de una sociedad que no nos permite siquiera descansar. El resultado es una lectura satisfactoria, con un poderoso arranque de enumeraciones de aquello que no nos permite dormir, donde el insomnio no solo es el tema, sino que afecta a la forma y al ritmo de la narración, pero en la que sus intenciones se ven de lejos y se acaba haciendo algo repetitiva.

El protagonista —un autónomo exhausto, atrapado entre trabajos mal pagados relacionados con el mundo editorial y esa obsesión contemporánea por aprovechar cada minuto— inicia una relación con una mujer desconocida basada únicamente en dormir juntos. Pero no por ello deja de ser una infidelidad; la vulnerabilidad compartida de no poder dormir da lugar a una intimidad más profunda que el sexo, incluso transgresora, pues es la única manera de escapar momentáneamente del sistema.

Detengámonos ahora en la relación entre estos amantes de sueño. Es una idea ciertamente interesante y sugestiva, pero que en algunos momentos aparece como un vínculo impostado que escapa de la verosimilitud (es ficción, claro, por lo que no debe ser un criterio determinante este último). Al lector le podría parecer extraño que ni siquiera sepan sus nombres después de guardarse en las agendas telefónicas y de citarse en varias ocasiones (tampoco nosotros llegamos a conocer ni el de él ni el de ella), aunque finalmente consigue gracias a esto crear una figura fantasmática, simbólica, que es más bien una posibilidad de descanso en una vida que no concede tregua que un personaje real. Esta historia de dos desconocidos es solo uno de los bloques de la novela; el otro es un diario del sueño que el protagonista debe escribir por recomendación médica, y que abarca desde el 21 de febrero al 23 de marzo.

El estilo de escritura de la novela, con sus frases breves, su ritmo cortado y su acumulación de comas, transmite la sensación física del insomnio: pensamientos entrecortados, saltos mentales, como una respiración irregular que parece trasladarse a la página. También se repiten estructuras gramaticales en el mismo fragmento, cláusulas que se van amontonando, como la circularidad de quien no puede dormir y vuelve siempre al mismo punto de su pensamiento. Junto con estas estructuras, se concatenan otros recursos formales que resultan exitosos al incluir al lector en la propia narración, como si fuese un insomne más: el uso de la segunda persona, que, aunque se refiere a su amante, crea cierto efecto de desdoblamiento, y el uso de “nosotros”, que nos agrupa bajo una misma comunidad. Y es que el insomnio no es un problema individual, sino más bien un síntoma social, nos quiere decir Rosa. Es precisamente cuando se detiene a analizar las causas del desvelo —el neoliberalismo y su exigencia de productividad constante, el miedo a no llegar a fin de mes…— donde Las buenas noches despliega sus mejores páginas. El protagonista se describe a sí mismo obsesionado con el tiempo, con aprovechar cada instante, con descansar menos para producir más: “Así dormimos los autónomos” (171), dice resignado.

Sin embargo, esta riqueza reflexiva contrasta con el avance de la trama, que va perdiendo fuerza a medida que la novela progresa. La historia de los encuentros para dormir, que al principio resulta original y sugerente, se diluye al repetirse una y otra vez sin cambios significativos. El protagonista y la desconocida vuelven a la cama, duermen, se alivian momentáneamente del insomnio, pero el vínculo apenas evoluciona. El relato parece encallarse en su propia premisa. Quizá la novela hubiera funcionado mejor como relato corto, pues menos páginas habrían sostenido mejor esa intensidad inicial y habrían evitado que la reiteración debilitara el conjunto.

Pese a ello, la figura de la amante del sueño funciona correctamente como metáfora: al no saber siquiera su nombre, el protagonista tampoco tiene herramientas para volver a encontrarla. Su desaparición es coherente con su condición fantasmática: representa una fuga temporal, una grieta en el sistema, pero basta la llegada del día para que se desvanezca. Una de las tesis centrales —que no hay descanso duradero en la lógica neoliberal, solo intermitencia— puede verse en la imposibilidad de retenerla. El sueño aparece como un bien arrebatado que no puede preservarse.

Las buenas noches es, en definitiva, una novela con un planteamiento atractivo, un estilo que reproduce la psicología del insomne y una lectura lúcida de la precariedad contemporánea. Las reflexiones que atraviesan la narración, sobre la falta de sueño, el trabajo obsesivo y el tiempo escaso, son quizá la parte más conseguida de la novela. Por el contrario, la relación onírica con la desconocida termina por desgastarse ante la falta de evolución narrativa. El lector puede tener la sensación de que la simbología ya se ha captado desde las primeras páginas. Aun con ello, la novela es una nueva confirmación de la capacidad de Rosa para retratar nuestra época, una en la que es difícil detenerse a descansar, en la que el ritmo acelerado gobierna nuestras vidas y que deriva de un rampante neoliberalismo ya insertado orgánicamente en el día a día.

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Juan García-Cardona

Juan García-Cardona es profesor en la Universidad de Málaga. En los últimos años, su línea de investigación principal se ha centrado en la literatura rural española reciente, a la que ha dedicado su tesis doctoral y artículos en relación con la memoria histórica (Siglo XXI, 2023) o la representación de la inmigración (Philologica Canariensia, 2024). Además, ha publicado en diversas revistas artículos sobre el género literario de la autoficción (Pasavento, 2022), la adaptación cinematográfica (Trasvases entre la Literatura y el Cine, 2019) y la prensa cultural española (EPI, 2022; Ocnos, 2023; Revista de Literatura, 2025). Ha presentado más de una veintena de ponencias y es coorganizador del congreso anual Transmedialidad, Intertextualidad y Adaptación Cinematográfica.

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