La quietud del cambio. “Antifémina”
29.02.2024 — 05.05.2024
Sala Goya
Francesc Polop
La Fábrica
Círculo de Bellas Artes
Archivo Colita
Al salir de la exposición mi madre no acaba de convencerse de que a los comisarios no se les hubiera ido el santo al cielo fechando alguna foto. Algunas le parecían demasiado antiguas como para ser de los años sesenta, y no digamos ya de los setenta avanzados, cuando apareció Antifémina (1977), el libro recién rescatado y convertido en exposición a partir del proyecto que Colita y Maria Aurèlia Capmany publicaron en Editora Nacional, que lo retiraba a los pocos meses, cuando un relevo en la dirección lo volvió demasiado enojoso para figurar en el catálogo de un sello surgido de las entrañas del franquismo. Supongo que la vacilación de mi madre venía de tanta toca y cofia almidonada en una de las secciones de la exposición, aunque ahora, con el catálogo de la exposición delante, pienso que tal vez fue por las magníficas imágenes de la siega, prácticamente robadas de El árbol de los zuecos, la película en la que por aquellos mismos años Ermanno Olmi recreaba la vida cotidiana del campesinado lombardo en las boqueadas del siglo XIX. Las imágenes de Colita no eran recreación arqueológica y, sin embargo, procedían de un tiempo y un mundo que mi madre vivió, pero que en algún momento de su vida se le volvió demasiado extraño como para identificarlo con su biografía civil, como si una parte de aquello fuera historia antigua y se hubiera cumplido la profecía que Capmany deslizaba sobre el beaterío monjil: “será pronto una imagen camp”.
Una parte de las imágenes de Antifémina nos desorienta porque nuestro imaginario de los sesenta y setenta es el juvenil y del cambio o, cuando menos, el que escenifica el cortocircuito entre lo nuevo y lo viejo, y Antifémina habla precisamente de aquello que no cambió o solo empezaría hacerlo después, cuando el mundo urbano desplazó al rural como retrato más fiel de una cultura y cuando los nacidos hacia 1940 impusieron el tono jovial e irreverente que llega hasta nuestros días. Aquellas ancianas que llevaban “luto de su propio cuerpo”, por decirlo a la tremenda, fueron coetáneas de Capmany, nacida en 1919 y autora de la cita anterior, pero no son ya estrictamente las compañeras de vejez de Colita, de 1940. Ambas vieron y vivieron, en todo caso, cómo a ciertas alturas de la edad las mujeres dejan socialmente de ser mujeres y se vuelven bultos, sombras de algo que fue y se llevó el tiempo junto con la mirada húmeda de los hombres. Entonces, remata Capmany, “La fémina se ha convertido en antifémina. No es ni mujer ni hombre es otra cosa.”
Colita ofrece un buen surtido de ello: está la anciana resentida que advierte a la nieta sobre el engaño masculino, el aquelarre goyesco de desdentadas, las que hacen calceta en la playa perfectamente cubiertas o embutidas en un bañador perfectamente negro, la que nos mira desde la mecedora o tras los barrotes de la ventana o el tropel de las que avanzan, semiocultas por el pañuelo, rumbo a misa, al mercado o a ganarse cuatro duros —tabaco, guisar, remiendos— para una pensión insuficiente. Pero describir estas u otras fotos es solo la mitad del asunto, porque Antifémina nació como un libro donde la imagen y el texto trabajan mano a mano. La exposición ha conservado lo esencial, pero sigue pareciéndome que su verdadero plan es despertarnos el gusanillo del libro. Ciertamente, uno no debería perderse los espléndidos textos de Capmany, muy ricos en el salto literario de un género a otro: cartas, invectivas, algún poema-reportaje à la Baudelaire, o apuntes etnográficos entre los que de pronto se cuelan perlas como este propósito para la vejez: “Porque, aunque parezca extraño esto existe: una vejez noble arriesgada, con los ojos muy abiertos a todo lo que acontece, con la inmensa libertad de no temerle ya a nada, sin tiempo para echar de menos lo que antes fue imprescindible.”
Quien más incide en el paso del tiempo es obviamente Capmany. No tenía más que cincuenta y nueve años, pero entonces pesaban más, en parte, porque la apoteosis juvenil del 68 provocó una sensación de vejez repentina a la que pocos cuarentones escaparon y desató cierta hostilidad intergeneracional. Hay algo de ello en los textos de Capmany pero, como digo, en Antifémina importa menos la irrupción de la novedad que aquello que permaneció intacto en la gran muda de los tiempos. De ahí que aquí no haya, como suele suceder en las exposiciones y libros que abordan esos años, una crónica del cambio. Por más que las fotos pertenezcan a un tramo histórico concreto, el propósito no es mostrar el alcance de las transformaciones históricas, sino cómo el repertorio de representaciones y modos de ser mujer siguió ajustándose a unos pocos modelos dispuestos por la sociedad patriarcal. La intención fue retratar algo menos histórico, algo que no se movió, idea que Colita sintetiza hacia el comienzo de la exposición con un díptico desolador: en la foto de la izquierda un niña llora sentada y sola al pie de una portón cerrado; en la de la derecha, lo hace una anciana con la cara hundida en el regazo; como si se hubiera pasado la vida entera llorando, cada vez más oscura y encorvada, en el mismo zaguán.
En busca de alivio me acuerdo de otra foto en la que una payesa del Prat sostenía una escopeta de caza en bata y zapatillas, no se sabía si para limpiarla o para tenerla a punto en el regazo cuando el marido asomara por la puerta de la cocina… Era de Colita, pero no de esta exposición, en la que no hay rastro del espíritu gamberro que solemos asociar a su nombre. Antifémina se lleva mal con la ironía y apenas consiente el respiro tranquilizador de ver las fotos como testimonio de un tiempo felizmente superado. Nops, aquí importa lo que siguió igual: cómo, aunque los años pasaran, no lo hizo el péndulo que contaba las horas; cómo han seguido planchas, mochos, hilos y agujas trabajando en las mismas manos; cómo los hombres siguieron siendo hombres y a las mujeres les tocó ser féminas… A eso se refiere el título de la exposición, a cómo las mujeres tuvieron que plegarse socialmente a esa condición dócil y tutelada.
Ya se adivinará que las antiféminas del título son las que no encajan en el modelo de lo femenino por razones de físico o de edad, o porque se revuelven contra él. Son dos, diría, las principales operaciones que realizó el tándem Colita-Capmany: por una parte, representaron a la mujer en etapas y facetas que chocan con las representaciones al uso; representaron, dicho rápidamente, lo que no suele juzgarse digno de representación para ampliar las formas de ser mujer. Por otra parte, intervinieron sobre las representaciones ya existentes a fin de que nos desagraden y ya solo, o sobre todo, seamos capaces de ver en ellas a mujeres infantilizadas y cosificadas, constreñidas a representar el papel de la feminidad en revistas o anuncios, como el de esa chica que posa a cuatro patas en la página 18 del libro preguntando con la mirada si ya puede levantarse y echarse algo encima. Al cuerpo descoyuntado de la modelo, la cotización de las clavículas o a los estragos por asemejarse a un ideal inexistente dedica Antifémina una sección generosa guiada por dos claves, la cosificación y el troceamiento de la mujer a manos de la publicidad y el porno.
Antifémina es la que no encaja en el papel; la que no puede, no quiere o simplemente no cabe en el estrecho margen que se le ha dispuesto. La anciana, sí, pero también la obrera manual o la prostituta que se despereza y bosteza, nada coqueta, entre cliente y cliente. Para cualquiera de ellas vale lo que Capmany dice de la mujer gitana, que resume el corazón del proyecto: “tiene que romper la imagen cultural que el clan le ha impuesto, para llegar a ser una persona, un individuo con plena capacidad de realización. Ni más ni menos que cualquier otra mujer. Pero a partir de cero. Tiene que luchar contra la colectividad”.
No logro decidir si la vigencia de la tesis de Antifémina se mantiene en todo o si algo de ellas pertenece a un mundo ligeramente lejano hasta para quienes lo vivieron, como mi madre, muchacha de 1954 a un tris —ay, ma— de cumplir los setenta. Pero ya veo que en ese modo de formularlo se esconde esa búsqueda de alivio que la exposición no tolera. Antifémina nos propone otra cosa: censurado y devuelto a la vida como un pedazo de 1977 para espectadores de 2024, su rescate nos obliga al trago amargo de preguntarnos cuántas cosas siguen las mismas pese a medio siglo de cambios. Y no lo olviden: si necesitan un contrapunto luminoso, busquen a la payesa del Prat, toda una antifémina.

Carlos Femenías Ferrà
Investigador posdoctoral Margarita Salas, sus trabajos se centran en la prosa de ideas y la historia intelectual de la España contemporánea. Recientemente ha publicado A propósito de Ferlosio. Ensayo de interpretación cultural (Alianza Editorial). Ha sido profesor en el Departamento de Literatura española de la Universitat de Barcelona y en el Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades (MeCoPH) de la Universitat Autònoma de Barcelona.
