¿Novela o ensayo? “El idioma de los recuerdos”, de Antonio Gómez Rufo

por | Jun 19, 2020

¿Novela o ensayo? “El idioma de los recuerdos”, de Antonio Gómez Rufo

por

Antonio Gómez Rufo, El idioma de los recuerdos

Barcelona, Penguin Random House

377 páginas, 20,80 euros

 

Aceptar el deber de morir es como admitir que el horizonte ha desaparecido y que el sol nunca volverá a asomarse tras él; es como rendirse, como cortar el cordón umbilical que nos une al pasado y al futuro. Desearlo es una cosa, pero resignarse a que ha llegado la hora y compartir con serenidad lo inevitable es otra muy diferente. El reo de muerte termina acudiendo sin resistencia a la cámara de gas o a la inyección letal porque sabe que no hay otro camino y el destino es indeleble como una aleación de acero. Se ha resignado a aceptarlo y no lucha, se deja arrastrar. Como seguramente se arrastra el verdugo, también. Aceptar morir es negar la esperanza, como si todo lo que queda por conocer fueran cromos repetidos carentes de interés o episodios ingratos que da más pereza compartirlos que apartarse para dejarlos pasar. Aceptar es renunciar.

Tengo miedo.

La muerte no es grave; es morir lo que resulta aterrador.

 

Es 1999. Vicente recorre Marbella en lo que considera que no solo serán los últimos días de un siglo que llega a su fin, sino además los últimos días de su vida. Sentado frente al mar reflexiona sobre la muerte, el sentido de la vida, el miedo o la culpa. Inevitablemente su mente viaja una y otra vez a 1939, el año que marcó el final de su adolescencia. Rememora un Madrid herido, temeroso, dividido entre vencedores y vencidos. Un año que, lejos de suponer el final de una guerra civil, constituye para el protagonista de El idioma de los recuerdos el despertar de la madurez en un mundo de ideales que no logra comprender. La expulsión de los republicanos de Madrid implica el regreso a casa de su hermano mayor, convertido ahora en un alto cargo de la Falange Española. Pronto obliga a Vicente a defender una ideología que no comparte, hasta que el amor por la hija de un comunista fusilado conlleva al enfrentamiento con su hermano mayor. Antonio Gómez Rufo (Madrid, 1954) confronta la memoria institucional con la memoria individual a través de un personaje que se debate entre la aceptación de un final ineludible y el miedo a la pérdida de lo vivido. “Qué razón tenía mi amigo cuando decía que para él la peor censura no era la política, la de la dictadura franquista; que la peor censura es la del olvido. Olvidar, olvidarse, olvidarlo… hasta no saber cuál es el nombre de uno antes de que llegue la muerte sin saber lo que es”.

Gómez Rufo intercala fragmentos de 1939 y 1999 contados por el propio Vicente, sin lograr una transición fluida entre narradores. Además, abusa de las citas literarias y de una técnica cinematográfica de cambio de planos poco elaborada, descuidando el estilo de la novela. Si bien cuesta diferenciar al narrador adolescente del narrador adulto, se aprecia con claridad una evolución psicológica del personaje adolescente de Vicente, que logra sorprender al lector con una madurez recién adquirida en las últimas páginas.

El idioma de los recuerdos pretende ser una novela de posguerra y, como tal, cuenta con todos los tópicos necesarios para su desarrollo: el Madrid triunfal representado como figura opresora del Madrid cautivo y desarmado; los ideales de una época simplificados en fanatismo y desapego por la patria; la exaltación del amor prohibido y la idealización de la figura de la amada. Gómez Rufo lo advierte desde las primeras líneas: el desenlace será trágico. “He matado a dos hombres en mi vida: a mi hermano mayor y a mi mejor amigo”. El lector conoce ya el final de la obra. ¿Qué puede sorprenderle entonces? Desde luego, no puede ser el antagonista: Julián es un personaje plano —el villano, carente de remordimientos—; en cada momento actuará como el lector intuye que ha de hacerlo. Lo mismo sucede con el relato de amor imposible sobre el que gira la trama: una historia de amor monótona, tediosa. Una de tantas.

A lo largo de sus páginas, la obra destruye toda expectativa que hubieran podido generar los primeros capítulos, en los que se suceden elaboradas meditaciones sobre el miedo, la culpa o la muerte. Porque El idioma de los recuerdos quiere ser también una novela de introspección, intentando desgranar las inquietudes de ese Vicente en plena madurez que se acerca inexorablemente al final de la vida. Pero, nuevamente, las reflexiones del personaje consiguen decepcionar al lector. Los miedos que acechan a Vicente son los mismos miedos que comparten todos los personajes de las novelas intimistas: repetitivos y, además, innecesarios para el desenlace.

¿Cuál es entonces el desenlace de la novela? ¿Qué lleva a Vicente a evocar el año de 1939 durante sus paseos por Marbella? Gómez Rufo no lo deja claro en su obra. El final es abrupto, y lo que parecía inicialmente el eje principal de la historia va perdiendo fuerza a lo largo de las páginas, hasta quedar irremediablemente relegado a un segundo plano. Segundo plano, ¿de qué? ¿Qué pretende Antonio Gómez Rufo exactamente? ¿Entretener al lector con otra maldita historia de posguerra? ¿O acaso hacerle reflexionar sobre los entresijos de la vida y de la muerte? ¿Qué tipo de novela es realmente El idioma de los recuerdos? ¿O es en realidad el primer borrador de un ensayo que pulir y reestructurar antes de ser publicado?

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